En la era de los filtros y el algoritmo, el Caribe libra una batalla silenciosa frente al espejo: la vergüenza de la propia raíz. Mientras la "estética digital" nos empuja a suavizar los rasgos, la obra de Nicolás Guillén resurge como una bofetada de realidad. Es momento de romper el cristal de la apariencia, sacar a Mamá Iné de la cocina y habitar, por fin, una identidad sin disculpas.

En nuestra sociedad, la palabra "negro" parece haber mutado de ser una descripción de la identidad para convertirse en un estigma que muchos prefieren evitar. En las redes sociales y en las conversaciones cotidianas, se percibe una resistencia casi automática a habitar esa palabra, como si nombrarla fuera un agravio o una sentencia de inferioridad. Este fenómeno, que no es más que el resultado del racismo interiorizado, nos obliga a volver la vista a los poemas negros de Nicolás Guillén, quien hace casi un siglo ya confrontaba esta incomodidad con una pregunta que todavía sigue punzando nuestra realidad: “¿Po qué te pone tan brabo,/ cuando te dicen negro/ bembón,/si tiene la boca santa,/ negro bembón?”.

En su poema "Po qué te pone tan brabo", Guillén retrata a un hombre que se molesta por sus rasgos físicos a pesar de que su realidad le dice que tiene dignidad y sustento, pues el poeta le recuerda que “Bembón así como ere/ tiene de tó/ Caridá te mantiene, te lo da tó”. Esa molestia es el síntoma de una sociedad que enseña a la persona a verse con los ojos del opresor, a sentir que su piel o sus facciones son algo que debe ser "suavizado" o silenciado.

Este fenómeno es profundo precisamente por eso: porque logra algo complejo, que el individuo, incluso amándose a sí mismo, se observe a veces a través de ojos ajenos, sintiendo que sus rasgos son características que debe "matizar" para encajar en ciertos espacios. Cuando alguien se siente incómodo o se ofende al ser identificado con su propia raíz, no estamos ante un simple problema de susceptibilidad, sino ante el peso de un sistema que durante siglos vinculó la negritud con la carencia. Si el espejo nos devuelve una imagen que nos causa rechazo, es porque la narrativa que nos rodea sigue insistiendo en que ser negro está mal. Es el resultado de una narrativa externa que nos ha enseñado a cuestionarnos antes de permitirnos, simplemente, ser.

Esta lucha interna se vuelve social en "Ayé me dijeron negro".  Guillén toca aquí, una de las partes más sensibles de nuestras sociedades caribeñas: el racismo entre iguales. Cuando la crítica al color viene incluso de quienes comparten la misma raíz. “Ayé me dijeron negro/ pa que me fajara yo;/ pero e que me lo desía/ era un negro como yo”. Es aquí donde el poeta lanza el desafío que hoy, en plena era de la imagen, cobra más fuerza que nunca: “Tan blanco como te ve / y tu abuela sé quién é. / ¡Sácala de la cosina: /Mamá Iné!”. Mamá Iné representa esa herencia que muchas familias prefieren mantener en la sombra del servicio, mientras en el espacio público (y hoy en la vitrina de los perfiles digitales) pretenden exhibir una blancura que no les pertenece del todo.

Pero el mestizaje no es solo una cuestión de estética, ni es solo una mezcla de sangre: es una experiencia compartida de esfuerzo y supervivencia. En el poema "Los negros trabajando", Guillén nos muestra la base social de nuestra identidad: mientras unos están "paseando y descansando", otros sudan "junto al vapor" bajo un sol que "arde". Nos recuerda que nuestra historia se construyó a fuerza de brazos que reman y cargan, y que ignorar esta parte de nuestra historia es ignorar los cimientos mismos de lo que somos como pueblo.

Más allá de la denuncia social, en la "Balada de los dos abuelos", la identidad pasa a entenderse como un todo. El poema no se queda en la superficie; pone a caminar juntos al abuelo blanco, con su armadura y sus pupilas de vidrio, y al abuelo negro, con su tambor de cuero y sus pies desnudos. No se trata de olvidar que uno trajo el látigo y el otro puso el lomo, sino de reconocer que ambos habitan el mismo cuerpo caribeño. Al decir que los dos son "del mismo tamaño", Guillén borra la jerarquía que nos enseñaron a creer. Es la imagen de un hombre que asume su pasado completo, con sus sombras y sus luces, para poder cantar con una sola voz.

Exponer este racismo no es un ataque hacia otros, sino un llamado a desmantelar la idea de que nombrar nuestra realidad es una ofensa. Al igual que en la "Balada de los dos abuelos", donde las sombras de Federico y Facundo finalmente se abrazan y se reconocen "del mismo tamaño", nuestro reto es recuperar una dignidad transparente. Se trata de limpiar el espejo para que nuestra identidad deje de ser una carga moral y pase a ser una historia que se cuenta con orgullo y sin necesidad de disculpas.​

Denunciar hoy que ser negro no es una "condición" que deba ser matizada es retomar la lucha de Guillén por la transparencia del espejo. Mientras sigamos sintiendo vergüenza de la palabra, seguiremos permitiendo que el prejuicio dicte nuestra identidad. Nuestro reto es que los abuelos de nuestra historia, “gritan, sueñan, lloran, cantan” con la misma fuerza. Debemos reconciliar esas sombras para que el orgullo negro deje de ser una provocación y pase a ser, simplemente, nuestra verdad asumida con la cabeza alta.

Es momento de sacar finalmente a la abuela de la cocina y de mirarnos, por fin, sin filtros y sin excusas. Debemos comprender que la naturaleza no comete errores y que, al igual que en un jardín, la belleza no tiene un solo rostro ni una sola forma; las flores más hermosas vienen en todos los matices. En esta mezcla vibrante y profundamente nuestra, no hay nada que corregir, porque nuestra identidad no es un defecto que deba subsanarse, sino una herencia que florece con dignidad cuando decidimos, simplemente, dejar de pedir disculpas por ser quienes somos.

María Isabel Echavarría

Estudiante de letras

María Isabel Echavarría Montero, es estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Se interesa por la crítica literaria y el análisis de los clásicos desde su vigencia en la sociedad contemporánea. mariaisabelechavarriamontero@gmail.com

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