En estos días he asistido con mucho interés a una de las actividades programadas por el festival literario Mar de palabras, que tuvo como invitada especial en nuestro país a la filóloga española Irene Vallejo (Zaragoza, 1979). Se trató de un conversatorio celebrado en el auditorio del Banco Central, donde la destacada escritora estuvo acompañada por el poeta José Mármol. Ante un público entusiasta que abarrotó el recinto, se desarrolló una interesante y divertida conversación entre ambos intelectuales. Fue un diálogo encantador, colmado de acertados juicios sobre los libros y el quehacer literario, pero sobre todo enriquecido por la gracia, el humor y la sabiduría de los conversadores.

Da la impresión de que Vallejo es una conversadora innata que sorprende a cada instante por el manejo preciso del idioma, como quien mejor practica el arte de la oralidad. Al relatar historias cargadas de fantasía, conmueve por el fino tratamiento que da a la palabra bien dicha, especialmente cuando repasa con propiedad la historia de los libros y los mitos universales, que afloran en un discurso fluido y lleno de conocimiento. A pesar de su sonrisa permanente y sus ojos expresivos, en su discurso se percibe cierta melancolía, sobre todo cuando evoca, con un matiz dramático, hechos del pasado cultural que marcaron su vida.

Irene Vallejo, cronista del futuro

En todos sus libros —El infinito en un junco (2019), El futuro recordado (2022) y Manifiesto por la lectura (2022)— Vallejo atesora las fuentes del saber presentes en los autores clásicos universales, con la intención de ofrecernos un conocimiento cabal de los siglos pasados, que podamos enlazar con el presente para imaginar así el futuro. Sobre su amor por los libros destaca la influencia de su familia y afirma que, desde niña, tuvo gran cercanía con ellos y con las librerías. Conserva gratos recuerdos de sus padres, quienes cada noche le contaban historias antes de dormir. Lo que permanece grabado en su memoria es el momento en que su padre le hablaba de un tal Ulises, un navegante que se lanzó a las aguas del mar Mediterráneo en busca del camino de regreso para reencontrarse con su amada Penélope y su hijo Telémaco. Esa historia la deslumbró hasta el punto de convertirla en una mitómana empedernida. “Desde entonces me enamoré de Homero”, afirma. De paso, se dedicó a estudiar filología clásica para leer al autor de la Ilíada en su propia lengua.

Vallejo define los libros como férreas murallas o diques de contención que actúan contra el olvido y la ignorancia. Considera que el mayor hallazgo de la humanidad son los libros. Gracias a ellos, las mejores ideas han sorteado el paso del tiempo, viajando a través de los siglos. Esto demuestra que la lectura es un viaje hacia el pasado: a través de los libros podemos escuchar las voces más autorizadas y alimentar nuestra imaginación en el presente. De su discurso se desprende la idea de que los libros han constituido y constituyen la principal fuente de conocimiento obtenida por el ser humano a lo largo de la historia. Al respecto, Jorge Luis Borges —citado por Vallejo en El infinito en un junco— dijo: “El libro es el más asombroso de los inventos humanos; los demás son extensiones de su cuerpo: el microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono, de su voz; el arado y la espada, de su brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

Irene Vallejo, autora de El Infinito en un Junco.

Lo que relata Irene Vallejo no es una quimera. La vida de grandes pensadores y literatos ha estado marcada por la cercanía con los libros. Pedro Henríquez Ureña creció en una familia de intelectuales donde los libros representaban el centro del universo. Alfonso Reyes heredó la biblioteca de su abuelo. Del mismo modo, Octavio Paz y Carlos Fuentes heredaron bibliotecas familiares. Mario Vargas Llosa, por su parte, se encerraba a leer en secreto en la casa de su tío cuando apenas tenía cinco años.

No debe sorprendernos que los libros hayan sido víctimas de catástrofes a lo largo de la historia. Han sobrevivido a censuras injustas, inundaciones, incendios intencionados, quemas masivas, planes macabros de grupos ideológicos, caprichos de dictadores, críticas erradas, guerras, saqueos, epidemias, interpretaciones equivocadas y el hundimiento de imperios. Los tiranos de los libros siempre han perseguido la circulación de las buenas ideas y a sus autores. Basta recordar la época de la Rusia comunista, donde muchos escritores, intelectuales y poetas fueron sometidos a torturas y trabajos forzados; a otros se les condenó moralmente, se les secuestraron sus familias, o se les redujo al ostracismo, como ocurrió con la poeta Anna Ajmátova, a quien varias veces encarcelaron a su hijo y prohibieron publicar sus obras.

Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos escritores fueron perseguidos por el nazismo, encarcelados y maltratados inmisericordemente. Muchas de sus obras se salvaron gracias a que fueron ocultadas en baúles y sótanos; algunas se perdieron, pero otras fueron publicadas póstumamente. Aun así, en todas las épocas han surgido personas capaces de copiar, traducir y editar libros para preservar el legado del saber humano y garantizar la libre circulación de las ideas. La memoria libresca ha desempeñado, pues, un papel fundamental en la formación del pensamiento y en la educación de la humanidad. Sin ella, cada civilización habría tenido que comenzar desde cero y hoy tendríamos un pensamiento fragmentado, sin la posibilidad de aprender del pasado.

Irene Vallejo.

Para Vallejo, los libros salvan almas. A través del tiempo han servido como catarsis en momentos de crisis y duelo. Incluso en grandes tragedias colectivas, como los campos de concentración nazis o el Gulag, los libros desempeñaron un papel crucial. Existen cientos de testimonios de personas que, en medio de la angustia, escondieron libros arriesgando sus vidas: algunos para salvar manuscritos, otros en busca de una voz esperanzadora.

Parece que las mujeres han sido grandes narradoras a lo largo de los siglos, pues conservan en su memoria el pasado familiar. Fueron las narradoras por excelencia en los primeros tiempos de la oralidad, especialmente aquellas que cosían mientras cuidaban de los bebés. No es casual que exista una estrecha relación entre el texto y el textil: de ahí que compartan términos como “el nudo de una historia”, “el hilo del relato”, “el desenlace de una narración”, “bordar un discurso” o “urdir una trama”.

En la época de la esclavitud, las nanas desempeñaron un papel estelar en la formación de la imaginación y la educación de los niños a quienes dormían con canciones y cuentos orales de antiguas tradiciones cargadas de magia y encanto. Por esta razón se entiende que los libros pueden ayudar a transformar el mundo. La escritura es una fuente de liberación frente al silencio, una vía para aliviar las penas y encontrar consuelo.

A mi modo de ver, estas reflexiones de Vallejo son de gran utilidad para el estudio del discurso en el presente y en el futuro, especialmente en un mundo dominado por Internet y las redes sociales. A través de su oralidad advertimos su pensamiento, su valoración del mundo y su visión de la vida. La hilaridad con la que narra y recrea situaciones personales es asombrosa. En esta magnífica escritora destaca la extraordinaria capacidad de manejar la lengua con precisión. Una estrategia esencial de su discurso es la relación que establece, muy acertadamente, entre los libros y los lectores: ve en ellos una oportunidad para democratizar el conocimiento como experiencia compartida. Para mí, esta magnífica experiencia de Vallejo puede ser el germen de la literatura del futuro: el discurso oral y el escrito, así como el encuentro con los libros, como mecanismos esenciales de construcción del pensamiento y producción de ideas.

Felicito a los organizadores de este evento: al festival Mar de palabras, al Centro León de Santiago y a la Universidad APEC, por haber puesto acertadamente en nuestros oídos El sonido del arquero.

Eugenio Camacho

Escritor y educador

Eugenio Camacho. Estudió educación y derecho en UTESA, además realizó una maestría en Educación Superior en la UASD, es escritor, cuentista y ensayista. Profesor universitario. En varias ocasiones ha dictado conferencias en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Por su labor como cuentista ha obtenido diversos premios en los concursos de cuentos de Casa de Teatro, Radio Santa María y La Alianza Cibaeña. Actualmente se desempeña como técnico de educación en el Distrito Educativo 06 -06 de la ciudad de Moca. Sus trabajos han aparecido en diversas antologías. Ha publicado: Melodías del Cuerpo Presente (CUENTOS), en el año 2007, Antología de la Literatura Contemporánea en Moca (2012) y Bestiario Mínimo (Minifcciones) 2022. silverio.cultura@gmail.com

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