El discurso no es únicamente un conjunto de palabras organizadas para comunicar una idea. Es una práctica humana capaz de construir realidades, modelar percepciones, establecer vínculos y producir efectos sobre quienes participan en él. ¿Acaso una sociedad interpreta el mundo solamente a partir de los hechos que acontecen o también desde los discursos que le dicen cómo comprenderlos?
Desde la perspectiva de Émile Benveniste, el discurso adquiere su verdadera dimensión en el acto de enunciación. El sujeto que dice «yo» presupone la existencia de un «tú» y, mediante esa relación, construye una situación comunicativa. El discurso es, por tanto, esencialmente relacional: alguien enuncia para alguien y lo hace desde una determinada posición frente al mundo.
Esta concepción resulta fundamental para comprender el poder del discurso de masas. Cuando una enunciación individual encuentra los medios para multiplicarse y alcanzar a miles o millones de personas, deja de ser un acto exclusivamente personal y puede convertirse en un fenómeno social. El discurso comienza entonces a intervenir en la manera en que una colectividad interpreta los acontecimientos, reconoce a sus semejantes y construye sus representaciones de la realidad.
Desde mi perspectiva cosmolingüística, he explicado, de múltiples formas, que el lenguaje debe ser entendido como un universo de universos comunicativos que resulta de la capacidad innata y de la relación del sujeto con su entorno. En ese sentido, tampoco resulta descabellado decir que "todo texto y todo discurso son lenguaje", empero el lenguaje no se agota en la expresión verbal, puesto que, en tanto universo de universos comunicativos, comprende también imágenes, gestos, silencios, sonidos y otros signos capaces de producir sentido. Por eso, el poder del discurso contemporáneo no reside únicamente en lo que se dice, sino en la convergencia de múltiples sistemas de significación que actúan simultáneamente sobre el receptor.
Las redes sociales de Internet han llevado esta realidad a una dimensión inédita. Una publicación acompañada de una fotografía manipulada, un video fuera de contexto o un titular engañoso puede alcanzar miles de personas en cuestión de minutos. Una información falsa puede ser compartida por alguien que la considera verdadera y, después, reproducida por cientos de usuarios que tampoco la han verificado. ¿Cuántas veces hemos compartido una noticia porque confirma lo que ya pensábamos, sin detenernos a comprobar si realmente ocurrió?
El problema no es únicamente la existencia de la mentira. El verdadero desafío reside en la capacidad que tienen determinados discursos para circular, repetirse, adquirir apariencia de legitimidad y terminar incorporándose al imaginario colectivo. La reiteración puede producir familiaridad; la familiaridad, a su vez, puede generar una peligrosa ilusión de verdad.
Teun A. van Dijk ha estudiado precisamente la relación entre discurso y poder. En su análisis crítico del discurso, sostiene que una de las tareas centrales consiste en explicar "las relaciones entre discurso y poder social"(traducción mía) «the relationships between discourse and social power» (van Dijk, 1993, p. 84). La afirmación permite comprender que el poder comunicativo no depende solamente de lo que se dice, sino también de quién puede decirlo, desde qué posición, a través de qué medios y con qué capacidad para hacerlo circular.
En las redes sociales, ese poder se manifiesta cotidianamente. Un mensaje falso puede presentar como verdadero un supuesto acontecimiento que nunca ocurrió; una fotografía puede atribuirse a un lugar o a una fecha distinta; un video antiguo puede difundirse como si fuera reciente; una declaración puede ser recortada hasta alterar completamente su sentido. El discurso digital puede construir una realidad paralela.
¿Cómo evitar, entonces, ser víctimas de esos discursos?
Primero, recomiendo detenerse antes de compartir cualquier contenido digital. Hay que tener presente que la velocidad de las redes no debe sustituir la responsabilidad del usuario. Segundo, siempre se debe verificar la fuente: ¿quién publica?, ¿es una fuente identificable?, ¿tiene autoridad sobre el tema? Tercero, buscar la información en otros medios independientes y confiables. Cuarto, se debe comprobar la fecha y el contexto de fotografías y videos. Quinto, desconfíe siempre de los titulares diseñados exclusivamente para provocar indignación, miedo o euforia. Sexto, aprenda a distinguir entre una opinión y un hecho verificable. Y, finalmente, debe preguntarse siempre: ¿qué evidencia sostiene esta afirmación?
El comunicador tiene una responsabilidad todavía mayor. Su discurso puede educar o manipular; puede contribuir a la convivencia o alimentar el odio; puede esclarecer una realidad o deformarla deliberadamente. Quien comunica ante grandes audiencias no administra solamente información; también administra, en cierta medida, posibilidades de interpretación.
Por eso, la ética de la comunicación no puede separarse de la ética del discurso. Si el lenguaje es un universo de universos comunicativos, cada acto discursivo puede abrir o cerrar posibilidades de comprensión. El discurso construye realidades, pero también puede destruirlas.
En tiempos de redes sociales, quizás la pregunta más urgente no sea quién habla más, sino quién tiene la capacidad de hacer que su discurso sea creído. ¿Estamos ante una sociedad que utiliza el lenguaje para comprender mejor el mundo o ante una sociedad que, atrapada en sus propios universos comunicativos, termina creyendo aquello que más se repite?
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