Una enfermedad despierta predicciones, amor, valores universales. También, despierta a los dioses y a la literatura. “¿Te presento mi enfermedad?”– Pues se llama epilepsia y comparte el protagonismo con José Julio Rodríguez en su novela La Caída publicada por Ediciones Laberinto en el año de 2019. Es una novela corta que hay que tomarla en serio. Descubrir la enfermedad y estudiarla con sus padres, luego correteada y contada a los amigos del vecindario como un cuento de hadas de pronto el mundo se detiene, ya no es tan bonito cuando aparecen los peligros, la víctima se siente colgada. La Caída se lee en un santiamén. Te engancha la aparición de la epilepsia en la vida del novelista. Esta novela es para quien la necesite. Si de algún modo afirmamos que hay por la calle lectores de oscuridades, de inmanencias, entonces esta novela fue escrita al dedillo para Ud. Si hay lectores fatales, alevosos, de recuperaciones y de empoderamiento por la vida, entonces, esta novela también es para Ud.
Si llega a sus manos La Caída no la ignore porque es una novela bien pensada. Rodríguez narra una novela que armoniza la forma y el contenido. La Caída es el título de la novela porque así llamaban antiguamente a la epilepsia. La caída es perder de súbito la normalidad, el cuerpo vertical del protagonista se desploma, “se le vuelca el mundo y la vida se apaga”.
Para Rodríguez, que sabe escribir novelas, los títulos son también símbolos, alegorías y figuraciones de ideas, metáforas y creencias que les dan forma y añaden contenidos para expandir los diferentes abordajes del arte de novelar. Como lector que soy cada vez más, elimino lo que me parece secundario en una obra y escojo y me quedo con lo esencial de un libro, “ se siente uno rey” como diría Jean Guitton, biógrafo de Alejandro Dumas.
De alguna manera, el arte de leer se ha ido desfigurando por la incapacidad de no saber elegir bien leer por placer. La pesquisa de seleccionar una pieza literaria es hoy una ardua tarea que pretende dominar y despejar el agobio de la multitud de publicaciones. Aquí debo añadir que una buena novela es también el arte de pensar lo propio. Y me atrevo a decir que el autor de La Caída, además de fabulador, es también un fino agente de la filosofía. No basta con manifestar originalidad para ser una buena novela, y es sabido que la enfermedad como asunto literario provoca escritores a lanzarse al mar desconocido el peligro de naufragar. La enfermedad como asunto narrativo domina la narrativa en nuestros días con sus pro y contras, los textos patológicos llenan los estantes de las librerías. Se ha. Una mala enfermedad no garantiza que se extraiga una buena obra literaria. En tanto que las novelas de “empoderamiento literario” son ideológicas en extremo.
En La Caída hay un equilibrio entre la narrativa traumática y la atmósfera poética. Nada es tan importante en el hombre como vivir, nada es tan agradable en el hombre como gozar de buena salud y nada es tan preocupante en el hombre como tener una enfermedad fatal. Además, el júbilo mayor por vivir es cuando sacudimos el pesado yugo de una enfermedad que amenaza con la existencia humana. La Caída no es un testimonio de indiferencia, ni de falsificaciones angustiosas, tampoco se construye un relato de una experiencia imitativa de lo fatal.
En La Caída, Rodríguez revela a un protagonista consciente de su organismo menoscabado por la epilepsia. Los hombres que pasan por una enfermedad con frecuencia piensan que el dolor hace palidecer las fuerzas de la propia inspiración. Para nada, este no es el relato que leemos en La Caída. Por el contrario, Rodríguez nos transporta a una lectura personal donde el yo consciente es omnipresente. El yo, es el señor soberano mientras que la epilepsia es la señora soberana invasora de cuerpo y su libertad. A través de la narración, la epiléptica amiga le hace compañía al narrador sin que éste le rinda cuentas a la mercenaria enfermedad que apareció muy temprano en su vida. El descubrimiento del propio ser antagónico es el mayor regalo que se desprende del nudo de la novela.

En La Caída no se da una lucha clásica entre el bien y el mal. En esta lectura no hay atisbos de miedo a la fatalidad. No hay miedo al dolor, ni a la incapacidad, ni a los médicos que la diagnostican y que sugieren costosos tratamientos. En La Caída el paciente narrador nunca tambalea ante otras enfermedades aún más endemoniadas y de mayor esplendor neoliberal y literario como el cáncer o el alzhéimer. Las enfermedades, tanto como la pobreza, el egoísmo, el racismo mismo, nos acercan a una “condición absurda” como diría Albert Camus. Es un sinsentido que no tiene respuesta según el filósofo existencialista. El suicidio fue la respuesta para Camus y así lo explico en su obra “El Mito de Sísifo (1941). La inesperada muerte de Roberto, un amigo de la infancia del autor de La Caída, es un episodio que aparece en la página 112. Las pistas que se dan en esta parte de la novela, indican que Roberto se quitó la vida. El suicidio fue la respuesta a una vida atrapada en el absurdo de una enfermedad crónica.
En la novela encontramos frases geniales, como la siguiente: “Hay veces que es mejor no enterarse; que la ignorancia es dicha y el conocimiento una condena”. En La Caída, el hijo pródigo de la epilepsia no se abandona a su propia enfermedad. Rodríguez se toma en serio su enfermedad, aunque desconozca sus orígenes, aunque entiende que no es justo el sacrificio y ruina de sus padres, solo por abogar por el futuro bienestar del hijo en desgracia. El desconocimiento de su desgracia lleva a Rodríguez a pensar “que la vida es un absurdo”, que los remedios son peores que la enfermedad y le lleva a considerar la solución final. El gran poeta francés Rimbaud escribiría en algún momento de sus días finales: “suicidarme para preservarme”. Para el mundo cristiano el suicidio es un pecado y para algún moralista el suicidio es un acto cobarde. Sin embargo, en La Caída, lo valiente es el deseo de la verdad, de intentar arrancarle la enfermedad porque nuestros males son infinitos.
El colonialismo extravagante y opresor no es una suerte del bien ni de la salubridad. En una enfermedad terminal en la que hay más pérdidas que ganancias. En cuanto a las pérdidas: “No hay vergüenza sino en no sentirla” como diría Pascal en su libro “Pensamientos”. El sujeto de la enfermedad crea una relación vital con ella desde sus primeras manifestaciones. Hay carencias en La Caída, y en su lectura se extraña la narración de la infancia, los años escolares, sus juntillas y travesuras con los chavales y su libertad. Las enfermedades atrapan y crean distancia pero debemos decir que una enfermedad como el cáncer y la epilepsia colocan al paciente donde él quiere estar. La epilepsia crea una relación estrecha entre el paciente y la criatura misteriosa de la enfermedad.
En La caída se narra una saga agónica que se arrastra por el tiempo y las edades. La enfermedad no se sintetiza. En cambio, es una trayectoria lenta y dolorosa que se convierte en con extrema desesperación cuando se desconocen los peldaños de la enfermedad. Como un actor que se prepara para interpretar su personaje, igual esfuerzo ocurre en La Caída, donde el protagonista epiléptico busca conocimientos detallados de su enfermedad para valorarla y prepararse para cuando ella actué. La enfermedad de la epilepsia es interpretada aquí como una sinfonía que reúne instrumentos, sonidos armónicos, épicos, líricos y fugas impredecibles. Con el conocimiento Rodríguez pretende ganarse la enfermedad. Por eso duda de la religión, duda de la extrema dejadez y de los referentes optimistas de la ciencia. En esta novela el discurso se centra en el conocimiento. El “saber” tiene muchos matices; saber puede sanar y saber puede dañar. El conocimiento de la enfermedad es comparado al poder y la esperanza. En la narración se denuncian los tabúes tradicionales sobre la enfermedad. Son prejuicios que disfrazan la dura realidad con ignorancias y supersticiones que se arrastran desde la Edad Media. El conocimiento y el espíritu luchador son los mejores antídotos contra el veneno de la ignorancia y falta de educación.
Es posible pensar que el conocimiento de la enfermedad podría ofrecer confianza al paciente que es la llave que abre la puerta a la sanidad. El conocimiento es la búsqueda de justicia y explicaciones del misterio de la imperfección y la fragilidad del hombre. Rodríguez ha estructurado su novela como un investigador que se mete en los recovecos confusos de la enfermedad. Él interpreta datos, síntomas y reacciones fisiológicas. La caída es la resurrección del espíritu de la filosofía. “Conócete a ti mismo”: Rodríguez es fiel a la famosa máxima Sócrates. Si ajustamos la máxima de Sócrates diremos que Rodríguez está diciendo “conozco mi enfermedad primero y luego hago lo que me dé la gana”. Por otro lado, en la novela, hombre mortal, paciente y enfermedad, tienen una valoración literaria. La psicología también tiene una valoración sobre el origen del dolor. De manera que , podemos interrogar el malestar, sus síntomas y la angustia que se experimenta a modo de culta depresión. La acogida de la epilepsia como discurso de la palabra no pone en duda la angustia, ni su grito y el desconsuelo. “ No puede haber un grito de angustia mayor que el de un hombre”, ha escrito Lowig Wittgenstein, el gran lingüista vienes siglo XX.
Esta novela es sobre la epilepsia y sus secuelas, también, lleva en su subsuelo narrativo el triste paisaje de un país colonizado. La enfermedad actúa como una invasora, se aprovecha de lo mejor del paciente, lo explota, lo oprime, le crea largas dependencias y le destruye su soberanía. El cuerpo social está enfermo. Es un cuerpo dañado por el colonialismo. Es un suelo herbívoro de muchos males como crónica de una sociedad enferma como la que se describe en la novela La Charca de don Manuel Zeno Gandía.
Hoy en día, el colonizado es un paciente en constante diagnóstico, en constante uso de drogas sin conducirse a un desarrollo óptimo de salud. Es un cuerpo histórico a la merced de los protocolos, mandos políticos y la ley Promesa que es la alegoría neoliberal de la “criptorican” enfermedad. Y lo peor es que aún somos conejillos de indias de los centros farmacéuticos. Para Rodríguez la epilepsia tanto como el estatus colonial se libera ambos a travez del conocimiento de nuestra propia, íntima salud biológica y política.
Esa salud del cuerpo depende del enérgico conocimiento revelador del individuo de su propio malestar. La voluntad de investigar con rigor y aprender es un acto de liberación de las llagas de la historia y de las llagas de las enfermedades contemporáneas que nos machacan y que nos atosigan. “Dime qué enfermedad tienes y te diré quién eres”. En general, la frase anterior sintetiza las vidas de los puertorriqueños del siglo XXI.
En La caída se cuenta la historia de una enfermedad en un cuerpo masculino que se viene manifestando muy temprano en la edad del protagonista hasta su condición adulta. Rodríguez no dividió la novela en capítulos pero se puede discernir que la novela se compone de diez partes: cada una es una viñeta adornada con los episodios más relevantes entre la enfermedad y el paciente. La Caída nos acerca a la muerte constantemente. La misma vida está siempre en peligro, en la playa, en el patio de la casa, en unas escaleras y en la sala de un hospital. No se descansa de la caída. La caída está viva aunque te pongas de pie.
Repito que la existencia en la enfermedad inexorable es un sin sentido. Es locura, y el enfermo sabe lo que quiere. Quiere dejar este mundo. El acercamiento íntimo contribuye a la humanización de la caída en la novela. Durante su lectura aprendemos cómo el autor se reconcilia con la enfermedad, la acepta y la llega a respetar. En cada caída fatal hay una recuperación, la víctima se levanta y no mira hacia atrás. Entonces, el miedo desaparece, y con él, la vergüenza del defecto y la incapacidad. Recordemos que la fe de sus padres es la ayuda en cada caída. En cada convulsión los padres tienen listo un rezo, una súplica a Dios, una reunión carismática, un pedido irreal y una frecuente promesa a la Virgen. Los padres son creyentes y piensan que la fe agotará la enfermedad, que la hará desaparecer. Saben que la enfermedad es egoísta, arrogante y solo la entrega humilde y obediente del paciente salvará al hijo vulnerable.
Esta visión mesiánica de los padres religiosos va a inmortalizar al paciente. La muerte no es respetada, sino que en el discurso ético del narrador lo que se respeta es el esfuerzo, es decir, no darse por vencido a las extrañas visitas del demonio truculento. Los padres ven que su fe está encarnada en los médicos, que son profesionales que poseen las benditas manos de la ciencia que proviene de Dios. La Caída tiene muchísimos matices religiosos. Caen los ángeles, caen los profetas, caen los poderosos y caen los mortales de rodillas a la tierra y se hunden en el agua. En La Caída el protagonista se cae en todas partes, se cae su cuerpo y se cae su vida rural y la urbana en solitario se cae. La enfermedad que le arrastra inexplicablemente encubre el diálogo íntimo con el exterior, dominado por el conocimiento de causas y síntomas. Y más allá del conocimiento de lo que se padece, vemos también en La Caída una estrecha relación emocional y sentimental, producto de la convivencia con la enfermedad y el paciente. La enfermedad da coraje aunque sea un mal paso. Pero la enfermedad no lo es todo. La Caída como literatura de testimonio es un reportaje informativo extenso sobre la evolución de la enfermedad en el sujeto.
En La Caída me impresiona la facultad inspiradora de lo imponderable, en tanto que la epilepsia es una entidad superior que mora en el cuerpo biológico del “yo”. La cábala nos enseña a conocer las condiciones y los resultados de los que somos. En la página 11 en la novela, se narra una inesperada convulsión cuando jugaba baloncesto en la cancha del vecindario. Dice el narrador moribundo; “pedí auxilios mientras pensaba que no quería morir. Mi madre escuchó el escándalo y se acercó a la terraza. Al verme gritó pidiendo socorros y corrió hasta donde mi. La fuerza que de mí se había apoderado era más fuerte que yo. Hice un último esfuerzo y entonces el mundo se apagó”. Después llegó inconsciente a la sala de urgencias médicas y las placas revelaron una mancha misteriosa en el cerebro. En la sabiduría de predicción de la antigua Cábala, hay lo que se llama” Inspiración por espíritus encarnados”. En un parecido exacto, las manifestaciones de la epilepsia – y del cuerpo del narrador– conforman el trance cabalístico, de ellas se sirve el “médium y se agita violentamente”; cubriéndose de espumas los labios, retorciéndose los brazos y las piernas, los ojos brillantes, y todo el organismo es presa de una compulsión irrefrenable. Y de allí surge el augurio, borboteando en palabras entrecortadas.
¿Cuál es el augurio que se obtiene del “trance epiléptico”? El mismo autor lo dice en la página 19, “Tengo que enfrentarme a esas criaturas chillonas, a esa vieja mancha que surge de las profundidades de mi mente.”. Entonces concluye en la misma página; “Solo tengo un arma. Las Palabras”. Ante las fatales convulsiones, el médium hace su aparición por medio del lenguaje. Las palabras son salvadoras. Las palabras expresan la profunda proyección del pensamiento hacia una región superior de índole espiritual y filosófica. En La Caída, las convulsiones que se narran en primera persona son manifestaciones interpretativas y estéticas que ocurren en la mente del enfermo epiléptico. Las convulsiones son memorias de lo que fue y es presagio de lo que el protagonista será.
La Caída es la bandera de la enfermedad, alerta a todos; espabila a la familia y a los médicos. El doliente se pone de pie después de cada episodio, pero con un efecto mariposa. Sin embargo, el protagonista se pasea felizmente por el laberinto de su enfermedad. La enfermedad es la Torre de Babel por donde transita lo sagrado y lo profano. La epilepsia es una enfermedad muy dura, a veces mortal, pero en este caso es amable con el narrador, que es hombre fuerte, y la salida de ella fue afortunada. La aparición de la epilepsia pudo haber sido la ruina para José Julio pero no; fue la salvación. Gracias a la caída va a prevalecer el amor y eso dará paso a la aparición del novelista que salva al hombre.
La caída es el triunfo del individualismo hasta la última solución. Durante el romanticismo el suicidio era un sacramento. En La Caída es una posibilidad de liberación que no llega a su final fatal. Como lector, eso me dio mucha tranquilidad, pero esa posibilidad es tensión narrativa a lo largo de las ciento cincuenta páginas de la novela.
Digamos que el amor por la vida prevalece y que el narrador-paciente ama más la epilepsia que la medicina y los empoderamientos. La enfermedad simbólicamente no es un enemigo invencible. La Caída se lee como un anecdotario deslumbrante con la enfermedad y como obra artística se lee como paradigma valiente en la vida del narrador.
En esta evocativa creación se pone de pie entre sus páginas, la feliz aparición del novelista José Julio Rodríguez. En La Caída se habla de un enfermo afortunado que se busca la vida. La Caída no es un valle de lágrimas sino un testimonio de amor por seguir en este mundo. Por supuesto que cabe decir que Jose Julio Rodrigues, nos ha regalado una lectura que se pasea por el camino de los laureles de la literatura puertorriqueña contemporánea.
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