“A la muerte se le tiene miedo. O mucha confianza”. Gabriel García Márquez
“El muerto al pozo y el vivo al gozo.” Dicho Mexicano
"Prefiero las zambullidas de los pelícanos, los castillos de arena de los niños y las redes de los pescadores que este individuo metido en mi masa de agua hasta la cintura con la certeza de una muerte irreverente”.
“Está claro como el agua. En cuanto salgas te van a volar el páncreas. ¿Entiendes? Por el páncreas mueren tipos como tú. Estás jodido. Esa es la tremenda amenaza. Pues quédate aquí, que estás más seguro que allá”.
Así fueron las severas palabras de Héctor, el compinche de Mario y, durante muchos años, su socio en todos los asuntos del litoral costero.Mario se sumergió en el agua. Después midió la profundidad. El frío de enero se le metió en las costillas. Mientras Héctor caminaba hacia las palmeras, Mario, mostrando un valor absoluto, le gritó:
—Héctor, maricón, tráeme una cerveza y una alcapurria.
El socio ignoró el pedido y, sin darse vuelta, desapareció por los cocoteros. No le quedaba otra que esperar dentro del agua salada y mostrarse invencible hasta el último momento. Sacó de una bolsa de plástico su celular y marcó desesperado un número.
—El cabrón no me contesta. Intentó con la misma ansiedad otro llamado. La llamada no prosperó.Alicaído del esplendor que acostumbraba tener, se hundió en el agua y salió a la superficie con esos gestos peculiares del aturdimiento, pero aún así sus manos indígenas celebraron su ostentación carnavalesca. Furioso, Mario comenzó a desvariar sobre cómo defenderse de la amenaza. Y habló para sí mismo, sin que nadie lo escuchara:
—Aquí en el agua tú no me tocas el páncreas. Yo sé que están ahí entre las palmeras esperándome. Se van al mismo carajo. ¡Puñeta! A lo hecho, pecho, y no me arrepiento. Que me maten si es que pueden, pero no les daré el gusto de que me destrocen el páncreas.
Dicho esto, arrojó el móvil hacia lo profundo cuando se dio cuenta de que se le había agotado la batería.Movió sus manos para mantenerse a flote cuando una ola, más alta que él, lo sumergió brevemente. El marullo lo arrastró hacia la orilla, desde donde podía ver ese túnel que se forma entre las palmeras. Y se dijo:
—Héctor demora mucho. Añoro ahora mismo los antojos típicos de la playa. Con una cerveza y una fritanga todo fuera más llevadero. Y qué miserable es la vida sin mis contactos. Sin embargo, me preocupa que el sol insoportable me inflame el páncreas.Mario nació y se crió en un pueblo cocotero, nunca le dio por aprender a nadar. Su cultura social se reducía al ruido de los tambores de bomba y plena y algunos juegos infantiles. Pero era muy eficaz en la faena de los desengaños, donde se mostraba sin pena ni gloria. También conocía la fauna, veredas y trampas de los manglares. Pasaba los días debajo de las palmeras, acompañado de los amigos de vacilón, comiendo fritangas, bebiendo y fumando a su gusto y ganas.
En cada punto importante del litoral, Mario tenía una mujer de su calibre, bien hecha y del mismo playón. Primero le comía con los ojos, obsequiaba prendas de oro y garabateaba sin cuidado de la gramática una carta de amor. Mario marcaba su territorio en la playa y defendía con uñas y dientes a la mujer de su suelo pantanoso. Él conocía como la palma de su mano los enjambres de los balnearios porque desde pequeño, de mocoso, se ganaba la vida vendiendo en las playas caracoles, cigarrillos, collares y cervezas clandestinas.
Desde muy chamaco aprendió a manejar el lenguaje sórdido de las playas y la vanagloria que distingue a los cocolos la adquirió con ejemplos y audacias. Exhibía el pecho descamisado, sus músculos cobrizos brillaban por los arenales de las blancas playas. Sin temor a nada ni a nadie, mostraba su chuleo y su alarde de invencible príncipe.“Pobre Mario, el amenazado, ahora no le queda otra salida que refugiarse dentro de mí hasta la cintura para que no le vuelen el páncreas. No puede llorar ni reír. No puede volar como las aves ni convertirse en un escurridizo pez dentro del fondo del mar. Prefiero que las corrientes submarinas lo arrastren y se lo traguen”.
Era un perfecto día playero. Los hombres y las mujeres con sus barrigas, las chicas en la playa con sus bikinis como afroditas y los chicos bronceados como efebos. Los niños infatigables jugaban en la arena y en el agua. Las madres conversadoras, alimentando bocas y preocupadas. Y más allá, el humo de la leña que salía de las parrillas. Mientras Mario, sin descansar, hacía equilibrios en el agua y se decía:
—El mar es traicionero, y yo no soy na’. La libertad de mi patria es el mar. No tengo otra. Y la ley de la tierra no vale un comino en el mar.
Pasaban horas telúricas. La intimidación iba trastocando la existencia sofocante de Mario. Al principio no tomó en serio el aviso que le hicieron. Una fiesta de cuchillos se celebraba debajo de los cocoteros; era el festejo de la maldición que deseaba abrir el estómago de Mario.
Las instrucciones de Héctor fueron claras: que no saliera del agua por ningún motivo aparente. Le indicó, rotundamente, que no respondiera a las provocaciones que vinieran de los playones. De modo que, preocupado por su vida, ensayaba cortos escenarios para despistar a sus enemigos y ganar tiempo, sin saber para qué. Adquirió cierto consuelo escudándose detrás de los bañistas, de modo que parecía ser un bañista ordinario. Otras veces se movía hacia lo profundo hasta que el agua le llegara al cuello; morir ahogado no era su destino.
Cuando lograba identificar a los espías enviados a observar sus movimientos, Mario se sumergía en el agua contando los segundos que podía resistir sin respirar. Por otro lado, intentó hacerse el simpático con unos niños que se le acercaban jugando a las sumergidas, pero se alejaron de él. Una pareja de mancebos encuerados lo humilló acusándolo de sátiro pervertido. Entonces, avergonzado, dio unos pasos temerosos hacia la orilla y se acercó a las palmeras donde le esperaban los verdugos. Pero el miedo no le permitió avanzar más y regresó al agua para proteger el páncreas.“Me encantan los hombres de los manglares como Mario. Ni altos ni bajos. En cueros quemados y de contornos definidos como una estatua de bronce”.
Hay un detalle que dice mucho de Mario y es que lleva en el cuello colgada una cadena de plata con el Cristo Crucificado. Además, lleva una sortija dorada de mujer en el meñique izquierdo. En el costado derecho de su cuerpo tiene un tatuaje extenso de una sirena mitad mujer y mitad pez. Tiene en el hombro derecho el nombre de Marisol marcado en su piel en tinta azul. Lleva otras cicatrices en el cuerpo y cada cicatriz es un episodio de perforaciones de balas e improntas de cuchillos. En fin, Mario es una leyenda siniestra entre sus camaradas de balnearios y cocoteros.Cuando escuchó a Tato tocar en la guitarra los boleros conmovedores, se arrastró como una culebra hacia la orilla. En la arena humedecida fijó sus codos y cerró los ojos para concentrarse en las melodías resonantes de velloneras y terrazas. Los boleros que cantaba Tato le recordaron una pena muy grande, además del oscuro destino de su gente costera. Como es costumbre en estas situaciones, sintió ganas de tomar un trago de ron seguido de unas caladas de cigarrillos mentolados. Tuvo la tierna intención de escribir en la arena el nombre del primer amor escolar estropeado por padres insensatos. Expresar ese gesto tan sencillo no se le permitía a Mario.El eco de los boleros lo aturdió como si fuera un ritual de la santería. La amenaza es dinámica, actúa en el inconsciente de Mario. En un sinsentido, se arrastró hacia el tufo grasiento de los chinchorros. Pero su delicado olfato a carne podrida lo detuvo. En acto reflejo se regresó al agua cristalina. Porque según Héctor, dentro del mar no le harían daño al páncreas. Cuando escuchó distante los acordes de la guitarra, recuperó la hostilidad del mundo cruel allá en la aldea.
En tanto, cayó una sombra de nubes a punto de llover que oscureció la blanquecina playa. La familia y los particulares entretenidos domingueros abandonaron la playa en cuanto vieron los nubarrones. Mario no se movía de su puesto; estaba tan saturado por la amenaza que no notó que arreciaba la lluvia fresca que mojaba su melena, ojos y boca. Pero Mario no fue capaz de disfrutar ese instante de la infancia que busca disfrutar la lluvia cuando cae y chorrea el cuerpo desnudo de un chaval.“A ella la vi salir de las palmeras en un traje de baño de dos piezas.
También, en otras ocasiones, la he visto sumergida y desnuda en mis aguas marinas. Era una mujer morena, contundente e impredecible. Fue hacia él. Se enredó entre las piernas de Mario como una anguila que conoce el pozo donde se tira. Mario sintió un golpe electrizante de unas manos inflamadas. Ella acostumbraba a sorprender de esa manera. Cuando era sorprendido, él daba respingos porque sentía un cosquilleo libidinoso que le provocaba risa. A mí también me daba risa verlos haciéndome espumas o enmarañando mi lecho marino”.
Desde luego, el amenazado se olvidó del aviso y pasó sin preocuparse a una suerte de caricias y besos que elevaron el morbo de Mario. Él aseguraba que dentro del agua el amor lo curaba todo. Hay más: se frotaron la piel bronceada, las manos se deslizaron en cada elemento erótico de sus cuerpos embrollados en el agua salina. A Mario no le importó su páncreas porque Marisol sabía cómo hacerlo sentir implacable.Mario se ofuscó, su cuerpo se endureció como un madero. De pronto era conducido sin abrojos hacia las palmeras afiladas. Casi en las puertas del matadero, él recordó otra vez la advertencia de Héctor. Después interrogó a su emisaria:
—Marisol, ¿por qué colaboras con ellos si el problema no es contigo? Sabes que me quieren matar por el páncreas, aunque es más respetable la muerte por el corazón. Cuéntales que si manejan un cacho de páncreas me volverá a crecer. Entonces me las pagarán, no los perdonaré. Lo que esas sabandijas buscan es sacarme las tripas y verme morir como un perro de mangle. Marisol, yo no les voy a dar ese gusto.
Marisol, sin remordimientos, le acarició la cara bonita y le dijo:
—Te van a matar. Te matarán cuando salgas del agua y te darán por donde te duele.Toda la tensión se evaporó en un santiamén. Ella separó su cuerpo y lo abandonó. Mario se quedó frío como el pescado que muerde el anzuelo.En cada una de las nuevas provocaciones que se suscitaron, Mario se mantuvo firme en el agua como un morro asediado por agresores.
—Yo no me salgo del agua —se dijo—, ni por un bolero, ni por un tentempié, tampoco por las nalgas de Marisol. Por lo más sagrado que es mi madre, yo no voy pa’llá. Como me aconsejó Héctor, me quedo aquí anclado en el mar con el agua hasta la cintura y con el páncreas entero. Allá, en lo seco, no me matarán.
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