Después de conocer la teatralidad provocadora de Leonor Fini en la primera entrega de este artículo, ahora llegó el turno de adentrarnos al universo de su aliada y amiga Leonora Carrington. Su rebeldía fue de una naturaleza distinta, mientras Leonor imponía el erotismo y el poder femenino, Leonora conjuraba y hechizaba; mientras la primera nos enseñó a reinar, la segunda nos enseñará como escapar de todas las jaulas posibles y vivir en un mundo propio, libre de ataduras y cualquier forma de control.

La vida de Leonora Carrington (1917-2011) es tan fascinante como su obra. Pintora, escultora y escritora, “hechicera hechizada”, como la definió Octavio Paz, se adelantó a su tiempo rompiendo con las reglas sociales y las relaciones autoritarias. Leonora Carrington es inconformismo, es lucha contra lo establecido, es libertad y es magia. Aunque se le asocia al grupo surrealista, desarrolló un lenguaje único que le permitió ocupar un lugar propio en el panorama del arte moderno.

Fue “una mujer indomable, un espíritu rebelde, una leyenda”, según Elena Poniatowska, autora de la novela biográfica “Leonora”. Definida por Luis Buñuel como “la que nos libera de la miserable realidad de nuestros días”, la artista fue cercana a Max Ernst, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Marcel Duchamp, Joan Miró y André Breton, así como a Octavio Paz, Carlos Fuentes y Alejandro Jodorovsky.

Leonora Carrington nació en 1917 en Lancashire, Inglaterra, en una familia de clase alta. Pasó su infancia en Crookhey Hall, un castillo neogótico rodeado de inmensos jardines que presentó más tarde en varias de sus obras. La rebelde hija de un magnate textil fue expulsada de varios colegios exclusivos por la insubordinación. Las prácticas de levitación, las tareas escritas al revés, las afirmaciones de tener contactos con fantasmas y espíritus hicieron que las monjas perdieran la paciencia y la declarasen  “imposible de educar”. Sus padres hicieron un último intento de “civilizarla” enviándola a una escuela de buenos modales en París que tampoco funcionó: definitivamente, Leonora no encajaba en los patrones convencionales.

Los planes de casarla con un miembro de la realeza británica fracasaron por igual. Así que, al cumplir los dieciséis años, Leonora entendió que sería un “pequeño monstruo en vez de una niña buena de su época” y decidió ser artista. A pesar de que su padre estaba en contra, con el apoyo de su madre, logró estudiar pintura; primero en Florencia, donde la obra de los grandes maestros renacentistas italianos la marcó para siempre, y luego en Londres, en la Academia Ozenfant. 

En 1936 asistió a la primera exposición surrealista en Inglaterra, donde descubrió y quedó fascinada con la obra de Max Ernst, a quien conoció personalmente un año después. Este hecho marcó la ruptura definitiva con su familia, y a los 20 años se mudó a París con Ernst, quien era 27 años mayor que ella y estaba casado. 

Leonora Carrington (1917–2011), La Maja del Tarot, 1965, óleo sobre lienzo, 130 × 97 cm, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México.

En Francia se acercó al grupo surrealista, pero chocó casi de inmediato con la visión retrógrada sobre las mujeres de los artistas involucrados en el movimiento. "Aunque me gustaban las ideas de los surrealistas, André Breton y los hombres del grupo eran muy machistas. Solo nos querían a nosotras como musas alocadas y sensuales para divertirlos, para atenderlos. No tuve tiempo de ser la musa de nadie… Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista.” – mencionó ella años más tarde. Esta rebeldía le costó el resentimiento de André Breton, razón principal por la cual la pareja se mudó a Saint-Martin- d´Ardèche, en Provenza, al sur de Francia. Vivieron un idilio en una casa de campo repleta de tesoros artísticos. Hicieron de este lugar, cuyos muros de piedra aún conservan bajorrelieves originales, y sus puertas y armarios están pintados con criaturas fantásticas, su refugio y su taller creativo. Aquí Leonora incursionó en la escritura y pintó sus primeras obras importantes.

La llegada al poder de los nazis puso fin a su idilio; Ernst fue arrestado y recluido en un campo de concentración, y Carrington huyó a España en busca de soluciones para liberarlo. En Madrid sufrió una terrible agresión sexual: fue violada por un grupo de paramilitares, un trauma devastador que aceleró su crisis nerviosa. Comenzó a padecer delirios de persecución. “Estaba asustada todo el tiempo. Procuraba no encontrarme con ningún alemán. (…) No estuve mucho en Madrid. (…) Fue como una prisión. (…) Eso me pone enferma, prefiero no hablar de ello. Me sienta muy mal” – comentó ella años después.

Intentó desesperadamente conseguir una audiencia formal con Francisco Franco con el objetivo de plantearle la “solución metafísica” para la guerra. Quería ganarse la confianza del mandatario para obtener el salvoconducto para Ernst. Acudió a las oficinas de la administración franquista con una actitud errática y visiblemente desorientada. Al no conseguir la cita, su desesperación aumentó; comenzó a repartir volantes en la calle denunciando públicamente a Hitler, Mussolini y al propio Franco. Este comportamiento, sumado a sus discursos públicos sobre que las potencias políticas del mundo estaban controladas por fuerzas invisibles, alarmó a las autoridades españolas y las noticias llegaron a Inglaterra. A partir de este momento su vida dio un giro total, llegó a la madurez de una manera forzada y, aunque todos los surrealistas coqueteaban con la locura, Leonora la vivió en carne propia.

Por órdenes de su padre, fue internada durante seis meses en un hospital psiquiátrico de Santander, donde fue sometida a un tortuoso tratamiento. Fue atada de pies y manos y medicada con fármacos cuyo efecto era equivalente al electrochoque. “No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron el cuerpo horrible: creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión. La magnitud de mi remordimiento hacía soportables sus ataques. Pero entendí que si, efectivamente, el infierno existía y estaba allí”. Tiempo después, su padre decidió enviarla a otro sanatorio, esta vez en Sudáfrica. 

Mientras estaba en Lisboa esperando el barco que la llevaría a su nuevo destino, Leonora Carrington se escapó y se refugió en la embajada de México, donde trabajaba Renato Leduc, un poeta y amigo que había conocido en París. Se casaron para así obtener ella el pasaporte diplomático y poder huir a Nueva York. Finalmente, en 1942 Leonora Carrington llegó a México. Aún no había cumplido los veinticinco años y su vida ya daba para varias novelas. Estas terribles experiencias la llevaron a escribir el libro autobiográfico Las memorias de abajo, publicado en 1943.

A partir de entonces comenzó la nueva etapa en su vida personal y creativa. Se instaló en la Ciudad de México, dejando atrás para siempre su pasado europeo.  Recordando este momento dijo en 1992: “Una vez que cruzas la frontera y llegas a México, sientes que has entrado a un lugar hechizado”. Estableció vínculos con otros artistas e intelectuales europeos que habían escapado de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos la pintora Remedios Varo y la fotógrafa Kati Horna que se convirtieron en sus más cercanas amigas y cómplices. Allí conoció a su segundo esposo, el fotógrafo húngaro Emérico “Chiki” Weisz, con quien tuvo a sus dos hijos. 

Excéntrica incorregible y ambidiestra “como todos los locos”, según sus propias palabras, Leonora Carrington pasó a la historia como artista surrealista mexicana.  Nunca regresó a Inglaterra, aunque seguía hablando inglés con su acento británico, tenía una foto de la Reina Isabel colgada en la cocina y conservaba la costumbre de tomar té a las cinco de la tarde. La artista siempre se mantuvo en penumbra. Alérgica a los medios de comunicación y las entrevistas, tuvo muy pocos contactos con los periodistas, rechazando sus propuestas con las siguientes palabras:  "Nunca me ha gustado desnudarme como si fuera estrella de Playboy, ¡y mucho menos a esta edad!".  Tal vez por esto hasta hace poco era prácticamente desconocida en su país de origen. De hecho, su nombre comenzó a sonar a partir de 2015 con la exposición de su obra en la Tate Gallery Liverpool. 

México, tan rico en mezclas culturales y religiosas, resultó ser para ella una fuente inagotable de inspiración. Mitos precolombinos, leyendas celtas, cuentos de hadas, relatos de fantasmas escuchados de niña dieron como resultado un mundo mágico, íntimo y subjetivo: “El mundo que pinto no sé si lo invento, yo creo que más bien es ese mundo el que me inventó a mí”. Personajes de la cábala y la astrología dan vueltas por las escaleras y laberintos, buscando caminos que llevan al árbol de sabiduría y puertas que se abren a otra dimensión. Los protagonistas de sus cuadros son extraños híbridos de plantas y animales, hechiceras que viven en torres, caminan por desiertos o se unen en ceremonias mágicas,  sidhes, criaturas legendarias del folklore celta e irlandés, intermediarios entre el mundo terrenal y el espiritual. 

Igual que Leonor Fini, Leonora Carrigton fue una artista versátil que expandió su visión surrealista más allá de la pintura. Es autora de varias novelas, cuentos, esculturas, carteles, grabados, tapices; también experimentó en teatro, tanto en la dramaturgia como en la escenografía y diseño de vestuario.

“Uno no decide pintar. Es como tener hambre e ir a la cocina a comer. Es una necesidad, no una elección”, dijo en una de las pocas entrevistas que concedió en 2006. A pesar de su avanzada edad, la artista seguía trabajando hasta su muerte en 2011 a los 94 años y fiel a su aversión a los periodistas, fue enterrada en el Panteón Inglés sin prensa ni fotógrafos. 

Igual que su vida, la muerte también fue fuente de fábulas y leyendas.  Dicen que Leonora murió sonriendo. Que sostenía uno de sus cuadros entre los brazos. Que miró hacia las esquinas y paredes de la habitación donde se encontraba, como si quisiera reunir allí a todas sus criaturas fascinantes, para llevarlas consigo. Que cuando cerró los ojos, una ráfaga de viento fresco entró por una ventana entreabierta para llevarse a la “novia del viento”, como su amado Max Ernst la bautizó.

Leonor Fini y Leonora Carrington se conocieron a finales de la década de 1930 en París, el epicentro del arte moderno, una efervescencia de experimentación y disrupción. Carrington acababa de llegar a la ciudad, introducida en el mundo surrealista a través de su relación con Max Ernst. Fini, en cambio, ya tenía un nombre propio y una serie de amistades y mecenas que la respaldaban. Leonor, vestida con un traje exótico, la recibió en su apartamento en el barrio bohemio de Montparnasse, lleno de gatos, máscaras, libros, cuadros y objetos rarísimos. Era una especie de museo personal que mostraba su pasión por lo teatral y esotérico. Leonora, también fascinada por la magia y los mitos, conectó inmediatamente con la anfitriona. Lo que surgió entre ellas fue mucho más que una relación ocasional, fue una relación de admiración mutua, afinidad de visiones  y complicidad creativa. En una de las pocas entrevistas que dio, Carrington dijo: “Siempre había visto a Leonor como una buena amiga a quien quería, y su belleza e inteligencia me habían impresionado sobremanera desde la primera vez que nos conocimos durante los años 30.” Incluso cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y se vio obligada a dejar Europa, la conexión entre ellas no desapareció.  A pesar de su separación física, mantuvieron la comunicación hasta el final de sus vidas. 

Se reencontraron en 1952, durante el viaje de Leonora a Europa.  La fotógrafa francesa Denise Colomb inmortalizó este ”aquelarre” en una serie de retratos en blanco y negro. Vestidas con trajes teatrales, mirándose fijamente, asomadas por la ventana o sentadas en un sillón, comparecen como dos creadoras soberanas de su propio universo.

Hay una paradoja fascinante en sus vidas. Leonor nació en Argentina y eligió Francia como escenario para convertirse en una artista. Pero siempre conservó la mirada de quien llega desde afuera. Su condición de extranjera le permitió ser parte de la cultura parisina sin disolverse en ella. No aceptó los manifiestos ni las jerarquías y conservó su sensibilidad marcada por el desarraigo y la intuición de que la identidad no es un lugar geográfico. 

Leonora hizo un recorrido inverso, abandonó la rígida sociedad inglesa y encontró un nuevo hogar al otro lado del Atlántico, en México, donde la mitología prehispánica, las leyendas celtas y la alquimia se fundieron en un universo sincrético. Allí dejó de ser  una joven surrealista inglesa, para convertirse simplemente en Leonora. 

Una viajó del sur al norte, la otra, del norte al sur. Es como si ambas hubieran tenido que cruzar un océano para encontrarse a sí mismas. Ambas recorrieron el mismo camino: el de la libertad y terminaron habitando un territorio híbrido. Quizá por eso sus pinturas parecen ocurrir en lugares que no existen en los mapas. Porque ellas nunca aceptaron vivir dentro de las fronteras, ni geográficas, ni políticas, ni artísticas, ni sociales, ni siquiera de la realidad. Y a veces hay que dejar todo atrás para descubrir que el verdadero lugar al que pertenecemos es nuestra propia imaginación y sólo allí se puede vivir bajo propias reglas, incluso cuando todo alrededor intenta poner límites. 

Elena Litvinenko de Vásquez

Historiadora del arte

Elena Litvinenko es licenciada en Historia y Teoría del Arte, con grado de maestría en Bellas Artes y especialización en Pedagogía y Psicología de Educación Superior. Es egresada del Instituto Estatal de Artes de Kiev (Ucrania). Ha llegado al país en 1986 y se ha dedicado a la carrera docente, impartiendo diferentes asignaturas relacionadas con la Historia del Arte, Arquitectura, Artes Aplicadas, Diseño gráfico, Moda, Museología y Museografía en las principales universidades del país: UASD, APEC, INTEC, Universidad Católica Santo Domingo entre otras. Es autora de varios libros, artículos, folletos, cursos didácticos y programas. Ha impartido cursos especializados y diplomados en varias instituciones culturales del país y ha participado como ponente en conferencias científicas y simposios realizados en el país y el extranjero. Es miembro fundadora de la Asociación Dominicana de Historiadores del Arte ADHA y forma parte de su junta directiva.

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