“La poesía es la forma más tierna de resistir.” Liz

Caminar junto a un creador de tan largo aliento como el poeta Domingo Acevedo y salir ileso es un acto de magia, de esos que recordaría al viejo Houdini. Conocí al poeta en la década del 80, en los farallones de los kilómetros, específicamente en el km 7, entre tertulias, locrios de pica-pica y, de vez en cuando, algunos tragos de triculi. Lo escuchaba atento: su voz poética poseía un aire nerudiano, pero también albergaba un matiz singular que fue labrando su identidad: una mirada constructiva del verso y metáforas que navegan por los intrincados laberintos de lo onírico y el realismo mágico.

Nació en Santo Domingo en 1957, en aquel camino donde las anacahuitas de cristal se erigían como centuriones del tiempo. Es hijo de Consuelo Acevedo (Michita) y Sergio Bautista Martes; poeta, activista social y gestor cultural cuya obra se caracteriza por una profunda sensibilidad hacia los problemas humanos y un firme compromiso con las causas sociales y ecológicas de su país. Su estilo se define por la capacidad de conjugar la belleza estética con el dolor humano; en sus versos suelen latir imágenes que contrastan la oscuridad de las realidades marginadas con la luz de la esperanza y la naturaleza.

Acevedo ha publicado diversos títulos que lo posicionan como una voz relevante de la poesía dominicana contemporánea, entre ellos:

Espejismo de Luna Llena: Obra donde explora el sentimiento y lo onírico.

Ciudad de Papel: Un texto con una sólida carga crítica hacia las estructuras urbanas y sociales.

América: Poema extenso o colección que reflexiona sobre la identidad del continente.

Antología del Asombro: Libro que recopila versos de gran fuerza vibrante.

Anatomía de la sangre: Un poemario sensiblemente visceral.

Fuera de las letras, es reconocido por su labor como activista ecologista y social. En ese tenor, vale la pena destacar que nuestro autor ha llevado la poesía dominicana más allá de nuestras fronteras, como ocurrió en 2017 con su poema “Barcos negreros”, publicado en la revista literaria francesa Journals Open Edition. Además de su producción escrita, ha sido un gestor activo en la promoción de la cultura popular y la defensa de los recursos naturales en la República Dominicana. Su presencia es habitual en encuentros literarios y recitales destinados a llevar la palabra a espacios comunitarios. Es miembro de la brigada ecológica Sebastián Lemba, de Artistas Unidos por un Planeta Posible, del Colectivo Poetas en la Cafetera, del Movimiento Cultural Sur República Dominicana y del movimiento Poetas del Mundo; asimismo, es colaborador del programa Calidoscopio, música y poesía del mundo (Argentina). Es, en definitiva, un poeta de aquí y de allá, un creador que atraviesa los linderos de la poética latinoamericana.

Hacia la entraña de Anatomía de la sangre

Tras esta semblanza, hurguemos en su libro Anatomía de la sangre. Alguna vez le expresé al autor que este volumen albergaba material para tres propuestas distintas; por tal razón, abordaré su poética únicamente desde la memoria enraizada en lo tiernamente visceral —específicamente en los capítulos II (Noche póstuma) y III (Rastro de eternidad)—, donde el lenguaje es el territorio de la memoria, sabiendo que la obra también admite lecturas desde su legado social y la resistencia histórica de hombres y mujeres que brindaron su sangre por esta patria, su brevedad lírica o su sutil guiño a la poética japonesa del haiku y el senryū.

Para palpar la hondura de su versación, es pertinente evocar el planteamiento de Alejo Carpentier sobre el realismo mágico, aunque él prefiriera el término «lo real maravilloso». Para Carpentier, lo extraordinario no se creaba artificialmente con artificios literarios, sino que estaba arraigado en la historia, la fe, la naturaleza y la cultura viva de América Latina, donde lo inverosímil ocurría de manera auténtica.

Al iniciar esta lectura, nos encontramos de inmediato con esos elementos que evocan las voces del realismo mágico poético desde el mar. En el capítulo II, en este verso: «La noche es un árbol que florece en el mar», el poeta deja reseña de su identidad territorial; su condición de isleño lo sumerge en la búsqueda de una poesía empapada de yodo, luz y sal.

Y sigo hurgando entre hojas en la voz marina del poeta, y llegan estos versos: «Peces persiguen barcos remotos», «Oleajes de mariposas estrellándose contra los acantilados». Acevedo es un poeta que no está de espaldas a su realidad; el mar nos hace palpar la orilla como un refugio de la memoria, una metáfora salada anclada en el génesis de nuestra conciencia. Pero también visualizamos una poética del dolor, como en estos fragmentos: “la luz cristalizada en una lágrima apuñaló la carne”, “esqueleto dormido al filo del silencio”, “he venido a edificar sobre las cenizas de mis sueños un monumento a la muerte / a la terrible muerte”. Es aquí el dolor hecho arte, donde las metáforas estéticamente viscerales perforan las voces de aquellos que eligieron el silencio como ausencia, no como ente para transformar el alma.

Entonces, me pregunto: ¿Es Acevedo un metapoeta, simbolista, surrealista, humanista? Desde mi condición de lector puedo decir que es un híbrido, es el resultado de la suma de todos los códigos poéticos. Por ende, en él habita una voz propia y singular que ruge como ola en un Caribe lleno de colores e historia. En la voz de Acevedo también habitan los elementos mitológicos de la antigua Grecia y los que emanan de la identidad latinoamericana y caribeña; por ejemplo: cíclopes, centauros, ciguapas.

Asimismo, al hurgar en el capítulo III, hallamos indicios en este poema dedicado a su madre, titulado con la exquisita imagen “Ciguapa dormida en el viento”. El título mismo es una construcción poética, un verso de un contraste sugerente enraizado en la creencia dominicana; sin duda, un micropoema. En lo inmediato somos alcanzados por otra estocada de lo tiernamente visceral en “Espejo de agua”, cuyos versos rezan:

Lluvias de peces dorados en la memoria / mariposas que el viento deshoja en los días grises de un noviembre tardío. / Ancianos pescadores petrificados frente al mar del olvido.

En el primer poema se eleva un canto a la madre; en el segundo, un canto al vientre cósmico de lo oníricamente fugaz que lo trajo al mundo en aquel tardío noviembre.

La poética del espacio de Gaston Bachelard nos sitúa en la fenomenología de los valores de intimidad: el espacio interior se convierte en el argumento perfecto para arrancarle a los recursos lingüísticos una nueva manera de ungir el mundo con poesía. “Rastro de eternidad” es un canto de tremenda belleza a la memoria, trenzado mediante metáforas que surcan un paraje llamado La Esperilla que, aún desaparecido en su configuración física, en los sueños del poeta vive, tal como queda plasmado en estos versos: Nací junto al resplandor azul naranja de los sueños / en brazos de la quimera. / Nací herido por un rayo de eternidad / en la inefable soledad de las estrellas y el rocío. Ahí reside el misterio de estos versos que sugieren y nos clavan una daga contra el olvido.

Anatomía de la sangre es un poemario donde los duendes que habitan sus páginas nos invitan a transitar junto a ellos por el fluir de una voz que emerge de la sensorialidad y el dolor; una memoria que le arrebata al olvido su ropaje de indiferencia para alzarse con fuerza en esta humanidad tan carente de sensibilidad. Estas páginas son senderos llenos de huellas, porque el poeta, así lo confirma en estos versos que dejará como herencia a sus tres hijos:

a Randor, “hijo ven a los brazos de tu padre” / “pon una flor en su pecho”; a Guaroa, “Ese niño con alas en la espalda / y el cielo en la mirada”; a Sergio Emmanuel, “un día irá tras las huellas del viento” “a buscar estrellas dormidas entre mis manos / para ponerla en su frente”.

Un poeta solo tiene un legado para dejar: las palabras, y el poeta Domingo Acevedo deja testamentado desde el verso esa impronta para las carnes de su carne.

Sin duda, Acevedo es un miliciano de la poesía; tiene ojos de águila y, cuando se lanza, pocas veces falla. Su voz poética tiene identidad propia: no necesita defender sus versos, ellos se defienden solos al caer en el imaginario de cada lector. Entonces, desde mi condición de lector, considero que debe ser fuente de estudio el quehacer poético de este autor por los versados en materia poética en la República Dominicana, porque en él habita otra mirada de lo tiernamente visceral en la poesía dominicana.

Domingo Acevedo: “Anatomía de la sangre”, la exploración de una poética tiernamente visceral

Fausto Aybar

Poeta

Fausto Antonio Aybar Ureña. 1964 Santo Domingo, Rep. Dominicana. Poeta, escritor, gestor cultural y amante de la fotografía. Un hombre común buscando una razón de vivir en la poesía. Miembro del colectivo Poetas en la Cafetera, del Movimiento Cultural Sur, Santo Domingo, del taller Haiku Do Medellín, Colombia. Libros publicados: Plegarias del Tiempo -2019 Perpetua Brevedad, 2022 Leguas de sal 2025 Antologías. Antología “Puente de Utopías” Argentina 2013 Colección poética “LACUHE” 2021 -2025. Feria del libro Lacuhe, en el Bronx, New York Antología “Andrómeda” Editora el mono armado, Argentina 2022 Antología “Con las alas del alma” Editora Maremedium, Argentina 2022 II Antología poetas en la cafetera 2022 R.D IV Antología Poetas en la Cafetera 2025 R.D Antología de micro cuentos “Dosis mínimas” Editora Palabra Herida, Colombia 2023 Antología “A Paz Sem Frontairas Brasil 2026 Antología de Haikus. Noche estrellada. Editora Senda del Haiku, Sevilla, España 2024. Un colibrí entre tus manos. Taller de haiku Do” Medellín, Colombia 2025, Lluvia de agosto. Editora Senda del Haiku, Sevilla, España 2025 Tarde de verano. Editora Senda del Haiku, Sevilla, España 2026. faustoliz@gmail.com / fausto16enero@hotmail.com

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