La publicación de la obra Tres momentos estelares en lingüística, de la autoría de Jaime Bernal León Gómez, desde su aparición en Bogotá en 1984, se ha convertido en un referente para conocer los grandes acontecimientos de ella. Es un libro que desarrolla los momentos más valiosos de la historicidad de la lingüística, desde la época precientífica, hasta convertirse en el siglo XX en una ciencia que asentó su propio objeto de estudio, como es la lengua.
Aunque el autor aclara en su nota preliminar que no es una obra histórica, pero si trabaja la tradición de la ciencia del lenguaje: «El libro se destina, en principio, a los cursos de Corrientes lingüísticas dentro de los programas de filología e idiomas y lenguas modernas de algunas universidades colombianas» (León Gómez, 1984, págs. 10-11).[1] Ahora bien, la obra presenta un transcurrir, desde el ámbito de las conceptualizaciones de la antigüedad: India, Grecia y Roma. Platón y Aristóteles, quienes fueron los que comenzaron a teorizar sobre algunos aspectos del lenguaje. Este proceso es conocido en la historicidad de la lingüística como el proceso precientífico o especulativo, porque solo eran ideas que se iban vertiendo sin ningún rigor científico, pero que fueron significativas para asentarse y pudiese evolucionar a través de Mesopotamia, Egipto, China, Creta, Arabia, Fenicia y Judea.

Desde los 200 años antes de Cristo, ya los griegos y los romanos, igual que los pueblos más arriba señalados, venían cimentando su desarrollo por medio de la construcción de su gramática, fijada más en la escritura porque era la utilizada por la gente culta; mientras el habla era reducida al populacho, es decir, era vulgar. La escritura era propiedad exclusiva de los escribanos y las personas cultas, desde esta perspectiva es que surge el concepto fragmentario y clasista de lo culto y lo popular, que es una diferenciación que se cocinó durante tantos siglos. De este enfoque, nace el concepto separatista entre la cultura culta y la popular, sin embargo, en la actualidad ya sabemos que no existe ni una lengua ni una cultura más importante que otra, sino diversidades de lenguas y culturas. Es oportuno significar que el vocablo cultura procede del cultivo de la tierra, luego fue que se incorporó su aplicación a las artes.
Los tres momentos estelares, según el autor, son: la gramática tradicional, la gramática comparada y la lingüística generativa del siglo XX. Comienza explicando que la primera:
[…] es por si vago y poco claro, hay un consenso general en el sentido de que por él se entienden básicamente las orientaciones de Platón y Aristóteles sobre la naturaleza del lenguaje, ejemplificadas en el trabajo de los griegos y los romanos, las disquisiciones de los medievales y el acercamiento prescriptivo del siglo XVIII.[2]

Jaime Bernal León Gómez.
Grecia es considerada la madre de la filosofía, es por ello que no es de extrañarse que haya sido donde se iniciaron las primeras especulaciones sobre el lenguaje, pero tampoco que venga desde el campo filosófico, con dos de sus más grandes maestros: Platón y Aristóteles. Los griegos, por su alto nivel de desarrollo cultural, impusieron todo su saber en toda la cultura latina desde la Edad Media, asentándose con más ahínco y florecimiento en el Renacimiento. La vigencia de Platón se debió a que comenzó a estudiar el nombre en las cosas, donde las palabras tenían dos cimientos que eran básicas: raíz y desinencia. El otro cambio importante lo produce Aristóteles porque vino a fijar que la oración posee un sujeto y un predicado. Con esto, el filósofo introduce el análisis de las oraciones.
Como era de esperarse, partieron de la filosofía y la lógica, que eran sus dos fuentes más poderosas de todo su inmenso saber, aunque no pudieron construir propiamente una lingüística en sentido estricto y moderno, porque solo se ocupaban de su lengua. Sin embargo, sus contribuciones fueron forjando las primeras reflexiones sobre el lenguaje. Los sofistas jugaron un rol importante, donde se destaca el filósofo Protágoras quien creo la clasificación de las oraciones:
Protágoras fue el primero en distinguir cuatro tipos de oraciones: afirmativas, interrogativas, imperativas y de súplica; Aristóteles afirmo, por otro lado, que fue aquel el primero en hacer la distinción entre el género y el tiempo. Gorgias, otro sofista, contemporáneo de Sócrates, uso y recomendó el uso de ciertas figuras literarias como la metáfora, la analogía y el apostrofe; Hipias, finalmente, estudio con algún detenimiento ciertos aspectos fonéticos de la lengua.[3]
Esos aportes todavía siguen vigentes en el estudio de la lengua, en cuanto a las oraciones, género y tiempo, y las figuras literarias. De alguna manera, los sofistas fueron asentando el embrión de los estudios del lenguaje, enfocando algunos aspectos que posterior-mente también fueron construyendo con mayor especificidad, como son la fonología, la gramática, la lexicología y la estilística. La otra controversia, que se desarrolló entre algunos filósofos griegos, fue entre la naturaleza y la convención de las palabras. Los primeros entendían que existía una conexión natural y necesaria de los vocablos y su forma, por lo que cada palabra era apropiada para la cosa que se nombraba. Otro grupo entonces contradijo el criterio natural entre el significado y la forma, e introduce la convención o el concepto de arbitrariedad que se genera entre los usuarios del habla, entendiendo que en algún momento hay un acuerdo entre los hablantes para asignar palabras a los objetos. Esta disputa entre naturaleza y convención se producía entre los diálogos de Sócrates y Hermógenes. Aristóteles se queda al lado de la teoría convencionalista.

En los espaciados y antiguos tiempos de la historia de la lingüística, notamos la gramática tradicional y el camino hacia la gramática moderna. La primera empezó con el sánscrito, que era la lengua antigua y sagrada de la India, que era depositaria de una relación con el griego y el latín. Panini, en el siglo IV a III a.C., realizo la primera gramática del sanscrito con el nombre de «Astadhiai», por lo que está considerado como el más grande gramático de la India. Igualmente, aparece la «Gramática» de Dionisio de Tracia, escrita en el 100 a. C., siendo el primer tratado que se divulgo en el mundo occidental. La gramática moderna de nuestra lengua tuvo que ver con la declaración que hiciera Alfonso X «El Sabio», cuando instituyo el uso del castellano haciendo que se produjeran una serie de obras. Naciendo así, con Antonio Nebrija, la «Gramática Castellana», primera obra moderna del español, publicada alrededor de 1492.
El segundo momento de estelaridad de la lingüística es la comparada, emprendida en Alemania con los estudios germanos, desde la perspectiva de la comparación de las lenguas, en medio del movimiento del Romanticismo. El auge de los análisis comparativos trajo la aplicación del método científico en los estudios del lenguaje, por eso se concibe el siglo XIX como el de la aplicación del método científico en la lingüística. En este periodo, hasta la teoría de la Evolución de las especies de Darwin, fue tomada por el lingüista y comparatista germano
August Schleicher, quien también fue botánico, para desarrollar la lengua como un órgano natural y vivo, que nace, crece, se reproduce y muere.
En el siglo XX fue que la lingüística realmente se formó como una ciencia, porque fue construyendo su propia epistemología, ocupándose de la lengua como su objeto de estudio. Surgiendo un grupo de investigadores y corrientes lingüísticas que tenían similitudes y diferencias en cuanto a algunos temas, elementos, enfoques y tratamientos conceptuales. De todos ellos, hay dos que sobresalen, por sus fundamentales aportes en instaurar la lingüística como una ciencia: Ferdinand de Saussure, con mucha razón, respetado como el padre de la lingüística moderna, desde temprana edad manifestó su genialidad para tales fines. Con Saussure, la lingüística emprende un nuevo camino, dejando atrás la filosofía, la lógica y la historia, para fijar su propia especificidad; a través de sus estudios descubrió los diversos niveles de la lengua, convirtiéndola en el objeto de estudio, para ello dejo a un lado el habla. Aunque, después, un grupo de pensadores y lingüistas la convirtieron también en objeto de estudio, por medio de los usos que hacemos los hablantes de ella.
Es decir, para Ferdinand de Saussure la lengua es el objeto de estudio de la lingüística como ciencia, no así el lenguaje ni el habla. La definió como un sistema de signos que contenía un significado y un significante, con lo que planteo la arbitrariedad del signo lingüístico. La lengua es una estructura sistémica que hace posible que sea social. El lenguaje es una condición natural que tenemos todos los humanos como criaturas vivientes y pensantes, mientras el habla es una acción particular o individual de cada hablante. Los planteamientos de Ferdinand de Saussure están contenidos en el Curso de lingüística general, que es el más conocido y celebrado de toda su obra, publicado por sus alumnos después de su muerte. En este libro, el especialista explico dos términos importantes en los estudios de la lengua: la diacronía y la sincronía. La primera estudia la lengua en su estado de evolución histórica, la segunda en una época específica o concreta.

Una de las escuelas más significativas dentro del estructuralismo lingüístico es la de Praga o Círculo de Praga, que adopto la función científica que había desarrollado el ginebrino Saussure. El estructuralismo asumió la estructura abstracta de la lengua, con la que absorbe el método inductivo para descubrir y describir las leyes de la gramática. El centralismo de las escuelas estructuralistas, basándose en los niveles de la lengua como objeto de estudio, se preocupó más por lo fonológico, esto fue visto como una visión limitada, porque se fue perdiendo el enfoque general del lenguaje como un todo armónico.
El estructuralismo introdujo el concepto de fonema; cada una de las diferentes escuelas lingüísticas comenzaron a introducir aspectos y términos que fueron haciendo sus aportaciones a dicho campo: «Expresiones como monema, semema, fonema, morfema, lexema, prosodema, sintagma, paradigma, plerema, trataron de caracterizar, como unidades, las diferentes jerarquías de los planos».[4]
Todavía en el año 1885 no había aparecido el vocablo fonema, hasta la escuela Kazan de Rusia encabezada por el lingüista polaco Baudouin de Courtenay (1845-1929), aunque su aporte más primordial fue en la fraseología. El suizo Jost Winteler fue quien profundizo y distinguió por primera vez entre fonética y fonología. La primera estudia el sonido, la segunda como se produce para generar los patrones sonoros de las lenguas. Los dos lingüistas más reconocidos de la escuela rusa fueron Jakobson y N.S. Trubetzkoy.
Otro de los tres momentos trascendentales de la lingüística moderna del siglo XX, ha sido con el norteamericano Noam Chomsky, cuando en 1957 publica Estructuras sintácticas, y en el 1964 Aspectos de la teoría de la sintaxis. Con estos dos libros, el autor inaugura la gramática generativa, con lo que dejo atrás a otros lingüistas estadounidenses que todavía estaban rumiando en el descriptivismo y el conductismo, como variación del positivismo.
«La gramática generativa —como se conoce esta nueva concepción del lenguaje— con un método deductivo-hipotético, opuesto al inductivo del estructuralismo, mostro una perspectiva diferente. Los estudios de la lengua y sus diversos enfoques fueron sometidos a revisión total».[5] Dicha gramática consiste en ser generativa e interpretativa: la primera, trabaja la sintaxis en su estructura básica (ramificación, subcategorización y léxico); la segunda, la semántica y la fonología, donde trabaja las reglas de transformación: sustitución, elisión, adición y permutación. Para Chomsky, los seres humanos tenemos una capacidad innata para hablar, por ello todos tenemos una gramática común en nuestra mente. Es decir, tenemos un código genético de la lengua materna, por eso, dondequiera que nace un ser humano ya tiene la capacidad para hablar el idioma de ese país, o de cualquier otro donde nazca, igual que otras lenguas.
En resumen, este libro es importante porque hace un recorrido por la historia de la lingüística, donde encontramos sus tres momentos históricos más trascendentales, que son fijados por Jaime Bernal León Gómez: gramática tradicional, la comparativa y la generativa. En cada una de ellas, describe a los estudiosos más importantes, para resaltar sus similitudes y sus diferencias, pero asimismo valorar sus aportes. Las dos contribuciones más grandes de la lingüística moderna son la de Ferdinand de Saussure con el Estructuralismo y la de Noam Chomsky con el Generativismo, aunque últimamente se ha venido desarrollando la lingüística del texto, con el también estadunidense Teun A. van Dijk, en su internacional obra La ciencia del texto. Un enfoque interdisciplinar (1992, segunda reimpresión).
[1] Las citas que se hagan en el presente libro son del mismo libro, entonces las demás aparecerán como ídem: en la misma obra y en la misma página. Ibidem: en la misma obra, distinta página, pero con su respectivo número de página.
[2] Ibidem, pág. 15.
[3] Ibidem, pág. 19.
[4] Ibídem, pág. 176.
[5] Ibídem, pág. 144.
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