El historiador Andrés Fortunato dictó la conferencia “La Guerra de Abril: sus obstáculos y la construcción de la democracia” en una actividad realizada en el Museo Nacional de Historia y Geografía, en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte. Desde allí, sostuvo que parte del debate público sobre aquellos hechos ha estado marcado por intentos de minimizar o incluso negar la magnitud de los enfrentamientos, una postura que —advirtió— tiene consecuencias políticas y simbólicas.

Fortunato afirmó que “algunos han querido demostrar” que no hubo batalla, y que esa idea funciona como un recurso para reescribir el desenlace: “Si no hubo batalla, no hubo ganador. Si no hubo ganador, ellos no perdieron”, expresó. En su exposición, planteó que esa lectura busca instalar una imposibilidad: que “un pueblo prácticamente desarmado” no habría podido enfrentar —y menos aún poner en retirada— a fuerzas equipadas “con tanques de guerra, con cañones, con aviones y con barcos”.

Sin embargo, el historiador insistió en que los hechos, tal como los reconstruye, señalan lo contrario. Como ejemplo, relató lo ocurrido en la noche del 27, cuando —según dijo— un inspector de las Fuerzas ArmadasAmorío López, fue enviado a verificar la situación en un punto estratégico. En su descripción, el panorama reflejaba un repliegue drástico: “Entre el puente y San Isidro habían veinticinco militares nada más. Todo el mundo había escapado”, afirmó.

En ese marco, Fortunato aludió además a comunicaciones atribuidas al entonces embajador de Estados Unidos en el país. Sostuvo que el diplomático envió un mensaje al presidente Lyndon B. Johnson reportando que había generales y oficiales llorando, y que fueron “los norteamericanos” quienes —en su versión— “les reaniman el ánimo”.

A partir de ahí, el conferencista ubicó un giro que, según su planteamiento, habría sido decisivo para dar un soporte externo a la acción posterior: la formación de una junta militar como “parapeto diplomático” para “pedir la intervención”. Nombró a los coroneles Pedro Barthelemy Benoit y Casado Sabadín, y a Olvo Santana Carrazo, a quienes describió como parte de una estructura creada “de repente” para construir el escenario que permitiera “legalizarse, entre comillas, entre el mundo, la invasión norteamericana”.

Fortunato interpretó esa operación en la lógica de la Guerra Fría, señalando que se presentó al movimiento como “comunista” para “satanizar” la insurgencia y reactivar la persecución política. En su relato, esa narrativa habilitó una escalada de violencia contra la población: habló de un “ametrallamiento” “inmisericorde” y de la llegada de tropas estadounidenses “al otro día”.

El historiador también incorporó un testimonio en primera persona: dijo que el 28 fue hecho prisionero junto a cadetes en las inmediaciones de un lugar que ubicó “frente a la casa de Balaguer”, cerca de la Nunciatura. Contó que se desplazaron por varias localidades antes de llegar a Santo Domingo, pero evitó extenderse en el recorrido “para no alargar más el tiempo”.

Según su narración, al despertar al día siguiente vio “tanques gigantes” y “hombres rubios” —militares estadounidenses—, y describió la escena como la confirmación de la ocupación: “Nos dimos cuenta: estamos invadidos”.

Pese a ese escenario, Fortunato subrayó que el grupo constitucionalista, ya bajo dirección de “Caamaño y Monte Arayo” (como los mencionó), se dispuso a enfrentar a las tropas estadounidenses. En ese punto, remarcó un episodio que, a su juicio, debe ser conocido y discutido públicamente: el planteamiento de tomar la fortaleza Ozama para recuperar armas, “armar mejor al pueblo” y sostener “la resistencia y la defensa de la soberanía nacional”.

En el tramo final de su intervención, Fortunato apeló a una idea de identidad y memoria colectiva: habló de la “gallardía acumulada” de “la mujer y el hombre dominicanos” y afirmó que, ante la coyuntura, “se armaron”.

La conferencia se inscribió en una línea de reflexión que, según el historiador, enlaza la Guerra de Abril con los obstáculos históricos de la democracia dominicana. Y dejó una advertencia central: que las disputas por el relato —sobre si hubo batalla, quién resistió y cómo se justificó la intervención— siguen siendo parte del presente político y cultural del país.

Abraham Marmolejos

Periodista y estratega de comunicación, con experiencia en medios digitales, docencia y creación de contenido.

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