La presentación teatral del absurdo Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera (Premio Casa de las Américas, La Habana, 1968), en la Sala Ravelo del Teatro Nacional constituye un fenómeno escénico singular por más de una razón. De hecho, son diez las razones para verla, para hundirse en sus pasajes, en sus gestos, en su atmósfera de sarcasmo y reinvención afectiva.

La pieza, que ha estado a cargo de DW Producciones, Dunia De Windt, debe ser vista por la gente, pero antes debemos preguntarnos: ¿qué lógica puede mover a un inversionista que sabe que su proyecto le va a dejar pérdidas y, sin embargo, sigue adelante, henchido el ánimo de la certeza de saber que hace lo correcto al dejar un aporte aun cuando sus cuentas se tiñan de rojo y marquen huecos en cuentas bancarias de primer tipo? Las lógicas mercantiles no son siempre aplicables a la producción de arte. Esa es la diferencia.

Tras disfrutar de estos dos viejos pánicos, percibo que hay diez razones para verla, para hundirse en sus bondades escénicas y entender de nuevo que el arte es una de las escasas formas de resguardar el alma.

Elvira Taveras y Orestes Amador en actuación de Dos viejos pánicos (Virgilio Piñera) en la Sala Ravelo del Teatro Nacional.

La primera es que permite el contacto con la obra dramatúrgica de Piñera, un artista de la letra imaginativa que se constituyó en ejemplo de resistencia intelectual ante un régimen político que condenaba (y condena) el pensamiento propio, la resistencia intelectual y la autenticidad personal.

La segunda es que ha ofrecido la oportunidad de volver a disfrutar de este impecable ejercicio de creatividad teatral, que ya habíamos visto antes en el Palacio de Bellas Artes y Casa de Teatro en 2012, dirigido por Yuliet Cruz, Pancho García, Verónica Díaz y Michaelis Cué.

La tercera razón es la seducción y el atractivo del texto dramático, el de una pieza que explora el miedo a la muerte, la soledad y la desesperación de una pareja de ancianos, la vejez, la dependencia afectiva y las relaciones humanas, sobre un tono gris y oscuro de humor corrosivo, adoptando los códigos del teatro del absurdo.

La cuarta razón es haber podido disfrutar la pieza a partir de la actuación de los maestros teatrales Orestes Amador (actor, danzante, director y productor, nacido en Cuba y adoptado por la República Dominicana como uno de sus hijos artísticos más preciados) y Elvira Taveras. (¿Qué no decir de Elvira?) Talento de fuerza interior y exterior que nos ha hecho disfrutar en tantas y variadas jornadas desde el escenario.

La quinta razón es la dirección teatral a cargo de Raúl Martín, otro hijo de Cuba que a los dominicanos nos ha permitido disfrutar de sus virtudes y lances en la escena, quien logra dar un sentido estético nuevo a las acciones teatrales y a los recursos técnicos que producen una experiencia de esas que marcan la percepción del espectador.

Orestes Amador durante sus parlamentos como Tabo, personaje de Dos viejos pánicos. Foto: José Rafael Sosa.

Martín logra un desarrollo plástico de las acciones de los dos personajes, empoderados de unos parlamentos que estremecen con sus significados al reflexionar sobre muerte, silencio existencial, compañía, soledad, amor y desamor, en un conjunto de líneas temáticas que finalmente dicen más de lo expresado boca a boca.

La sexta razón para no dejar de ver Dos viejos pánicos es que la gente debe dar una lección tomada del conocido libro El buen sentido, debido a que ese volumen no fue leído por los potenciales patrocinadores de un proyecto de este nivel, porque —y que se perdone la frase manida— brillan por su ausencia las marcas de empresas e instituciones que están llamadas por responsabilidad social a aparecer consignadas en el programa de mano, editado ahora solo con algunas expresiones de intercambio y buena vecindad. Un proyecto como este debió haber tenido un respaldo significativo.

La séptima razón es que el público también debe honrar la trayectoria del dramaturgo cubano, una reconocida firma mundial de la dramaturgia contemporánea, fallecido el 18 de octubre de 1979 en La Habana, Cuba, debido a un infarto cardíaco cuando tenía 67 años. Piñera, que nunca quiso abandonar Cuba pese a la represión socialista por su orientación sexual, es uno de esos autores teatrales de los cuales hay que conocer, al menos, una pieza.

La octava razón para acudir a estas funciones, la novena razón para verla, es que esta pieza fue ganadora en 1968 del Premio Casa de las Américas, aun cuando, por censura, no se estrenó en la isla hasta 1993. Piñera fue considerado un “intelectual disidente” y su obra fue objeto de crítica y rechazo por parte del gobierno cubano. La homosexualidad de Piñera también lo convirtió en un objetivo de la represión y la persecución, ya que el gobierno de Fidel Castro consideraba la homosexualidad como una “desviación” y un “peligro” para la sociedad. Piñera fue uno de los muchos intelectuales y artistas que sufrieron la represión y la censura en Cuba durante esta época.

Virgilio Pinera, dramaturgo cubano, autor de Dos viejos pánicos..

La novena razón es el despliegue de los recursos técnicos: una escenografía sugerente, sencilla y apoyada en imágenes con formato de periódico impreso y recortables “mariquitas” de gran formato, dos estructuras móviles con planos inclinados que van conformando diversas posiciones para apoyar el desempeño histriónico.

Y la décima razón, la validez y permanencia en el tiempo de su mensaje: la prioridad del afecto ante la inexpresividad aprendida, la urgencia de la ternura ante la alternativa de la paralización del alma. La habilidad del dramaturgo para desafiar la censura de un socialismo cubano mal entendido, que no llegó a darse cuenta de que ese texto lo denunciaba y, tal vez sin darse cuenta, le otorgó uno de sus premios de mayor prestigio.

FICHA TÉCNICA

Título: Dos viejos pánicos; Autor: Virgilio Piñera; Género: Teatro del absurdo; Producción: Dunia De Windt, DW Producciones; Director: Raúl Martín; Escenografía: Fidel López; Diseño de vestuario: Raúl Martín; Maquillaje y peluquería: Warde Brea; Diseño de programa de mano y cartel: Maya Oviedo; Fotografías: Mika Pasco. Elenco: Elvira Taveras (Tuta) y Orestes Amador (Tabo).

Doina Hernández

Profesional de la comunicación con +20 años de experiencia en gestión de reputación corporativa, comunicación estratégica, transformación cultural, gestión de issues y manejo de crisis para empresas pertenecientes a sectores altamente regulados, como bebidas alcohólicas, hidrocarburos, banca, alimentos y bebidas, construcción, entre otros. Graduada de Administración de empresas en la Universidad APEC, cuenta con un Postgrado en Relaciones Públicas de la Universidad Católica de Santo Domingo y un Postgrado en Negocios Internacionales en la Escuela Diplomática y Consular de la República Dominicana. En la actualidad se desempeña como Gerente Senior de Transformación Cultural y Comunicación en Newlink Dominicana, donde cuenta con una exitosa trayectoria en la gestión de estrategias para consolidar la reputación de importantes marcas nacionales e internacionales y empresas líderes en República Dominicana y el Caribe. Como consultora, sirve a los clientes de trust advisor para la gestión de una reputación sostenible, y el relacionamiento con stakeholders a través de la identificación de un propósito compartido que permita crear conexiones de valor a largo plazo. Es responsable de velar por la construcción de relaciones sólidas, mutuamente beneficiosas, y de largo plazo con los clientes asignados, a través del entendimiento de su negocio y la identificación anticipada de riesgos y necesidades, asegurando estar preparada para abordarlas rápidamente y gestionar de manera eficiente y efectiva.

Ver más