Hay gestos que parecen pequeños hasta que revelan su verdadera dimensión.
Dejar de comer carne es uno de ellos. En La vegetariana, Han Kang convierte esa decisión íntima en una fractura irreversible: un acto mínimo que desestabiliza la familia, la pareja, la sexualidad, la idea misma de cordura. Yeonghye no proclama consignas ni busca convencer a nadie; simplemente se retira. Y en esa retirada silenciosa, la novela despliega una crítica feroz a la violencia cotidiana, al machismo normalizado y a la servidumbre histórica del cuerpo femenino.
La prosa de Han Kang es engañosamente límpida y serena. No hay exceso retórico ni dramatización evidente; sin embargo, cada frase contiene una presión subterránea. Lo poético no aparece como ornamento, sino como expresión simbólica de lo terrible: sueños sangrientos, carne que gotea, cuerpos que se vuelven vegetales. El lenguaje se vuelve poroso, casi vegetal también, y acompaña el progresivo extrañamiento de la protagonista respecto del mundo humano. La novela no avanza: se descompone, lentamente, como algo que todavía insiste en vivir.
Uno de los gestos más radicales de La vegetariana es que Yeonghye nunca narra su propia historia. Su voz aparece fragmentada, citada, recordada, deformada por otros. La historia se construye desde tres perspectivas externas: el marido, el cuñado y la hermana. Esta elección no es arbitraria. La novela no solo cuenta la violencia ejercida sobre una mujer, sino también los dispositivos narrativos que la sostienen. Yeonghye es observada ,diagnosticada, corregida, deseada y finalmente institucionalizada. Como tantas mujeres, su cuerpo habla por ella cuando ya no se le permite hablar.
La primera parte, narrada por el marido, es quizás la más inquietante por su tono neutro. No hay culpa, ni reflexión, ni afecto. Él se presenta como un hombre común, mediocre, satisfecho con pasar desapercibido. Eligió a Yeonghye porque no destacaba, porque no exigía. La violencia que ejerce es netamente burocrática: espera obediencia, cumplimiento, normalidad. El machismo que exhibe no necesita golpes constantes; se sostiene en la convicción de que el cuerpo de su esposa le pertenece, de que su función es adaptarse. Aquí la novela plantea una pregunta incómoda: ¿cuánta violencia se esconde en la idea de "normalidad"?
"Cuando volvía tarde a casa de alguna reunión, me abalanzaba sobre mi mujer impulsado por el alcohol. Incluso sentía una inesperada excitación cuando le bajaba los pantalones sujetándole los brazos, mientras ella forcejeaba. Dirigiéndole insultos en voz baja mientras ella se me resistía con todas sus fuerzas, lograba penetrarla en una de cada tres oportunidades. Entonces se quedaba mirando el techo en la oscuridad con los ojos vacíos, como si fuera una esclava sexual forzada por los nipones" (La vegetariana, Random House, 2024, p. 34).
Han Kang escribe una novela incómoda, delicada y feroz, donde la tristeza, el silencio y la desconexión no son solo temas, sino formas narrativas.
El tedio, la rutina y el insomnio instauran desde el inicio un clima opresivo que atraviesa la primera parte de la novela. En ese marco, los sueños de Yeonghye irrumpen como una verdad insoportable que el marido se niega a escuchar. Su rechazo a la carne no responde a una elección ética ni a una moda contemporánea, sino a la imposibilidad corporal de seguir sosteniendo la violencia: la del padre autoritario, la del esposo egoísta e indiferente, la de la sociedad machista y la de las instituciones estatales de control. La vegetariana sugiere así que el cuerpo se convierte en el lugar donde persiste aquello que la conciencia y el orden social intentan reprimir.
La segunda parte introduce otra modalidad de esa violencia: la estetización. El cuñado, artista frustrado, ve en Yeonghye un objeto de fascinación. Su cuerpo deja de ser un problema y pasa a convertirse en obra de arte: pintado, filmado, deseado. Sin embargo, esta aparente exaltación no libera a la protagonista; solo desplaza el régimen de control. El cuerpo femenino vuelve a funcionar como medio para la realización masculina. Han Kang traza aquí una crítica sutil pero contundente a ciertas formas de transgresión estética que, bajo la apariencia de ruptura, reproducen las mismas jerarquías que dicen cuestionar.
El cuerpo como servidumbre atraviesa todo el entramado de la novela. No solo en el ámbito doméstico, sino también en el social y político. La vegetariana puede leerse desde un contexto específico —Corea del Sur, con su historia autoritaria, su disciplina social, su culto al rendimiento—, pero sus preguntas exceden cualquier frontera. ¿Por qué el Estado y la sociedad imponen más reglas sobre el cuerpo femenino que sobre el masculino? ¿Por qué el cuerpo de la mujer es siempre un asunto público, médico, moral?
La relación entre cuerpo y cosmética aparece de forma indirecta, pero poderosa. En una sociedad obsesionada con la apariencia, el cuerpo femenino debe ser corregido, optimizado, embellecido. Yeonghye hace exactamente lo contrario: se deja desaparecer. Su rechazo a la carne es también un rechazo a la lógica productiva, al consumo, a la idea de un cuerpo disponible para otros. El vegetarianismo funciona así como una forma de protesta silenciosa, una ruptura con los rituales sociales que sostienen la pertenencia.
La tercera parte, narrada por la hermana, cambia el eje del relato. Inhye no es violenta, pero está agotada. Sostiene a la familia, cuida, trabaja, resiste. Si Yeonghye encarna la fuga absoluta, Inhye representa la permanencia. Arbol y raíz. Una se eleva hacia una pureza imposible; la otra se hunde en la tierra del deber. Esta parte revela que la "salud" también puede ser una forma de sacrificio. Inhye sobrevive, pero a costa de sí misma.
Los síndromes psicológicos que atraviesan la novela —depresión, ansiedad, trastornos alimentarios, psicosis— no operan como diagnósticos clínicos cerrados, sino como manifestaciones de una violencia estructural persistente. La locura de Yeonghye puede leerse, en este sentido, como una respuesta coherente frente a un mundo profundamente incoherente. La novela no romantiza su sufrimiento, pero tampoco lo reduce a una patología individual : el aislamiento social, la violencia doméstica y el estigma en torno a la salud mental configuran un entramado que expulsa sistemáticamente a quienes no logran adaptarse. Esta lógica de expulsión es explicitada por Inhye, paralizada por la impotencia ante el drama de su hermana:
“— ¡Tonta! ¡Tonta…! —repite una y otra vez con los labios temblorosos, mojándose la cara en el lavabo—. Tu propio cuerpo es lo único a lo que puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieras. Pero ni eso te dejan hacer" (Han Kang, p. 162).
¿Por qué Yeonghye permanece ausente de su propia historia, al punto de que, cuando asoma en alguna línea, parece desvanecerse? Tal vez porque su gesto no busca ser explicado. Su silencio es una negativa radical a participar del lenguaje que la oprime. La vegetariana no ofrece ninguna solución : nos deja frente a una pregunta sin respuesta. ¿Qué ocurre cuando una mujer decide no pertenecer?
Han Kang escribe una novela incómoda, delicada y feroz, donde la tristeza, el silencio y la desconexión no son solo temas, sino formas narrativas. Leer La vegetariana es aceptar que la violencia contra la mujer no siempre grita; a veces se presenta como costumbre, como comida compartida, como amor conyugal. Y que, frente a eso, el cuerpo —aun en su fragilidad— puede convertirse en el último espacio de resistencia.
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