En la República Dominicana se organizan bienales, festivales, ferias, temporadas artísticas y grandes circuitos culturales; se cortan cintas, se toman fotografías, se llenan comunicados de prensa y videos en las redes sociales. Se habla del éxito, de presupuestos, carteleras, conciertos y eventos multitudinarios. Pero basta volver dos días después para encontrar butacas vacías, museos silenciosos y una pregunta que casi nunca aparece en la agenda oficial:
¿Dónde está el público?
Cada vez que se discute política cultural, el discurso gira alrededor de artistas, infraestructuras y programación. Se mide la gestión por la cantidad de actividades realizadas y no por la transformación real en la sensibilidad, el pensamiento crítico o los hábitos culturales de la población. El ciudadano aparece como asistente ocasional, no como sujeto cultural. Se le convoca para llenar espacios, no para construir conciencia.
Sin formación de públicos no existe política cultural: solo programación, logística y propaganda.
El Estado suele actuar como si bastara con montar un escenario, abrir un museo o anunciar una función gratuita para que la ciudadanía se apropie de la experiencia cultural. Esa ficción administrativa ha vaciado de sentido muchas acciones. Llevar una actividad a una plaza o inaugurar una exposición no garantiza comprensión, apropiación ni continuidad. Sin mediación, acompañamiento pedagógico y procesos sostenidos, el acceso se vuelve episódico, decorativo y fácilmente olvidable. La cultura pasa como desfile, pero no se queda como experiencia.
Durante décadas, la acción cultural pública ha privilegiado el evento sobre el proceso. Se contabilizan funciones, pero no se evalúa si esas funciones modifican la manera en que la gente mira, escucha, lee o dialoga con el arte. El ciudadano no entra como protagonista del hecho cultural: entra como fotografía institucional, como cifra para justificar presupuestos, como relleno de agenda.
El problema es conceptual. El público no es un consumidor ni un número de asistencia. Es un sujeto cultural: alguien que aprende a interpretar, a preguntar, a reconocerse en la obra. Sin ese aprendizaje, la cultura se reduce a entretenimiento pasajero. Puede convocar, pero no transforma. Puede ocupar un día, pero no deja huella.
Formar públicos significa enseñar a mirar, a escuchar, a leer, a pensarse desde el arte. Supone tiempo, continuidad, mediadores capacitados, lenguajes cercanos y una articulación real entre escuela, comunidad y espacios culturales. Sin esa arquitectura, la oferta cultural queda librada al azar familiar o al consumo inmediato, y lo que debería ser formación termina convertido en espectáculo.
La cultura no se sostiene con edificios, sino con vínculos. Y un Estado que no enseña a amar su cultura termina administrando su silencio.
Existen, sin embargo, experiencias que demuestran que formar públicos es posible cuando hay visión y vínculo con la comunidad. El Centro Cultural León, en Santiago, desarrolla desde hace años visitas guiadas permanentes con escuelas, liceos y barrios, talleres, charlas y actividades sostenidas semana tras semana. Allí el público no aparece por casualidad: se cultiva. No se invita solo a asistir, sino a comprender, a dialogar y a volver.
Otro ejemplo notable es el programa Puertas Abiertas del Teatro Nacional, bajo la gestión de Carlos Veitía. Funciones escolares, recorridos guiados, encuentros con actores y conversatorios posteriores transformaron el teatro en un espacio pedagógico. El espectador dejó de ser un invitado pasivo para convertirse en interlocutor: alguien que aprende a mirar una escena, a preguntar por su sentido, a reconocerse como parte del hecho artístico.
La historia cultural del país confirma que la formación de públicos requiere compromiso social. Durante los primeros doce años del gobierno de Joaquín Balaguer surgieron agrupaciones literarias, teatrales y musicales en barrios, universidades, sindicatos, campos y provincias -Gratey, Gayumba, Hombre Escena, Teatro Texpo, Expresión Joven, Convite, Nueva forma, entre otros- que no solo produjeron espectáculos: produjeron ciudadanos capaces de mirar, pensar y discutir. Fue una pedagogía escénica sin ministerio, pero con país. No se limitaba a presentar obras; construía comunidad alrededor del acto cultural.
Cuando el Estado renuncia a formar públicos, las consecuencias son visibles: salas llenas solo en inauguraciones, museos silenciosos, el teatro reducido a festivales y efemérides, la lectura separada de la vida cotidiana. No por falta de interés innato, sino porque nunca se construyó una relación estable entre la ciudadanía y la cultura. Salvo excepciones -como la gestión del Ministerio de Cultura presidida por José Rafael Lantigua, y más tarde la de José Antonio Rodríguez- en las que se hicieron esfuerzos reales y se pusieron en práctica programas de mediación, descentralización y estímulo a la participación, la política cultural ha tendido a privilegiar el evento sobre el proceso. Nadie defiende lo que no ha aprendido a amar.
Formar públicos no es repartir boletas. Es crear un sistema. Empieza en la escuela, se prolonga en la comunidad, se sostiene en los espacios culturales y se evalúa no por la cantidad de eventos, sino por la transformación de hábitos. Implica mediadores, materiales pertinentes, lenguajes cercanos, continuidad institucional y una política que entienda la cultura como proceso, no como agenda.
Sin esa visión, incluso lo popular puede vaciarse y convertirse en ruido. La oferta se orienta por moda, visibilidad momentánea y rentabilidad simbólica. Se programa para impactar un día, no para acompañar una vida. Y la cultura, que debería ser herencia, termina siendo consumo.
Un país que no forma públicos termina creyendo que “a la gente no le interesa la cultura”. Esa es la coartada perfecta del abandono. La verdad es otra: no se puede interesar a quien nunca se le enseñó a mirar, escuchar, leer y pensarse desde el arte.
La cultura no se sostiene con edificios, sino con vínculos. Y un Estado que no enseña a amar su cultura termina administrando su silencio.
Porque sin públicos formados, la cultura no se hereda.
Y lo que no se hereda en esta isla, entre sol, salitre y memoria, no muere de golpe: se va quedando callado, como un tambor que nadie vuelve a tocar en el patio del barrio, destemplado, esperando que alguien recuerde cómo hacerlo sonar.
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