Toda vida auténtica llega a un momento en que deja de hablar de lo que ha construido para revelar las razones por las cuales decidió construirlo.
Con Freddy Ginebra ese instante llega cuando la conversación abandona los escenarios, los conciertos, las exposiciones y los festivales para internarse en un territorio mucho más difícil de describir: el de las convicciones.
Hasta aquí hemos recorrido el origen, la decisión de abandonar una brillante carrera en el Derecho para seguir la llamada de la cultura, los años de formación y el nacimiento de Casa de Teatro, ese espacio que desde 1974 ha sido refugio para artistas, escritores, músicos y soñadores.
Pero la obra, por importante que sea, nunca explica por completo al hombre.
Toda institución tiene un fundador.
Toda creación tiene un origen.
Toda vocación posee una raíz más profunda que los hechos visibles.
Era allí donde deseaba llegar.
Quería descubrir qué sostiene, después de más de medio siglo, la inagotable capacidad de Freddy para seguir creyendo en la cultura como una forma de transformar la vida.

Le pregunté entonces qué le había dado la cultura que ninguna otra manera de vivir habría podido ofrecerle.
Sonrió con esa serenidad que siempre acompaña sus respuestas y dijo:
"La cultura me enseñó a descubrir la belleza en las personas. Me permitió viajar, conocer el mundo, hacer amigos inolvidables, pero, sobre todo, me enseñó a escuchar. Escuchar una canción, un poema, una historia o un silencio puede cambiar una vida. La cultura me hizo comprender que la felicidad consiste muchas veces en ayudar a otros a descubrir su propia voz."
Mientras escuchaba esas palabras comprendí que Freddy nunca entendió la cultura como una profesión.
La entendió como una forma de hospitalidad.
Toda su vida ha consistido en abrir puertas.
Puertas para un joven actor que buscaba un escenario.
Para una pintora que necesitaba colgar por primera vez sus cuadros.
Para un poeta desconocido que llevaba unos versos doblados en el bolsillo.
Para un músico que únicamente necesitaba alguien que creyera en él.
Quizá esa sea la verdadera historia de Casa de Teatro.
No la de un edificio.
Sino la de una puerta que jamás dejó de abrirse.

La palabra como la casa donde también habita un país
Hay personas que construyen edificios.
Otras construyen instituciones.
Freddy Ginebra ha hecho ambas cosas.
Pero existe una tercera construcción, mucho más silenciosa, que quizá haya sido la más importante de todas.
Ha construido conversaciones.
Le pregunté qué papel desempeña el lenguaje en la construcción de una comunidad.
Su respuesta no se limitó a la literatura ni a la gramática.
Fue mucho más lejos.
"Las palabras son puentes. Cuando dejamos de conversar comenzamos a alejarnos unos de otros. Me preocupa más una sociedad que pierde la capacidad de escucharse que una sociedad que discute. El diálogo siempre deja abierta una esperanza; el silencio impuesto y el grito solo producen distancia."
Mientras lo escuchaba pensé que, sin proponérselo, Freddy estaba definiendo también la verdadera misión de Casa de Teatro.

Durante más de medio siglo aquella casa no ha sido únicamente un escenario.
Ha sido una inmensa conversación.
Allí han dialogado generaciones.
Han convivido poetas y músicos.
Pintores y fotógrafos.
Teatreros y cineastas.
Intelectuales y obreros.
Estudiantes y maestros.
Pocas instituciones dominicanas han conseguido reunir con tanta naturalidad personas tan distintas alrededor de una misma mesa.
Quizá por eso Casa de Teatro nunca ha pertenecido a un grupo.
Ha pertenecido siempre a la cultura.
Le pregunté entonces cómo percibe hoy la relación entre el lenguaje y la identidad dominicana, recordando las enseñanzas de Pedro Henríquez Ureña, uno de nuestros grandes humanistas.
Guardó unos segundos de silencio.
Y respondió:
"Pedro Henríquez Ureña nos enseñó que una lengua no es solamente un instrumento para comunicarnos. Es una manera de pensar, de sentir y de entender el mundo. Cuando empobrecemos nuestro lenguaje también empobrecemos nuestra imaginación y nuestra capacidad de comprender al otro."
Hay una frase que me impresionó profundamente:
"Cuando desaparecen las palabras, comienzan a desaparecer también los matices."
Y sin matices resulta imposible comprender la complejidad del ser humano.
Vivimos una época dominada por la inmediatez.
Las redes sociales premian la velocidad.
La reflexión parece perder terreno frente al comentario instantáneo.
Le pregunté si eso le preocupa.
Respondió sin dramatismo.
"No creo que las nuevas tecnologías sean el problema. El problema aparece cuando dejamos de pensar antes de hablar y dejamos de escuchar antes de responder. La tecnología debería acercarnos; nunca sustituir la conversación verdadera."
Comprendí entonces que Freddy nunca ha defendido solamente el arte.
Ha defendido algo todavía más frágil.
La conversación.
Porque conversar supone reconocer que el otro también posee una parte de la verdad.
Y esa actitud constituye uno de los fundamentos de toda convivencia democrática.
No es casual que Casa de Teatro haya sobrevivido a gobiernos, crisis económicas, transformaciones sociales y cambios culturales.
Más que una institución, ha sido una escuela permanente de diálogo.
Las nuevas generaciones: la esperanza siempre llega con rostro joven
Hay una pregunta que deseaba hacerle desde hacía mucho tiempo.
Después de haber acompañado el nacimiento de tantas generaciones de artistas, ¿qué siente hoy cuando observa a los jóvenes?
Su rostro cambió inmediatamente.
La sonrisa se hizo todavía más luminosa.
Respondió casi sin pensar.
"Los jóvenes siempre me han dado esperanza. Cada generación inventa su propio lenguaje, sus propias preguntas y su manera de mirar el mundo. Nuestra obligación no consiste en decirles cómo deben crear. Nuestra obligación es abrirles la puerta para que descubran su propio camino."
Mientras pronunciaba esas palabras pensé que, quizá sin saberlo, estaba describiendo toda su filosofía como gestor cultural.
Nunca pretendió fabricar artistas.
Nunca quiso formar discípulos.
Quiso crear oportunidades.
Muchos de los nombres que hoy ocupan un lugar importante en la cultura dominicana llegaron un día a Casa de Teatro sin premios, sin reconocimiento y, muchas veces, sin experiencia.
Llegaron únicamente con un sueño.
Y encontraron a alguien dispuesto a escucharlos.
Le pregunté cuál considera que ha sido el mayor error cometido por nuestro país en materia cultural.
Su respuesta fue pausada.
Reflexiva.
"Creer, demasiadas veces, que la cultura puede esperar. Pensar que primero debemos resolver otros problemas y después ocuparnos del arte. La historia demuestra exactamente lo contrario. Los pueblos que descuidan su cultura terminan debilitando también su educación, su convivencia y hasta su democracia."
No hablaba desde la teoría.
Hablaba desde cincuenta años de experiencia.
Había visto cerrar espacios.
Había visto abrir otros.
Había conocido el entusiasmo y también la indiferencia.
Y, sin embargo, seguía creyendo.
Eso fue lo que más me impresionó.
No la magnitud de su obra.
Sino la persistencia de su esperanza.
Porque después de medio siglo todavía habla del futuro con la ilusión de quien apenas comienza.
El niño que nunca dejó de soñar
Toda conversación profunda llega a un instante en que los reconocimientos dejan de tener importancia.
Los cargos.
Los premios.
Los festivales.
Las instituciones.
Todo comienza a perder peso frente a una pregunta mucho más sencilla.
¿Quién eres cuando desaparecen los aplausos?
Quise formularle entonces una de las preguntas más personales de todo el cuestionario.
¿Cuál ha sido el momento de tu vida que sientes más cercano a tu verdad íntima?
Freddy permaneció unos segundos en silencio.
No buscaba una respuesta brillante.
Buscaba una respuesta verdadera.
Finalmente dijo:
"Los momentos más verdaderos de mi vida casi nunca han ocurrido frente a un escenario. Han sucedido cuando he sentido que alguien recuperaba la esperanza gracias a un libro, una canción, una conversación o un abrazo. Ahí comprendo que todo ha valido la pena."
Mientras lo escuchaba comprendí algo que durante años había pasado inadvertido para mí.
Freddy nunca ha perseguido el éxito.
Ha perseguido la utilidad.
Nunca le interesó ser el protagonista de la cultura dominicana.
Le bastaba con ayudar a que otros encontraran su propio lugar.
Quizá por eso nunca habla de los grandes artistas que pasaron por Casa de Teatro como si fueran trofeos personales.
Habla de ellos con el orgullo de quien vio crecer un árbol cuya sombra pertenece a todos.
Le pregunté entonces qué sueños le quedan todavía por realizar.
Sonrió.
Y respondió con una frase que parecía dicha por el mismo joven que abrió Casa de Teatro hace más de cincuenta años.
"Mientras uno conserve la capacidad de soñar, todavía sigue siendo joven. Los sueños nunca terminan. Solamente cambian de forma. Hoy sueño con un país donde la cultura ocupe el lugar que merece y donde ningún joven tenga que renunciar a su vocación por falta de oportunidades."
Hay personas que envejecen porque dejan de imaginar.
Freddy ha conseguido permanecer joven porque jamás ha dejado de inventarse nuevos sueños.
Quizá ahí resida el secreto de esa alegría permanente que sorprende a quienes lo conocen.
No nace de la ingenuidad.
Nace de la esperanza.
La alegría como una forma de resistencia
Existe una escena que he presenciado muchas veces y que siempre me ha parecido reveladora.
Cada vez que Freddy tropieza y cae, termina riéndose.
Nunca entendí completamente aquella reacción.
Hasta que decidí preguntárselo.
¿Por qué te ríes cuando te caes?
Su respuesta fue inmediata.
Y, confieso, profundamente conmovedora.
"Porque cada vez que me tropiezo vuelvo a sentirme niño. Me río, no solamente por la caída, sino porque durante un instante regreso a aquel muchacho que nunca ha dejado de soñar."
Confieso que pocas respuestas me han emocionado tanto.
Porque comprendí que toda su biografía cabía dentro de esa imagen.
Fue ese niño quien, siendo un brillante Doctor en Derecho graduado Summa Cum Laude, entregó el diploma a nuestro padre y a nuestra abuela para decirles que ahora necesitaba obedecer la voz de su verdadera vocación.
Fue ese niño quien cruzó el mar para prepararse mejor.
Fue ese niño quien regresó al país decidido a construir un lugar donde el arte pudiera respirar con libertad.
Fue ese niño quien abrió una vieja casona de la Ciudad Colonial sin sospechar que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos culturales de la República Dominicana.
Y sigue siendo ese mismo niño quien, después de más de medio siglo, continúa creyendo que una canción puede reconciliar a una familia.
Que un poema puede salvar una tarde.
Que una obra de teatro puede cambiar una conciencia.
Que un café compartido puede iniciar una amistad para toda la vida.
Entonces comprendí que la alegría de Freddy nunca ha sido superficial.
Ha sido una forma de resistencia.
Una manera de negarse a aceptar que el cinismo tenga la última palabra.
Una decisión consciente de seguir creyendo en el ser humano.
Epílogo
Al concluir esta conversación imaginaria volví a leer aquella breve respuesta que dio origen a estas páginas.
"Tú conoces todo o casi todo de mí. Respóndelo tú."
Hoy entiendo mejor el significado de esas palabras.
No fueron una delegación.
Fueron una prueba de confianza.
Y también un acto de fraternidad.
Mi hermano mayor me pidió que pusiera en palabras una vida que he tenido el privilegio de contemplar desde muy cerca.
He intentado hacerlo con la misma honestidad con que él ha vivido.
Después de recorrer su historia comprendo que Freddy Ginebra nunca quiso ser simplemente un gestor cultural.
Ni siquiera quiso ser recordado únicamente como el fundador de Casa de Teatro.
Su verdadera aspiración ha sido mucho más humilde y, al mismo tiempo, mucho más grande.
Ayudar a que otros descubran la belleza.
Tender puentes donde otros levantan muros.
Abrir puertas donde otros colocan cerraduras.
Demostrar que la cultura no es un privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos.
Si algún día las futuras generaciones preguntan quién fue Freddy Ginebra, probablemente alguien responderá que fundó Casa de Teatro, creó festivales, promovió artistas y defendió la cultura dominicana durante más de medio siglo.
Todo eso será cierto.
Pero será insuficiente.
Porque su mayor obra no fue un edificio.
Ni un festival.
Ni una institución.
Su mayor obra consistió en demostrar que la hospitalidad también puede ser una forma de hacer patria.
Que la alegría puede convertirse en un compromiso.
Y que un hombre, armado únicamente con sus sueños, puede cambiar silenciosamente la vida cultural de todo un país.
Quizá por eso Casa de Teatro sigue con las puertas abiertas.
Porque, en realidad, nunca fue solamente una casa.
Fue —y continúa siendo— el lugar donde un país aprende, una y otra vez, que la belleza, la amistad y la esperanza todavía pueden convivir bajo un mismo techo.
Y mientras alguien cruce ese umbral buscando un libro, una canción, un escenario o simplemente una conversación, aquel muchacho que un día decidió seguir su vocación seguirá allí, sonriendo, como siempre, convencido de que los sueños solo envejecen cuando dejamos de compartirlos
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