…La coralidad del color arde en el verde, verde que se transforma en llama, fulgor azul. «Ni Plotino ni Baudelaire; la fuerza del pintor es la unidad en la mirada», escribe Lezama Lima en su ensayo La pintura y la poesía en Cuba.
La fiesta del color danza en las pupilas: líneas como faldas, volúmenes como caderas gozosas, perspectivas, muslos y senos por horizontes.
Todo cuadro es un Eros de la mirada, una mujer desnuda; con la lujuria del que les palpa la blusa y, en un éxtasis, los cuadros del pintor arden en las pupilas del espectador, y este, al mirarlos, arde con ellos en una música jamás oída.
Este catálogo de la exposición «Fuerza visual» es la bitácora de un viaje compartido. Un puente tendido entre la soledad del taller y la comunión con el espectador.
Catálogo que invita a recorrer estas páginas y esta sala, no para descifrar un mensaje, sino para habitar la mirada de quien ha hecho del color una forma de interrogar al mundo.
La pintura hay que leerla con los ojos de la poesía y no desde la razón; los conceptos son ciegos para el color.
Charles Baudelaire, en su ensayo sobre la pintura, nos dice: «La intención de construir un aparato crítico no tiene sentido. Es preferible abandonarse a los encuentros casuales y conservar la inocencia».
Azar objetivo, como convertir a la niña en bicicleta en un pájaro azul.
Inocencia ante la técnica, nos vuelve a repetir Charles Baudelaire: «Un conocimiento completo de la técnica combinado con el "conócete a ti mismo" de los griegos, pero donde el aspecto técnico baja la cabeza».
El cuadro alza el vuelo desde los pinceles del pintor hasta los sentidos del espectador, surtidor de imágenes que tienen el sabor y el olor de la música, como la escucha Kandinsky ante el arte del pintor; la relación del color y el sonido: el amarillo claro con la escala de sol mayor en ascendente, un triángulo verde, un rectángulo naranja y un círculo violeta.
Los colores rojos recuerdan el tono medio y bajo del violín. El rojo frío, los tonos altos y claros, son los vibrantes del chelo y los instrumentos de viento.
En la sala de Funglode ya está la orquesta, los músicos-pintores afinan sus instrumentos; todo está listo para empezar el concierto pictórico La fuerza visual…
Alejandro Asencio: Espacios de mi isla. Obra abierta. Fantasmas azules, transparencias que se quiebran en tímidos ocres, azules, rojos y amarillo. Luz rota, delgadísimas formas que preanuncian un paisaje y un país que aún no acaba de nacer. Paisaje caribeño que se mira desde adentro. Espacio interior. Islas invisibles.
Aram Musset: Mimetismo surreal. Helado rostro, escamas de pez. El sombrero es un barco de papel. Pez con alas. Remos. ¿Costillar de qué barco? Naufragio.
Barón Arias: Sueños de paz. Rostros y palomas. Formas que se disuelven en abstracciones, abstracciones que anhelan ser figuras. Sombras amarillas, mujeres azules.
Claudio Espejo: Transiciones entre el diseño y la abstracción. Signos que danzan. Caligrafía del alma.
Clinton López: Transparencias. Ensayo gráfico. Haiku gráfico. Gravedad y gracia. Tatuaje japonés. Manga del alma. Un cuchillo como pincel sobre la tela, como piel, talla signos. Baila la luz y desaparece.
Dionisio de la Paz: Pelea de gallos al atardecer. Éxtasis del color. Ceremonia. Balbuceo de lo sagrado.
Genaro Phillips: Isla compartida. Movimientos del color del amarillo al rojo. Gestos, sesgos, isla compartida entre la técnica y el azar. Juegos de la luz. Sombras que iluminan.
Josefina Garrido: Camino Real. Bosque el cuerpo. Sensualidad caribeña. Voluptuosidad de las formas. Figuras que anhelan nacer.
José Ramón Medina: Atabey nacido de las aguas. Esferas y conos. Ruptura del tiempo lineal. Vertical amarilla entre el cielo y la tierra. Vuelta al origen. Atabey en sus aguas.
José Sejo: Gallo sobre la mesa. Alquimia del color. Neosurrealismo. Universo en expansión. Big bang del volumen. Explosión del color en el ojo del espectador.
Julio Peña Guillén: Mancha indeleble. Grabado. Linografía. El color sin cabeza es una mancha negra en la pupila del que lo mira.
Hilario Olivo: Entresueños. Dibujo preciso, flecha de luz dirigida al corazón del sentido. Rigor y expresión en el color. Fragmentación del espacio en la mirada del que lo ve. Líneas que deliran. Volúmenes que se adulan. Entre mitos y fábulas, la poesía en estas obras encarna en la forma. Verbo que se hace carne y empieza a cantar.
Omar Molina: Por ti me robo hasta la luna. La vida en circle. Curvas que se vuelven serpiente. Círculos que giran entre la mujer subiendo la escalera de Duchamp y lo anecdótico del ciclista matutino. Impulso para cruzar el puente entre la figura y la abstracción. Humor paródico. Guiño al cómic. Por ti me robo hasta la luna es pura poesía que irrumpe en carcajadas hasta las pupilas que le miran.
Osiris Gómez: Bodegón con gato. Sinfonía de la naturaleza. Flores azules, rojas y amarillas. El silencio es un flautista que hace delirar las formas.
Roque Gómez: Colmado en la noche. Jugadores de dominó. Lo real y sus reflejos afilan sus abismos cuando los colores se convierten en poesía, en música y en pintura.
Reyes Ocre: Runa. Polípticos. Portales. Abstracciones. Círculos blancos, rojos y amarillos. Puertas del origen. Cuevas del misterio. Signos de lo oculto. Runas. Gráficos de lo sagrado.
Aventura del color y maravillas de la luz es esta exposición. Música jamás oída. Sinfonía del color. Pinceladas como relámpagos; composiciones donde la abstracción y la figuración danzan y dialogan.
Espacio de encuentro es esta exposición, en donde cada artista se convierte en buscador de la fijeza en medio del cambio, traductor del misterio del mundo a través de la luz y la sombra, recordándole a cada espectador que contemple estas obras que ver es un acto de creación —igual que la poesía y la pintura—, y tan útil y tan necesario para poder volver de nuevo a reencantar al mundo.
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