Hay una forma de olvido que no es inocente: la que convierte la historia en fechas, en nombres repetidos, en discursos que ya no se sienten. En una época que avanza con prisa y consume incluso la memoria, recordar se ha vuelto casi una disonancia en el ruido del presente. En ese contexto, la escritura de Domingo Acevedo, quien ha dedicado su trayectoria a resguardar la memoria histórica dominicana y la realidad social, se erige como un testimonio imprescindible. No para repetir la historia, sino para devolverle su peso humano.

Publicado a inicios de 2026, Anatomía de la sangre de Domingo Acevedo propone una voz poética que no se limita a narrar la historia, sino que la convierte en experiencia viva. El poemario se organiza en siete capítulos que recorren la memoria, la historia, el patriotismo y la identidad, hasta desembocar en lo más personal; donde la sangre deja de ser una imagen retórica para convertirse en un espacio donde se acumula lo vivido: la violencia, la lucha y los nombres que no deberían desaparecer. Esta visión se hace evidente cuando Acevedo asume la palabra como un compromiso ético para rescatar lo que el silencio ha intentado sepultar:

     Hoy la patria se me antoja / un buen lugar / tribuna / desde donde pueda levantarme / de mi silencio / y elevar mi voz / por los que sufren… (p. 62)

Al romper ese silencio, Acevedo nos revela que la sangre no es solo un símbolo patrio, sino el rastro de una violencia que no se ha ido; una herida que sigue ahí, filtrada en el subsuelo de nuestra cotidianidad. Para Acevedo, elevar la voz es un acto de disección: es hurgar en la historia para decir que lo ocurrido permanece latente, aunque el tiempo intente disolverlo.

En una primera dimensión, el libro se sitúa en la memoria compartida. Aparecen la lucha, los caídos, la represión y las huellas de una historia marcada por la resistencia. Figuras como Manolo Tavárez Justo, Olivorio Mateo u Orlando Martínez emergen como parte de una memoria que se niega a desaparecer. La voz poética no se restringe a recordar estas figuras, sino que las invoca para denunciar que su sangre aún reclama justicia. Este rastro se plasma con fuerza en el poema “Guerrero de ébano”:

Las huellas heridas de un centauro / se pierden entre la espesura del bosque / dejando un rastro de sangre / en la mirada azorada de sol / que triste se esconde detrás de las montañas… (p. 61).

Acevedo sugiere que la entrega de estos héroes no ha desaparecido, sino que ha quedado marcada en el paisaje mismo de la nación. Acevedo aborda la rebeldía no como un concepto abstracto, sino como un tejido humano compuesto por nombres, apellidos y sacrificios que el presente, en su prisa tecnológica y desmemoriada, parece haber archivado. Leer este libro en pleno 2026 es entender que la libertad que hoy respiramos es, literalmente, el resultado de una anatomía de sacrificios que aún laten bajo la piel de la isla.

Pero esta misma mirada no se encierra en lo insular. El libro traza vínculos entre la historia dominicana y otras geografías marcadas por la violencia, sugiriendo que la herida de un pueblo no es un hecho aislado, sino una experiencia universal donde la injusticia se repite con distintos rostros, pero con el mismo color de sangre. En el poema “Presagio de la muerte” se evidencia su intención:  

 Sobre el cielo de Iraq / las águilas imperiales / se esconden tras las nubes / con un presagio de muerte / invisibles avanzan / dejando a su paso destrucción / y muerte […] ya la alegría no corre por las calles / de la ciudad de las mil y una noches / […] hoy es Iraq / mañana posiblemente sea Afganistán / Libia / Siria / Irán / Palestina / Cuba / Corea del Norte / o tal vez Venezuela / los países que caerán / en las garras del águila imperial / y rapaz (p. 96-97)

En medio de esta cartografía del dolor, hay una afirmación que late en el texto: “excepto mi voz”. Esta frase, que da nombre a una de las secciones del poemario, funciona como el último refugio de la soberanía humana.

Las llamas envejecen

son cenizas disecadas en el viento

blanco perfil del humo

esqueleto dormido al filo del silencio

todo lo consume el fuego

todo

excepto mi voz.

"Anatomía de la sangre", de Domingo Acevedo.

Es la certeza de que, ante las llamas que todo lo consumen, la palabra es el único territorio que el poder no puede colonizar. Es el recordatorio de que mientras exista una voz capaz de nombrar la historia, el fuego de la injusticia no habrá ganado la batalla final.

Sin embargo, uno de los mayores aciertos del poemario ocurre cuando ese recorrido se desplaza hacia lo íntimo. Traslada la historia desde los grandes eventos hasta la intimidad de la casa. Aquí lo épico se rinde ante lo cotidiano: la madre que empieza a perder sus recuerdos, como se evidencia en el verso “ya no se acuerda de mí, hace tiempo perdió la memoria” (p. 131), la infancia y la precariedad vivida sin adornos. Nos muestra que la verdadera anatomía de un país no está solo en los héroes de las plazas públicas, sino en los silencios de una cocina o en los hilos que nos mantienen unidos cuando la memoria biológica comienza a fragmentarse.

Esa tensión entre la memoria compartida y lo íntimo es la que sostiene el poemario. No se trata de dos dimensiones separadas, sino de una misma experiencia que se manifiesta de distintas formas. La historia no se limita a los grandes acontecimientos: se filtra en la vida cotidiana, en la manera en que se construyen los afectos, en lo que se pierde y en lo que se intenta conservar. Ahí es donde también se configura la identidad.

En ese sentido, Anatomía de la sangre apuesta a insistir. Insistir en la memoria, en la palabra, en la necesidad de nombrar lo que ha ocurrido, incluso cuando incomoda. Por eso, este libro es una invitación a mirar hacia adentro. A reconocer las raíces que sostienen lo que somos. A entender que la historia no vive únicamente en los libros, sino en la forma en que recordamos, en lo que conservamos y también en lo que dejamos ir.

En definitiva, esta obra es un careo directo con nuestra identidad, donde el verso es la única herramienta capaz de tocar la fibra del recuerdo. Domingo Acevedo nos recuerda que la sangre no solo circula para mantenernos vivos; irriga nuestra memoria para evitar que el tiempo nos desdibuje. En un presente que nos empuja a la amnesia, este poemario nos devuelve el sentido de pertenencia. Porque mientras exista una voz dispuesta a nombrar lo perdido, el pasado no será una herida abierta, sino una raíz que nos sostiene.

María Isabel Echavarría

Estudiante de letras

María Isabel Echavarría Montero, es estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Se interesa por la crítica literaria y el análisis de los clásicos desde su vigencia en la sociedad contemporánea. mariaisabelechavarriamontero@gmail.com

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