Del legado a la acción
Un legado adquiere verdadero sentido cuando se transforma en acción. Tras varias décadas de labor ininterrumpida, Ballet Concierto Dominicano se encuentra ante una nueva etapa cuyo desafío supera la mera presentación de espectáculos: el propósito es gestar oportunidades, formar talentos, impulsar la creación artística y acercar la danza a una sociedad sedienta de espacios culturales.
Esa es la misión de la Fundación Ballet Concierto Dominicano. Su Mesa Directiva y su Comité Artístico —presididos por Carlos Veitía y acompañados por un equipo multidisciplinario de gestores, creadores, empresarios y educadores, junto al Consejo Consultivo de Carmen Heredia de Guerrero y la coordinación logísticas de Iverlin Malena— encarnan una voluntad colectiva. Esta estructura demuestra que una institución cultural no vive solo de sus intérpretes: requiere de la alianza entre arte, gestión y ciudadanía para construir país.
Las becas: convertir talento en oportunidad

Uno de los pilares de este periodo es el fortalecimiento del Programa de Becas Clara Elena Ramírez, rindiendo un homenaje vivo a quien vio nacer esta casa. El principio es incuestionable: el talento está repartido de forma universal, pero las oportunidades no.
Una beca no se limita a cubrir una matrícula; es el acto noble de confiar en un joven y acompañar su crecimiento vital. Es decirle a un artista en ciernes que su vocación importa. El éxito de jóvenes como Giselle Río evidencia lo que ocurre cuando la disciplina encuentra el respaldo adecuado. No podemos adivinar hasta dónde llegará cada becado, pero sí sabemos con certeza que, sin una puerta abierta, el talento corre el riesgo de perderse.
Cascanueces llega a la ciudad
Entre los proyectos emblemáticos destaca «Cascanueces llega a la ciudad», una iniciativa al aire libre en el Parque Iberoamérica con infraestructura técnica de vanguardia. La propuesta rescata la esencia de aquellas 42 funciones históricas que congregaron decenas de miles de personas, devolviendo el ballet al espacio público.
Llevar el arte a un parque no le resta rigor ni dignidad; por el contrario, democratiza el acceso a la belleza. Una política cultural inteligente debe trabajar en ambos frentes: invitar al público a las salas de teatro y, al mismo tiempo, llevar el escenario hacia la gente. Cuando la cultura sale a la calle, la sociedad entera se enriquece.
El sector privado también tiene una misión
Para hacer sostenibles estas iniciativas, la alianza con el sector privado es imprescindible. Si bien el Estado posee un rol tutelar insustituible, las empresas y fundaciones —como lo ha demostrado la Fundación Corripio— desempeñan un papel clave en el desarrollo social y educativo.
No se trata de sustituir la responsabilidad pública, sino de multiplicar su impacto. Invertir en cultura, en una academia o en un joven bailarín no es un gasto superfluo: es una inversión directa en educación, creación y ciudadanía.
Crear nuestra propia identidad

Esta nueva etapa plantea, además, un desafío ineludible: consolidar una verdadera escuela de ballet y fortalecer una creación coreográfica con sello dominicano. Un Ballet Nacional no se construye únicamente mediante la interpretación de los grandes repertorios universales; necesita también reconocerse en su propia historia, en sus raíces, en su música, en su literatura y en las experiencias que conforman nuestra identidad. La técnica clásica debe dialogar con lo propio para generar una propuesta estética capaz de distinguirnos y, al mismo tiempo, proyectarnos hacia el mundo.
La historia de la danza demuestra que las grandes compañías no alcanzaron su identidad simplemente reproduciendo modelos ajenos. Cuba encontró en Alicia Alonso una figura fundamental para la construcción de una escuela y de un lenguaje dancístico propio; Estados Unidos, por su parte, desarrolló una poderosa identidad coreográfica a través de creadores como George Balanchine y Jerome Robbins, dos de las figuras más influyentes de la danza del siglo XX, cuyas obras contribuyeron decisivamente a definir nuevas formas de entender el ballet y el teatro musical.
La República Dominicana también cuenta con creadores capaces de convertir nuestra historia, nuestros ritmos, nuestros personajes y nuestras tradiciones en lenguaje escénico de alcance universal. Pero para que ese potencial se convierta en patrimonio artístico, es indispensable establecer apoyos estables que permitan a nuestros coreógrafos investigar, experimentar, crear y estrenar obras inspiradas en nuestra realidad.
Crear desde lo dominicano no significa encerrarnos en lo local; significa encontrar, desde nuestra propia identidad, una voz capaz de dialogar con el mundo. No se trata solamente de preservar un legado, sino de construir una metodología, un repertorio y una escuela que permitan al ballet dominicano reconocerse a sí mismo y, al mismo tiempo, ser reconocido internacionalmente.
Esta versión refuerza especialmente la idea que considero central para su ensayo: la identidad no debe ser una limitación, sino el punto de partida para alcanzar una dimensión universal.
Del legado al futuro
Nada de esto es tarea de una sola persona ni de una sola entidad. La Fundación Ballet Concierto Dominicano asume el compromiso de formar, becar, crear, proyectar y tejer alianzas, pero requiere del respaldo continuo de las familias, el sector privado y las instituciones públicas.
Todo vuelve al origen. Clara Elena Ramírez identificó la necesidad de abrir espacios; Carlos Veitía convirtió esa intuición en una obra de vida; hoy nos corresponde a nosotros multiplicar esa siembra. El mayor legado de una institución no son sus aplausos pasados, sino las oportunidades que deja a quienes vienen detrás. Seguir abriendo caminos para que la juventud no sea solo heredera de nuestra historia, sino la verdadera arquitecta de su futuro: ese es nuestro compromiso y nuestra más alta responsabilidad.
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