Jean Paul Sartre, intelectual de fuste y vasta producción filosófica y literaria, abrazaría, después de no pocas reflexiones, la ideología política de la redención social, la justicia, la libertad y la igualdad entre los seres humanos.
Eso determinaría su plena identificación y defensa radical de la doctrina comunista.
Justamente por eso, tendría la convicción de que la misión del escritor no era otra que la de estar totalmente comprometido con la verdad y la denuncia de la marginalidad de los oprimidos.
Dicho compromiso, en toda su esencia, implicaba los mandatos y principios categóricos del comunismo.
En la frescura de la primavera juvenil, Mario Vargas Llosa leería, con mucho entusiasmo y no sin pasión, las obras de Sartre.
La filosofía sartreana y sus partes metodológicas fundamentales (psicoanálisis, marxismo y fenomenología), Vargas Llosa las dominó con profundo rigor lógico.
Por eso, habría comprendido sus postulados fundamentales.
Como se ha de saber, dicha filosofía, entre otras cosas, establece que:
La esencia precede a la esencia.
Que el sujeto está condenado a ser libre.
Que en la vida no existe plan fijo alguno.
Todos tenemos el deber ineludible de elegir.
Nuestra vida no es un proyecto dado, ya que siempre se está haciendo.
Cada cual es responsable de sus actos.
Cada quien es lo que decide ser.
Se nace libre y arrojado al mundo.
Vivir es hacer y ocuparse de algo.
El sentido de existir depende del hacer.
Esos y otros principios vitales del existencialismo sartreano Vargas los habría conocido de manera consciente.
De igual modo, recordaría que Sartre habría escrito alguna vez que:
«(…) el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas. Si en efecto la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad».
Además, continúa diciendo:
«(…) El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que, por tanto, es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión».
Ello, ciertamente, habría de ser así y no de otro modo.
Vargas Llosa había tenido no poca claridad al respecto.
Aunque se habría distanciado de la filosofía sartreana, sus novelas, ensayos, artículos y obras de teatro siempre revelarían fuerte aliento filosófico-existencial, entreverado con ficciones y enrarecidas ocurrencias de la conciencia lúdica y distraída con rejuegos oníricos de la imaginación creadora.
Lo haría consciente de que la vida tiene sentido cuando reconocemos que somos dentro del contexto de una circunstancia determinada.
Dicho de otro modo: «Yo soy yo y mis circunstancias», como habría dicho José Ortega y Gasset, gran filósofo español.
Y no podría ser de otra manera, ya que permanezco trascendiendo las circunstancias que condicionan y definen, en gran medida, mi vivir.
Aunque sé, con sobrada razón, que existo para mí y para el otro tú, tengo la certeza de que existir es una forma de ser en el mundo, cuyo sentido viene dado por lo que hago dentro de lo inmanente y lo trascendente.
Muy a pesar de eso, vivimos desviviendo.
De manera inevitable.
A la luz de la filosofía existencial, estamos en el mundo sin poder deshabitarlo.
De manera involuntaria, al parecer, estamos destinados a pensarnos y a descodificar los secretos más recónditos del mundo.
Sé de mí, de la realidad y de los Otros, porque soy poseedor de la conciencia que me instala en el aquí y el ahora de esta dura realidad mundana que se me impone y desafía continuamente.
Si no fuese por el obrar inteligente de la conciencia, no sabría de mi vivir.
Y lo peor: desconocería todo cuanto existe.
A sabiendas de ello, Vargas Llosa mantendría, en todo momento, la lucidez de la conciencia.
De ahí que escribiese con claridad y asombrosa madurez de juicio.
Por el impulso vital de la vocación, entre otras cosas, elaboró obras únicas, legítimas y novedosas.
Ya muy entrado en edad, habría sentido la necesidad de volcar sobre el papel sus experiencias de lecturas de las obras de Sartre.
¿Por qué lo haría en pleno otoño de la senectud?
Tal vez porque denota sabiduría.
Y se piensa con mayor frialdad.
Y no poca seguridad.
Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura 1946, escribió sobre la senectud y la esencia que la matiza lo siguiente:
«LA SENECTUD ES un estadio de nuestra vida y, como los demás estadios vitales, tiene su propio rostro, su propia atmósfera y temperatura, sus propias alegrías y misterios. Nosotros, ancianos de cabellos blancos, tenemos, al igual que nuestros hermanos jóvenes, nuestras tareas, la tarea que da sentido a nuestra existencia, y hasta un enfermo de muerte y agonizante, al que en su lecho apenas puede llegar ya una llamada de este mundo, tiene su tarea, tiene que cumplir algo importante y necesario. Ser anciano es una tarea tan hermosa y santa como ser joven; aprender a morir y morir es una función tan valiosa como cualquier otra, en el supuesto de que se realice con respeto reverencial al sentido y a la santidad de toda vida».
La gran tarea de Vargas Llosa, durante su vivir, habría sido la de escribir de manera pasional e insaciable.
Viviría para escribir.
Crear.
Inventar.
Denunciar.
Entretener.
Educar.
Orientar.
Domar los demonios de la creación.
Y, sobre todo, ser sí mismo en medio del asombro y la curiosidad de avizorar lo místico y desconocido.
Con el peso de los años encima y los estragos del COVID-19, Vargas Llosa anunciaría públicamente que escribiría un ensayo sobre Sartre, quien habría sido su antiguo maestro.
Sin embargo, no pudo hacerlo.
La muerte, involuntaria, se lo impediría.
Quizás por curiosidad y asombro, se pensaría que escribiría sobre su maestro para cuestionarlo, defenderlo o, simplemente, elegir ideas, planteamientos y conceptos que le pareciesen correctos.
Saberlo no sería sino una incógnita compleja y completamente indescifrable.
Por tal razón, dicho proyecto de ensayo quedaría irrealizado entre dudas, interrogación y suspenso en la prodigiosa memoria de Mario Vargas Llosa.
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