Todas las filosofías y las ciencias reflexionan sobre sus propias verdades y ficciones. Esto se observa en autores como Tomás Kuhn, quien explica la búsqueda de la verdad a través de paradigmas; Karl Popper, con su famoso falsacionismo, según el cual una teoría científica nunca es una verdad absoluta verificada para siempre; o Pierre Duhem y Ernst Mach, quienes sostenían que las teorías científicas no son ni verdaderas ni falsas en sí mismas.

En el Movimiento Literario Efluvismo, lo estético reflexiona sobre el universo poético, sus verdades y ficciones, todo ello en el marco de la sociedad posmoderna. La pregunta clave ahora es: ¿Qué son las verdades y las ficciones poéticas? Pensar sobre la construcción de verdades poéticas a partir del arte tiene antecedentes en la filosofía aristotélica —particularmente en su tratado Poética y en sus reflexiones sobre la revelación de la esencia del comportamiento humano—, aunque su maestro, Platón, sostenía lo contrario. Este pensamiento se distancia de la búsqueda de la objetividad mediante el método científico y postula una verdad subjetiva, intuitiva y emocional, permeada por las complejidades humanas. La universalidad del hecho, la revelación, la metacognición y lo esencialmente auténtico son características que definen esas verdades.
Sobre la verdad poética se han manifestado autores como John Keats (1797-1821), quien afirmó: “La belleza es verdad, la verdad es belleza” (en su famoso poema Oda a una urna griega, publicado en 1819); Martin Heidegger (1889-1976), quien, en el texto Ser y Tiempo (obra publicada originalmente en 1927), trata la “aletheia del ser”; y Octavio Paz (1914-1998), quien la enfoca como una “fuerza reveladora”.
En la fragmentación y dispersión semiótica social y tecnológica posmoderna (Baudrillard, J., 2019), en las crisis ontológicas actuales, en las formas de interpretar la realidad mediante la virtualidad y las ficciones, en el síndrome de la pluralidad, en la tensión teórica poshumanista y transhumanista (Braidotti, 2015; Diéguez, 2017; Ferrando, 2019), en el pulso de superación de la condición fronteriza (Trías, 1999) y de borrar los límites humanos, nos enfrentamos a escenarios diferentes para que el lenguaje, la poesía y la ficción reflexionen sobre sí mismas. Jakobson (1988), en sus ensayos sobre lingüística general, aborda la función metalingüística. La poesía, en su ejercicio de autorreferencialidad, se mira a sí misma y cuestiona su propia creación, dando lugar al fenómeno metapoético (Siles, 2006). Por su parte, en Jorge Luis Borges, considerado un maestro de la metaficción, la ficción reflexiona sobre sí misma (Borges, 2011).
Cartografía del sentido
Dotar de significado a la realidad actual amerita la implemetación de rupturas, no sin antes agotar una etapa de interfecundación de espacios críticos con nuevos argumentos. En este caso, el ejercicio poético supone el uso de nuevas vertientes expresivas resultantes de la intuición, el pensamiento, la ciencia, la estética, la lingüística y la filosofía en sentido general. Si centramos la atención autorreferencial en la poesía, el abordaje debe partir del contexto actual y las maneras de percepción de la realidad, en un mundo en pleno desarrollo de las inteligencias artificiales y con ellas, las amenazas constitutivas de la identidad.
Esa condición de autorreferencialidad —metalingüística, metapoética y metaficcional— en el contexto posmoderno exige, en la creación poética, una mirada radicalmente contextual que rompa inercias nihilistas para resistir el impacto de la virtualidad y enfrentar las tensiones vivas del poshumanismo y el transhumanismo, creando una nueva cartografía del sentido. Se necesita una nueva organización del lenguaje que sea consciente de las incertidumbres y de las reacciones humanas ante las nuevas formas de pensar y sentir. Hay que visualizar regiones reales e imaginarias y crear un mapa de mundos poéticos o prosaicos, con umbrales de acceso que nos acerquen a verdades reveladoras sobre la existencia y el ser. Transitar territorios multívocos conectados con aspiraciones humanas de carácter universal. Espacios que nos revelen que el universo creado existe y es habitable, como argumento ontológico, sostenido en los pilares de la intuición reveladora, el pensamiento creativo y la conciencia iluminada.
Dentro de esa cartografía del sentido en la escritura subyace el pulso matemático y rítmico del buen decir, no como una condición necesaria y suficiente, sino como una opción que ha tenido momentos altos en la factura del verso medido y en sus formas de agrupación consecuentes, como el soneto, la décima, el romance, la copla, el haiku y la redondilla. No hay que olvidar las maravillas de la precisión matemática y de las secuencias de notas melódicas en la construcción del lenguaje prosado. El creador literario debe superar los momentos de tensión entre las formas del lenguaje caótico y las del lenguaje articulado, organizado y dotado de un reflejo intuitivo.
Además, escribir poesía en un contexto posmoderno no ha de comprometerse con cánones éticos y estéticos, ni ser forjador de paradigmas filosóficos, metafísicos, morales, sociales ni políticos, sino servir de orientación al trazarse una ruta poética por los vericuetos del lenguaje, del ser y la sociedad, como entes integrados al universo y en todas las cosas, capaces de construir nuevas formas de pensar y sentir, separadas de ciertos arquetipos heredados de culturas y civilizaciones.
Realidades y ficciones

Se ha expresado que, cuando la realidad reflexiona sobre sí misma, estamos en presencia de una metarrealidad. De por sí, toda realidad y ficcionalidad resultan ser porosas; se cruzan y se asimilan a través de construcciones narrativas y, aún más, cuando se reflexiona desde cualquiera de sus perspectivas: metafísica, ontológica, epistemológica, lingüística, así como desde las ciencias modernas, que incluyen la realidad cuántica, computacional o de simulación. Se cuestiona al ser (Heidegger, 2014; Vattimo, 2013), la naturaleza de lo real más allá de la experiencia sensible; qué hace que las cosas sean (Heidegger, 2014); cómo se llega a saber de la realidad (Bunge, 2013; Popper, 1994); cómo se estructura la realidad (Saussure, 2019; Whorf, 1971); y cómo se cuestionan el determinismo y el desafío clásico de la objetividad (Benavides, 2017; García, 2025).
Lo virtual es una dimensión de lo real y no un acto ficcional. Habría que inferir sus límites, ya que pueden difuminarse: se tiende a superponer la ficción a la realidad, hasta el punto de que la primera puede ocupar el lugar de la segunda. La poesía, como creación humana, es realista y ficcional a la vez, y ambos resultados, como productos de la creatividad, deben ser válidos. En lo ficcional, el cerebro se encarga de otorgar validez a partir de lo emocional; de este modo, a la vez, niega la validez fáctica mediante mecanismos de control del sistema neurosensorial (Varela, Thompson y Rosch, 1997; Damasio, 2011; Oatley, 2011). Este tema ha sido ampliamente abordado por la neuroestética y el cognitivismo literario.
La creación de mundos apartados de la experiencia sensible de lo real, el acceso masivo y global a la virtualidad, a nuevas realidades multidimensionales y la construcción social de lenguajes en todo el espectro artificial nos permiten sostener múltiples argumentos de interpretación y reinterpretación del mundo. El cerebro humano, dotado de capacidades no exploradas, tendría que generar modelos de lectura de ese mundo, reflexionar sobre la realidad, la virtualidad y las ficciones en los presentes contextos del desarrollo y la evolución humanas; observar los límites neurobiológicos, que suelen ser difusos, como ya se ha señalado. Es importante no confundir esos límites en el momento de la creación poética; en la expresión ficcional subyacen retratos de realidades, mapas ontológicos y verdades que pueden resultar fulminantemente reveladoras. Aquí se pide que la creación poética o literaria sea un acto auténtico y consciente. Para ello, la acción contemplativa, la experiencia metafísica y cuántica, y la complejidad biológica, social y espiritual nos esperan para atravesar sus umbrales. Todo lo anterior cabe o forma parte —aunque no lo elijamos— del universo poético.
¿Qué hacer con las tradiciones poéticas y literarias? Hay que construir nuevas formas de repensar y pensar el mundo y, sobre todo, —para los creadores literarios— el mundo poético. Se recomienda crear una nueva cartografía de la realidad, la virtualidad y las ficciones. Ya los modelos y arquetipos literarios no solo están fracturados, sino que muchos han muerto. Así como las ideas nacen, crecen, se reproducen y mueren. Así sucede con las estructuras de la expresión poética y con el uso del lenguaje. ¿Estamos asistiendo a un momento de nuevas realidades? Sí, pero sectores hegemónicos determinados, al servicio de la llamada posmodernidad, nos están llevando al ostracismo, quizá con fines inconfesables. Los procesos de alienación y deshumanización, dentro de la complejidad del mundo actual, experimentan pasmosas aceleraciones que nos convierten en outsiders de la arquitectura del presente y del futuro controlado por ciertas élites.
Algunas preguntas

En tiempos tan complejos, ¿qué hacer con la poesía, por no decir con las artes que no generan espectáculos? Quizá sea válida la inminencia de un nuevo cuestionamiento ontológico sobre la naturaleza y la estructura de la realidad, así como sobre los desafíos científicos. El contexto del estado humano no es para quedarse de brazos cruzados pensando en que “los zapaticos me aprietan y las medias me dan calor”. Hay que reencauzar el arte, ofreciendo nuevas interpretaciones del mundo a partir de propuestas estéticas creativas e innovadoras. No enceguecerse ante las presentes teorías de mercado ni permitir la atomización de los saberes. En realidad, esa ceguera, esas luces minimalistas del encanto artificial, se convierten en distracciones que la humanidad habrá de cuestionar.
Domingo 13 de septiembre de 2026
Publicación para Acento No. 189
Referencias
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