Bajo la sombra de la película homónima de Shohei Imamura, este ensayo nace de una pregunta: ¿qué debe morir para que una forma de vida pueda continuar? Toda poética verdadera conoce una montaña donde algo debe ser abandonado. También el lenguaje asciende hacia ella: deja atrás sus hábitos, sus falsas seguridades, sus formas agotadas, para volver a encontrarse con aquello que todavía no sabe nombrar.

En La balada de Narayama, Orin asciende hacia la montaña sabiendo que ese camino forma parte del orden de la existencia. Su gesto contiene una antigua comprensión del ciclo de la vida: toda continuidad nace también de una pérdida. La montaña no es solamente el destino de una mujer; es una imagen del límite humano y de aquello que cada generación entrega para que otra pueda comenzar.

En ese ascenso convergen la memoria, el sacrificio y la conciencia de un límite que ninguna criatura puede eludir. Narayama deja de ser entonces un lugar concreto y se convierte en una pregunta sobre la condición humana.

Toda creación verdadera conoce también esa montaña. El artista debe abandonar aquello que le ofrece seguridad para internarse en una región donde la palabra todavía no posee refugio. Allí comienza la intemperie: ese espacio donde la forma conocida se quiebra y una nueva posibilidad empieza a buscar su nombre.

Todas las cosas buscan un lugar en el lenguaje.

No llegan como objetos completos ni como formas obedientes al nombre que intenta recibirlas. Llegan desde una zona anterior, desde una materia todavía sin resolución, desde una oscuridad donde la experiencia permanece palpitando antes de convertirse en concepto.

El poema comienza allí: en el instante en que la palabra deja de servir al mundo conocido y vuelve a enfrentarse con aquello que la desborda.

La balada de Narayama: Poética de la intemperie

Si toda existencia conoce una montaña, también el lenguaje posee la suya. Hay un momento en que debe abandonar sus antiguas moradas, desprenderse de las fórmulas heredadas y atravesar una zona de incertidumbre para recuperar la fuerza que alguna vez tuvo.

La palabra, como Orin, debe aceptar una forma de desprendimiento.

No para desaparecer.

Para renacer.

El lenguaje heredado conserva demasiadas habitaciones cerradas. Sus formas se han repetido hasta olvidar el temblor de su origen. Sus imágenes, muchas veces,,han dejado de revelar para convertirse en ornamento. La palabra, sometida a sus propias costumbres, olvida la violencia que la hizo nacer.

Toda palabra verdadera contiene una herida.

Nace de una ruptura entre aquello que busca ser dicho y aquello que todavía permanece sin nombre. Antes de convertirse en comunicación, la palabra fue una lucha contra el silencio; antes de ser instrumento, fue una forma de revelación.

Por eso toda poesía auténtica debe enfrentarse al desgaste de las formas heredadas. No para destruir la lengua, sino para devolverle su capacidad de asombro. La creación no consiste en abandonar la tradición, sino en llevarla hasta el punto donde vuelve a arder.

Hay que devolver la palabra al riesgo

Rescatarla de sus servidumbres: de los códigos que la inmovilizan, de las fórmulas que la domestican, de los lugares comunes que la convierten en una sombra de sí misma.

La palabra no pierde su fuerza porque tenga historia. La pierde cuando deja de escuchar aquello que todavía no ha sido dicho.

Toda escritura verdadera comienza en ese borde.

En esa zona donde el lenguaje deja de ser una herencia recibida y vuelve a convertirse en una búsqueda.

El poema no nace de una respuesta.

Nace de una fisura.

Entre el instinto y la razón, entre la memoria del cuerpo y la conciencia que intenta explicarla, la poesía abre un territorio donde las fronteras dejan de ser estables. Allí se mezclan las raíces del sueño, la herida y el relámpago; allí la imagen deja de ilustrar una idea y comienza a producir una experiencia.

El poema no reproduce aquello que ya sabemos mirar.

Nos devuelve aquello que hemos dejado de ver.

La creación poética exige un descenso. Hay que atravesar la superficie brillante de las formas agotadas, remover el polvo acumulado sobre las palabras, buscar debajo de la costumbre la materia viva que todavía permanece enterrada.

Escarbar.

No como quien destruye, sino como quien busca una fuente.

La lengua no necesita ser arrasada.

Necesita volver a escuchar.

Toda palabra que aspira a una nueva vida debe descender hacia aquello que la razón todavía no organiza, hacia esa región donde la experiencia conserva su forma más antigua y donde el cuerpo recuerda lo que la conciencia ha aprendido a olvidar.

Allí aparece la imagen.

No como una representación de algo ausente, sino como una presencia que irrumpe. La imagen verdadera no explica el mundo: lo vuelve nuevamente extraño. Nos obliga a mirar aquello que creíamos conocido hasta descubrir que todavía permanece oculto.

Con vitrinas nocturnas de sangre paranoica, el pájaro demente ha empezado a demarcar su territorio.

No trae una respuesta.

Trae una fisura.

Ese pájaro no pertenece al reino de la certeza. Es la aparición de una fuerza anterior a toda explicación: una zona donde conviven el instinto y la conciencia, el miedo y el deseo, la memoria del cuerpo y la imaginación que intenta darle una forma.

Entre el animal que nos precede y la razón que intenta comprenderlo existe un territorio intermedio.

La poesía nace allí.

Intuimos esa cercanía peligrosa en el relincho del caballo, en los ojos temerosos del perro, en la mirada de las criaturas que todavía conservan una relación intacta con aquello que somos antes de convertirnos en explicación. No porque los animales oculten una verdad secreta, sino porque nos recuerdan una dimensión de la existencia que el lenguaje cotidiano suele mantener apartada.

El poema busca recuperar esa proximidad perdida.

No para regresar a una inocencia imposible, sino para reconocer que debajo de nuestras construcciones racionales permanece una profundidad que continúa respirando.

Hay que descender hasta el hueso de la sombra.

Entrar en las partículas de somnolencia donde permanecen las almas que el poema intenta despertar. Allí habitan el hambre irracional del niño que recibe el mundo por primera vez, las raíces oscuras del sueño, esa zona donde la intuición puede ser al mismo tiempo certeza y puente.

Somos apenas un punto titilante en la inmensidad del universo.

Una isla que todavía busca su metáfora.

Una conciencia suspendida entre la materia y la noche.

Pero algo insiste.

Algo continúa golpeando desde el otro lado del lenguaje.

Algo reclama una forma.

Por eso el poema no representa la experiencia.

La produce.

La palabra, cuando atraviesa esa región desconocida, deja de ser un espejo y se convierte en un acontecimiento. Ya no describe una realidad previa: abre una realidad que antes no existía.

Toda búsqueda de una palabra nueva dialoga con quienes antes aceptaron perder la seguridad de la palabra heredada.

La tradición no es un refugio.

Es un incendio.

Quienes verdaderamente pertenecen a una tradición no son aquellos que conservan intactas sus formas, sino aquellos que descubren dentro de ellas una fuerza todavía viva y se atreven a llevarlas hasta el límite.

Leer a quienes hicieron de la ruptura una forma de respiración —Antonin Artaud, Gherasim Luca, Clayton Eshleman, Paul Celan— no significa repetir sus gestos ni convertir su rebeldía en una nueva fórmula. Significa reconocer la herida que dejaron abierta y comprender que toda creación auténtica nace de una relación peligrosa con lo recibido.

Artaud llevó la palabra hacia el cuerpo, hacia una zona donde el pensamiento dejó de ser una abstracción y volvió a sentir la violencia de existir. Celan enfrentó el lenguaje después de la devastación y lo convirtió en una forma de memoria herida. Gherasim Luca llevó la lengua hacia su propia desarticulación para revelar una energía anterior al significado. Eshleman exploró las capas profundas de la conciencia, esos territorios donde el poema desciende hacia lo arcaico.

Todos ellos comprendieron algo esencial: la poesía no avanza acumulando certezas.

Avanza perdiéndolas.

El poeta no recibe el lenguaje como una propiedad.

Lo recibe como una responsabilidad.

Debe atravesarlo, ponerlo en peligro, devolverlo a esa zona donde todavía puede sorprendernos.

El poema no debe reproducir aquello que ya sabemos mirar.

Debe abrir una grieta por donde algo desconocido pueda entrar.

La poesía no es un museo de formas consagradas.

Es una zona de peligro.

Allí donde la palabra pierde estabilidad y la imagen se desprende de sus antiguas funciones, algo comienza nuevamente.

Toda creación verdadera conduce hacia una intemperie.

No la intemperie del abandono absoluto, sino aquella donde el ser humano acepta encontrarse sin las protecciones que había construido para sí mismo. Allí comienza otra forma de conocimiento : una relación más profunda con lo que permanece cuando las certezas desaparecen.

Orin asciende hacia Narayama porque comprende que toda existencia está hecha también de entregas. La montaña no representa únicamente el final de una vida; representa la aceptación de un ciclo mayor que la contiene.

El poema realiza un movimiento semejante.

También debe ascender hacia su propia montaña.

Debe abandonar las formas agotadas, las palabras que han dejado de escuchar, las imágenes que ya no revelan. Debe atravesar la pérdida para encontrar una posibilidad nueva.

La intemperie no es el lugar donde la palabra muere.

Es el lugar donde vuelve a nacer.

Allí la poesía recupera su condición más antigua: ser una búsqueda y no una posesión ;una apertura y no una respuesta definitiva.

El poema permanece abierto en la herida que lo hizo nacer.

Porque toda palabra verdadera conserva algo de aquello que no pudo decir completamente. Su fuerza no está en cerrar el misterio, sino en mantenerlo vivo.

Mientras exista esa búsqueda, la poesía seguirá descendiendo hacia lo desconocido y ascendiendo hacia su propia montaña.

Todas las cosas buscan un lugar en el lenguaje.

Pero algunas deben atravesar primero la intemperie.

El pájaro demente continuará demarcando su territorio.

No el territorio de la certeza.

El territorio de aquello que todavía espera encontrar una forma en el lenguaje.

Julio Adames

Escritor

Julio Adames, nacido en Constanza, provincia La Vega, República Dominicana, es escritor y abogado. Realizó estudios en Letras Modernas, Psicología y Derecho, con posgrado y maestría en áreas jurídicas, en las universidades UTESA, UASD y PUCMM. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Huéspedes en la noche, Cuerpo de baile, Infame turba, Parábolas para muñecas, El treno fatigado, Cuerpo en una burbuja, Monedas al aire y Tempo alcohólico. Su obra ha sido reconocida con el Premio de Cuento de Casa de Teatro (1990), el Premio Nacional de Poesía Infantil Aurora Tavárez Belliard (2005-2006) y el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez (2012). También incursiona en la pintura, dentro del estilo impresionista abstracto, y ha participado en diversas exposiciones colectivas. Contacto: xjulioadames@hotmail.com | xjulioadames@gmail.com

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