Esta semana comparto con los lectores de mi columna «Palabras desenvainadas» el texto que leí en el foro «Juventud, cultura y pensamiento», celebrado en la Universidad APEC el 5 de marzo de 2026, y organizado por el Ministerio de Cultura y la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO junto a esa alta casa de estudios.
Cuando yo tenía catorce años, pensaba que tenía claro mi destino. Había decidido ser predicador evangélico. Me imaginaba recorriendo los mares, caminos y cielos de los cinco continentes y divulgando el mensaje de salvación del alma. En nombre de esa fogosa vocación había abandonado las aspiraciones de ser pelotero. ¿Cómo podían compararse los millones de dólares que ganaba un jugador de beisbol con el honor invaluable de ser el mensajero de Dios?
A lo que no pude renunciar fue a la literatura. Desde los once años, escribía y leía mucho, y la pasión que me brindaban esas actividades podía considerarse también una «experiencia religiosa» —título de una canción noventera de Enrique Iglesias que hoy sirve de meme audiovisual en TikTok—.
Mi paso por la iglesia terminó, mucho tiempo después, y llegué a la vida adulta sin una idea clara de a qué quería dedicarme. Nunca tuve la fortuna de algunos niños y adolescentes que, desde antes de entender el mundo, ya saben qué quieren estudiar en la universidad. El único oficio que yo amaba con todo mi ser era escribir y pensar y, hasta donde yo sabía, esas actividades estaban más relacionadas con la holgazanería y la bohemia que con el trabajo duro.
Algo sí tenía claro y es que el mundo tan amplio y rico que habitaba en los libros era más interesante que lo que veía a mi alrededor, incluso más mágico y absorbente que el contenido de la televisión. Me hice un adulto, escogí una carrera y después otra, trabajé y viví en varias ciudades, aumentaron mis años y mi historia tuvo muchas vueltas de tuerca y en todo momento, en las buenas y en las malas como los matrimonios invencibles, los libros siguieron a mi lado.
Una vez leí una frase del filósofo alemán Jürgen Habermas: «Escribo para aclarar mis pensamientos». Yo diría eso mismo de mi relación con las palabras. Me hice escritor porque tenía algo que decir y los libros me habían enseñado que podía decirlo cada vez de la mejor manera posible. Lo que tenía que decir está vinculado con el asombro que me produce la vida, tanto cuando es luminosa como cuando es gris.
Podía faltarme la certeza de qué carrera escoger o de con qué mujer casarme o qué plato escoger en una cena, pero no me faltaría la convicción de que pensar, afinar un pensamiento por años, convertir el pensamiento en palabra, es un placer que me desborda. Cuando escribo un poema, un cuento, una novela o un ensayo, más allá del tema que trate hay un fondo común, y es la interrogación a la existencia, a mi presencia fugaz en el mundo, y a la época que me ha tocado transitar, ante la que no puedo ser indiferente.
A mis treinta y cuatro años ya parecen lejanas mis anécdotas de la adolescencia. Me formé sin computadora ni teléfono inteligente.
En nuestros días, las tecnologías disruptivas han supuesto una gama de oportunidades que comportan a la vez desafíos inéditos para el significado mismo de la humanidad. La vida cultural, lejos de ser una excepción en este panorama, está en el centro de este cambio de paradigma. La creatividad artística, el pensamiento crítico y toda suerte de reflexión sobre nuestra especie se ubican ante un cuestionamiento de su ontología de cara a un porvenir protagonizado por la Inteligencia Artificial. Algunos pensadores han sido vanguardistas en sus advertencias sobre el derrotero desbocado de una civilización que ha perdido la capacidad de aburrirse, requisito cardinal de toda creación valiosa y perdurable. Libros como La sociedad del cansancio, de Byung Chul-Han, La era del vacío, de Gilles Lipovetsky, y La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, diseccionan este tiempo nuestro signado por la ausencia de contemplación y el culto a lo efímero. El arte y la cultura, donde el tiempo puede detenerse, donde podemos dialogar con la cadena histórica humana en un pestañear intuitivo, se vuelven consuelo, calma, lumbre. No para apartarnos de la vida en sociedad y sus batallas que nos hacen crecer, sino para recordar nuestra condición esencial.
Cuando se celebró la primera edición de este foro «Juventud, cultura y pensamiento» en la UASD el año pasado, dije, y para mi sorpresa muchos jóvenes se identificaron con esta idea, dije que aburrirnos nos hace verdaderamente humanos. No estamos hechos para saltar de una actividad a otra, de un estímulo a otro, sin hacer pausas conscientes. No estamos hechos para la productividad que solo se mide por las conquistas materiales. Nuestra realización como sujetos es interior, y solo cuando nuestro carácter es sólido para sostener suficiente responsabilidad, tiene sentido el logro externo que es visible para los demás. Necesitamos el vacío, el silencio, la quietud para entender mejor quiénes somos y qué queremos realmente hacer con nuestras vidas. Precisamos del transcurso del tiempo, de la lentitud del pensamiento, para adoptar una nueva perspectiva ante las relaciones interpersonales y las decisiones profesionales, pero sobre todo para recordar que no somos eternos y que lo que nos hace más felices suele estar fuera del foco de las cámaras.
Seamos francos: no hay espacio para dinosaurios y tecnófobos en el siglo XXI. No podemos hacer retroceder el tiempo. El mundo cambió para siempre. Nuestras vidas están incrustadas en procesos automatizados. El tiempo cambió de ritmo. La aceleración es el signo de nuestra era. Muchos de quienes nos dedicamos a crear aprovechamos las herramientas tecnológicas para promocionar productos culturales, para potenciar nuestra marca personal, ampliar nuestra influencia mediática o conectar cordialmente con gente de todo el mundo y no somos inmunes ante la ciberadicción y la ansiedad sintomáticos de nuestra época. Sin embargo, no estamos condenados a morir de ansiedad.
Encuentro en los libros el refugio vital por excelencia. Los libros nos permiten contemplar el mundo, su historia, su riqueza, sus perfiles, sin ensimismarnos, sin aislarnos, sin salir del juego. Yo, que amo la soledad y a la vez estoy siempre entre la gente, tengo en los libros un encuentro privado con la humanidad que me permite entender mejor la especie a la que pertenezco.
Hablar de cultura hoy en día no nos remite a un sector cerrado. La cultura está en el centro del debate cotidiano. La cultura descansa en lo que hacemos con la vida, en nuestro trascender los imperativos de nuestra naturaleza. La juventud actual tiene una oportunidad dorada de acceder al conocimiento. La pregunta pendiente es para qué lo usará y si, al abrumarnos de «contenidos», no estaremos todos, jóvenes y mayores, vaciándonos de alma, dejando de conocernos, hundiéndonos en la pantalla mientras a nuestro lado hay otro ser humano al que ignoramos olímpicamente. Escuchar se ha convertido en un arte escaso. Entendernos se ha vuelto inaccesible. La vuelta a la cultura como lazo inquebrantable con la vida verdadera, más allá de la propaganda omnipresente y el narcisismo devorador de las redes sociales, es una esperanza al alcance de nuestras almas.
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