Hay conversaciones cuyo verdadero alcance se comprende después de la despedida. Sus preguntas permanecen y nos obligan a mirar de otra manera aquello que, hasta entonces, quizá habíamos considerado parte de la normalidad.

Después de compartir casi dos horas con los estudiantes de segundo año de la Escuela Nacional de Arte Dramático, junto al maestro Haffe Serulle, el 14 de octubre, me quedó la certeza de que aquel intercambio no debía agotarse en la transmisión de experiencias. Había asuntos que merecían trascender el encuentro y convertirse en una reflexión sobre las condiciones en que se forman y desarrollan quienes aspiran a hacer del teatro su profesión.

La vocación pertenece a la esfera personal, pero su desarrollo necesita un entorno que la sostenga. El talento y la disciplina pueden impulsar a un artista; sin embargo, las oportunidades, el reconocimiento y el respaldo institucional también influyen en su capacidad para continuar creciendo.

La pregunta ya no es solamente por qué elegir el teatro. También debemos preguntarnos qué país estamos construyendo para quienes deciden dedicarle su vida.

El maestro Haffe Serulle con jóvenes actores.

Una deuda con la formación artística

Uno de los asuntos que considero necesario colocar en el centro de la conversación nacional es el reconocimiento académico de los estudios impartidos en las escuelas de formación artística especializada de la Dirección General de Bellas Artes.

Estas instituciones han contribuido durante años a preparar actores, músicos, bailarines y otros artistas que enriquecen la vida cultural dominicana. En sus aulas se desarrollan conocimientos técnicos, sensibilidad, disciplina y capacidades especializadas que requieren tiempo, práctica y dedicación. Esa formación merece una evaluación rigurosa y una articulación adecuada con el sistema nacional de educación superior.

El problema no consiste en reclamar títulos sin condiciones ni en desconocer las exigencias legales y académicas correspondientes. Se trata de abrir una vía institucional que permita evaluar los programas, su duración, sus contenidos curriculares, las competencias adquiridas, la preparación del profesorado y los mecanismos de acreditación necesarios.

El propósito debe ser establecer, junto con el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT), una ruta viable para el reconocimiento de esos estudios y, cuando se cumplan los requisitos correspondientes, para que sus egresados puedan acceder a una titulación de nivel de licenciatura y continuar posteriormente hacia estudios de posgrado, incluidas las maestrías.

Esta iniciativa requiere la participación de los estudiantes y egresados, las direcciones de las escuelas, los docentes, los profesionales del sector y la Dirección General de Bellas Artes, bajo la dirección de Marinella Sallent. Todos deben contribuir a construir una propuesta fundamentada que pueda presentarse ante las instancias competentes.

No basta con expresar una aspiración legítima. Es necesario organizar el diálogo, estudiar las alternativas legales y curriculares y determinar los procedimientos que permitan convertirla en una posibilidad concreta.

Por ello, considero importante que los propios estudiantes y egresados, acompañados por sus maestros, los directores de las escuelas, las autoridades de Bellas Artes y los actores profesionales del país, impulsen conjuntamente esta conversación con el MESCyT. La reivindicación tendrá mayor fuerza si se presenta como una propuesta colectiva, sustentada en la calidad de la formación y en el interés de fortalecer la educación artística dominicana.

El objetivo no es establecer una equivalencia automática entre estudios diferentes, sino identificar mecanismos legítimos de reconocimiento, evaluación y acreditación. Cada programa deberá ser examinado conforme a las normas aplicables, con criterios claros y procedimientos transparentes.

La importancia de esta iniciativa va más allá de la obtención de un título. El reconocimiento académico puede facilitar la continuidad educativa, ampliar las oportunidades profesionales y abrir caminos hacia la investigación, la docencia y la especialización. También contribuiría a que los artistas puedan proyectar su formación a lo largo de la vida sin encontrar barreras que no hayan sido debidamente examinadas.

Ningún diploma garantiza por sí solo la calidad de un actor. El conocimiento, el talento, la experiencia y la disciplina siguen siendo indispensables. Pero tampoco debemos ignorar que el reconocimiento formal de los estudios puede ampliar las posibilidades de quienes desean continuar preparándose.

La formación artística no debe convertirse en un callejón sin salida académica, sino en una puerta hacia nuevos conocimientos y horizontes profesionales.

Si pedimos a los jóvenes que se comprometan con su formación, también debemos comprometernos con el futuro de esa formación. Esa responsabilidad corresponde a las autoridades educativas y culturales, a las instituciones y a los profesionales que reconocemos el valor del arte en la sociedad.

El teatro se aprende haciendo

Jóvenes actores dominicanos.

La conversación tuvo una prolongación especialmente significativa cuando, motivados por el maestro Haffe Serulle, los estudiantes presentaron tres ejercicios de experimentación de la asignatura Dramaturgia II, interpretados por ellos mismos.

El intercambio dejó entonces el terreno de la reflexión para acercarse a la práctica. Los estudiantes pudieron explorar posibilidades escénicas, poner a prueba decisiones y confrontar sus ideas con las exigencias concretas del trabajo teatral.

Un ejercicio académico no necesita ser una obra terminada para tener valor. Su importancia reside también en el proceso: cómo se organiza una propuesta, cómo se relacionan sus participantes, qué dificultades aparecen y qué descubrimientos surgen durante el trabajo.

En el teatro se aprende haciendo, observando y volviendo a intentar. La práctica revela problemas que no siempre pueden anticiparse desde la teoría y abre posibilidades que solo aparecen cuando las ideas se convierten en acción.

También enseña a reconocer el valor del error. Equivocarse puede formar parte del aprendizaje si existe la disposición de examinar lo ocurrido, comprender sus causas y regresar al trabajo con nuevas herramientas. La experimentación exige libertad, pero también responsabilidad y capacidad crítica.

Los tres ejercicios recordaron la importancia de que las escuelas dispongan de espacios donde los estudiantes puedan investigar, crear y desarrollar progresivamente sus capacidades. La formación no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino en aprender a utilizarlos, relacionarlos y convertirlos en decisiones artísticas.

Aquellos jóvenes no eran solamente receptores de una experiencia compartida. Eran protagonistas de su propio proceso de descubrimiento, y esa diferencia resulta esencial para comprender el sentido de la educación teatral.

Los nombres detrás de la experiencia

Hablar de las nuevas generaciones puede convertirse fácilmente en una abstracción. Por eso es importante reconocer a las personas concretas que dan vida a esa búsqueda.

Entre los estudiantes que compartieron aquella jornada estuvieron Ricardo Antonio Abreu Vásquez, Eva Lucía Aquino Espinal, Ricardo Jacob Araújo Mateo, Deyahanna Edel Berroa, Mia Ysabella Calderón García, Meyber Aljuska Guzmán Ramírez, Ashley Nayet Herrera Germán, Ruth Camil Jerez Sims, Luisabel Maldonado Tineo, Génesis Pilar Mago Castillo, July Proffet, Deybi Williams Rosa Esquea y Ahisha Noemí Rojas Meyer.

También formaron parte del encuentro Kendra Fernanda Angomas Olivero, Génesis Alianna Araujo Benítez, Alondra Altagracia Flores de León, Ashley Yiret Francisco de Jesús, Daniela Félix de Jesús, Darleixy N. Guzmán Mendoza, Etna Isabela Javier García, Joan Manuel López Taveras, Claudia Patricia Luciano Vidal, Crisfreilly Rojas de los Santos y Kisairis Veras Santos.

Detrás de cada nombre hay una persona que dedica tiempo y esfuerzo a descubrir sus capacidades, ampliar sus conocimientos y encontrar su lugar en el mundo de la creación. Sus caminos no serán necesariamente iguales. Algunos podrán orientarse hacia la actuación; otros descubrirán intereses en la dramaturgia, la dirección, la producción o diferentes áreas de las artes escénicas.

Lo importante es que dispongan de una formación que estimule su curiosidad, fortalezca su criterio y les permita explorar sus posibilidades con rigor. Una escuela cumple su misión cuando no se limita a transmitir conocimientos, sino que contribuye a desarrollar autonomía, pensamiento crítico y capacidad de colaboración.

A todos deseo que encuentren oportunidades para crecer y que puedan convertir sus aprendizajes en una práctica artística fecunda. El futuro del teatro dominicano comienza a construirse en las aulas, en los ensayos, en los ejercicios de dramaturgia y en cada espacio donde una persona descubre que tiene algo propio que expresar.

Reconocer a estos jóvenes es reconocer también la responsabilidad de quienes debemos acompañarlos sin decidir por ellos el camino que les corresponde recorrer.

El teatro como decisión: vocación, búsqueda y verdad (II)

Leer para ampliar el universo

Al finalizar el encuentro, después de las palabras de agradecimiento, quise dejarles una recomendación que considero esencial para cualquier persona que aspire a desarrollarse en el teatro: leer, leer mucho.

Leer literatura, historia, poesía, narrativa y ensayo. Acercarse a las distintas maneras en que los seres humanos han contado sus experiencias, interpretado su tiempo y tratado de comprender el mundo.

Un actor no trabaja únicamente con las palabras de un texto. Trabaja con emociones, conflictos, decisiones y circunstancias humanas. Para dar profundidad a un personaje necesita comprender algo de las fuerzas que lo mueven, de la época en que vive y de las contradicciones que lo habitan. Esa comprensión no se obtiene exclusivamente mediante ejercicios de interpretación: también se alimenta del conocimiento y de la lectura.

La literatura nos permite entrar en vidas distintas de la nuestra, recorrer otros tiempos y descubrir perspectivas que amplían nuestra mirada. La historia nos ayuda a entender que las personas no existen aisladas de su realidad, sino que están atravesadas por circunstancias sociales, culturales y políticas que influyen en sus decisiones.

Leer ensancha el universo interior. Nos ofrece palabras para nombrar lo que sentimos, referencias para comprender lo que observamos y preguntas que nos impiden conformarnos con las primeras respuestas. Alimenta la imaginación porque nos enseña a relacionar experiencias, ideas y realidades que, a primera vista, parecen distantes.

Para un artista, la lectura no debería ser una obligación escolar que termina con los exámenes. Debe convertirse en una práctica permanente, una forma de curiosidad que acompañe toda la vida.

La técnica es indispensable, pero necesita alimentarse de conocimiento y sensibilidad. Un intérprete puede dominar los recursos de su oficio y, aun así, limitar las posibilidades de su trabajo si no cultiva una mirada amplia sobre el ser humano. La lectura contribuye a esa profundidad porque nos enfrenta con otras experiencias y nos obliga a mirar más allá de nuestras certezas.

Por eso insistí en que no dejaran de leer. Quise que entendieran que la formación de un artista no termina en las aulas ni se limita al dominio de una disciplina. Continúa en los libros, en la observación de la vida, en la conversación y en la disposición a seguir aprendiendo.

Quien mantiene viva su curiosidad conserva abierta la posibilidad de descubrir. Y quien continúa interrogando el mundo encuentra nuevas maneras de expresarlo.

La responsabilidad de continuar

Al recordar aquella tarde, comprendo que el valor del encuentro no estuvo en haber compartido una trayectoria ni en haber respondido todas las inquietudes. Estuvo en abrir un espacio donde la experiencia y las nuevas búsquedas pudieron encontrarse sin que una pretendiera sustituir a la otra.

Los jóvenes necesitan maestros que compartan sus conocimientos, instituciones que respalden su formación y oportunidades para desarrollar su trabajo. También necesitan libertad para construir una voz propia y aprender a asumir las responsabilidades que acompañan al ejercicio profesional.

Quienes hemos recorrido una parte del camino tenemos el deber de compartir lo aprendido y contribuir a fortalecer los espacios donde otros se preparan. No se trata de ocupar el lugar de las nuevas generaciones ni de decirles cómo deben hacer las cosas, sino de ayudar a que encuentren mejores condiciones para tomar sus propias decisiones.

Esta tarea compromete igualmente a las autoridades culturales y educativas, a los gestores, a los productores y a las instituciones públicas y privadas que participan en la vida artística. No podemos celebrar el talento de nuestros jóvenes y permanecer indiferentes ante las dificultades que enfrentan para formarse, continuar sus estudios y desarrollar una carrera.

La vocación es una decisión personal; la formación requiere esfuerzo y acompañamiento; el reconocimiento académico necesita procedimientos e instituciones; y las oportunidades profesionales exigen condiciones que permitan convertir el aprendizaje en una práctica digna.

Defender el teatro implica atender todos esos aspectos. Significa comprender que una política de formación artística no puede limitarse a preparar estudiantes: debe procurar también que los conocimientos adquiridos encuentren vías de reconocimiento, continuidad y aplicación.

Aquel encuentro me recordó que el teatro sigue siendo una escuela de humanidad. Nos enseña a escuchar otras voces, a observar lo que permanece oculto y a comprender que detrás de cada personaje hay una historia que merece ser examinada. Algo semejante ocurre con cada estudiante: su presente contiene posibilidades que necesitan tiempo, orientación y condiciones para desarrollarse.

No sé qué obras escribirán, dirigirán o interpretarán estos jóvenes. Tampoco me corresponde anticipar el rumbo de sus carreras. Espero, eso sí, que encuentren espacios para crear, oportunidades para continuar aprendiendo y una sociedad dispuesta a reconocer el valor de su trabajo.

La pregunta que da título a estas reflexiones no se agota, por tanto, en el momento de escoger una profesión. El teatro como decisión significa renovar cada día la voluntad de aprender, trabajar con rigor, cuestionar nuestras certezas y asumir que el arte no se desarrolla al margen de la sociedad, sino en relación permanente con ella.

La conversación terminó aquella tarde, pero sus preguntas permanecen. Quizás esa sea su mayor virtud: recordarnos que compartir una experiencia no clausura una reflexión, sino que puede ponerla en movimiento.

El futuro del teatro dominicano dependerá del talento y la creatividad de sus artistas, pero también de nuestra capacidad para formar, reconocer y acompañar a quienes tendrán la responsabilidad de continuarlo.

Porque una vocación puede nacer en la intimidad de una inquietud personal, pero necesita una comunidad que la estimule, instituciones que la respalden y oportunidades que le permitan convertirse en una contribución real a la cultura y a la vida del país.

Elegir el teatro es comenzar un camino. Hacer posible que otros puedan recorrerlo con dignidad es una responsabilidad que nos pertenece a todos.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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