Que la escritora Ana Almonte, en sus desplazamientos hacia a otras dimensiones, haya recurrido, en el capítulo Ojos de sol, a colocar en primer plano el Realismo crudo, de agudeza crítica y honda en términos de la experiencia, inmediatez, y la compleja condición humana personificadas en Dalsy Dabrowski y Jiraldy Abenaki, protagonistas entreverados, asimismo, en el tráfago del Romanticismo, constituye una instancia o punto revelador de la convergencia, en Luces de Alfareros, de todos los elementos históricos, expresivos y de procedimientos en el transcurso de la evolución de la novela y su ambientación en el devenir de cada época.

A la altura de una precisión lacerante o minuciosidad desgarradora, la prosista desvela a un vástago de los indígenas cheroquis, personaje moldeado por un “pasado miserable”, cuya índole y naturaleza de amerindio había sido suficiente para que experimentara las vejaciones e injusticias más cruentas, “sus padres verdaderos murieron envenenados por ingerir un tipo de pez que habían extraído de unas aguas contaminadas por un químico”, fruto o vendimia amarga y dolorosa, acopio de la discriminación racial en una sociedad regenteada por el hombre blanco, quien blandiera, de manera sistemática y rigorosa, la espada oportuna, penetrante, incisiva, saqueando las aldeas y el exterminio de los pueblos originarios.  De ahí que, Ojos de sol, Jiraldy Abenaki, huérfano desde la infancia; destruida su identidad por otro nombre, James Perbenton; mercancía en el mundo de las pasarelas; víctima de acoso por un sádico morboso; y condenado por un juez gratuitamente; abominara al “ser humano por sus mezquindades de agresor y usurpador”. En suma, en cada ademán y enunciado “monosilábico” suyos, su apuesta repugnancia y menosprecio “en contra posición a lo que era, dejaba de vez en cuando salir de lo más profundo una fragilidad que decantaba cualquier comportamiento hostil”.

“Luces de Alfareros”, de “Ojos de sol” y otros objetos

Precisamente, esa realidad quedó corroborada en una prosa transparente y de pormenorizados detalles, ajustados, fidedignamente, a las pruebas que, en la práctica cotidiana, experimentó y sufrió el bisoño en la narrativa y circunstancias propias de personajes complejos, asentados en un ambiente circundado de dudas, trabas, enigmas, problemas sociales, cambio de época o época de cambios. Así, magistralmente, la autora susodicha describe un específico escenario o entorno: descarnado, abyecto, dramático y adverso, donde, desafortunadamente, Ojos de sol había medrado, yuxtapuesto, en consecuencia, a sus conflictos internos, o lo más justipreciado y rigurosamente viable con lo vivido y observable en el día a día.

“Y quedó desamparado junto a un hermano tres años menor. Sus pocos parientes no quisieron hacerse cargo de ellos, pues la subsistencia se hacía difícil en lugares apartados de Estados Unidos tratándose de una región árida, como aquella, por donde pasa el río Rojo. Lo peor estaba por venir cuando había que alimentar a más de uno y el sustento no era suficiente. Por eso, una de sus tías llevó a Jiraldy y a su hermano a la ciudad de Oklahoma y buscó cuál sería la entidad encargada de proteger a los pequeños hasta que alguna familia pudiera adoptarlos. Tanto Jiraldy como su hermano fueron trasladados a varios hogares de paso, hasta que una pareja de esposos acomodados, procedente de Arizona, decidió adoptarlos. Para ese entonces, Jiraldy tenía siete años y su hermano cuatro. Al principio, Los Perbenton, un  matrimonio conservador, de clase media, se desvivían por los muchachos a quienes sin reparos hicieron trámites necesarios para otorgarles el apellido y cambiarles sus nombres. A Jiraldy lo llamaron James y a su hermano, que anteriormente no tenía nombre, Aron. De manera que los chicos recibían una educación extremadamente distanciada de sus costumbres. Cuando los enviaron a la escuela, se sentían como foráneos, piezas de miradas despreciables por parte de los compañeros de clase, siendo los únicos alumnos de color, a medida en que Jiraldy, James, crecía se daba cuenta de lo difícil que resultaba querer que lo aceptaran en un lugar que parecía destinado para blancos. Nunca tuvo amigos, lo veían solitario, poco hablador y mal humorado. En casa de los Perbenton, la atmósfera no era mejor dado a que la pareja comenzó a ver defectos en los muchachos y todo por sus rasgos potencialmente definidos. Obligaban a James a colocarse, durante el día, uso lentes oscuros para que los demás no se burlaran de sus ojos, que tenían un ambarino fosforescente, y a su hermano, de carácter más dócil, lo sacaron de la escuela prohibiendo que saliera. Afortunadamente, James terminó la secundaria. Más tarde, los hermanos, se convirtieron en dos prisioneros como consecuencia de surgir de una raza de indios.”

“Luces de Alfareros”, de “Ojos de sol” y otros objetos

En contraste a ese descarnado Neorrealismo expuesto en primer plano, inmediato, surge en la novela, a más de aquello, la subjetividad, la emoción, la pasión, la nostalgia, lo sobrenatural, la fantasía, el amor imposible, y ese “yo” individual que apela a los sentimientos íntimos, tempestuosos y melancólicos de un estado de ánimo obsecuente con el Romanticismo. En efecto, Jiraldy Abenaki, prototipo del héroe rebelde y de trágico destino, “marcado por el desasosiego, incomodidad, intranquilidad, ansiedad”, había irrumpido, huido, exaltando sus pasiones personales, desde la ciudad de Oklahoma a la plena atmósfera de dos islas exóticas, una  llamada Topacio y la otra Albatros, donde la neoyorkina Dalsy Dabrowski, refugiada en dichos cayos, vecindarios de aborígenes australianos, ya lo había intuido, “predestinado para ella porque lo había visto en sueños mucho antes de conocerlo”, posando los sentidos del relegado, desplazado, en  su imaginación.

“Luces de Alfareros”, de “Ojos de sol” y otros objetos

“Supo cuan rudo podía ser cuando la tomó desprevenida una mañana fría en que se disponía a cortar algunos girasoles para extraer su aceite. Dalsy sujetaba sus muletas con fuerza, pero el desenfreno de Jiraldy Abenaki la dejaron a su merced, no hubo necesidad de resistir al deseo que de ella se apoderaba desde el día que este, con sus ojos centelleantes, creyó doblegarla. Sus brazos le sirvieron de apoyo. A él no parecía importarle el hecho de su cojera, indicio que llenaba las árganas de su perdida vanidad, y la tomaba en brazos, la hacía suya cuantas veces se le antojaba. Un invasor de su cuerpo; no hurtador de su alma, lo que daba pie a que las cosas fluyeran sin premeditación hasta quedar embarazada”. Y es que la gracia y guapura inigualables de Jiraldy Abenaki, producto de sus deslumbrantes ojos e “impresionante físico”, se habían transfigurado en un avasallador atractivo que sometía la pasión y la fogosidad erótica de Dalsy Dabrowski, incluso, de todas las doncellas autóctonas, bajo el dominio de esa “bestia medio doméstica…indescifrable” que jamás lumbreras habían contemplado.

“Ahora esos mismos ojos voraces que con el tiempo adquirieron el reposo de la sensatez, la observaban al pie de la cama de forma ininterrumpida recreando instantes de amor consumados cuatro horas antes, cuando le hizo tres veces el amor. En la pequeña casa de piedras, sobre un rincón, se hallan las muletas y el colchón de lana tendido que comparten. Lo sintió levantarse agitando su cabellera negra que llega a mitad de la espalda y que, cada cierto tiempo, con la luna nueva, reajusta con sus particulares tijeras. Dalsy no hizo el menor esfuerzo de que entendiera que estaba despierta, se mantuvo con ojos a medio cerrar, acostada de lado, semidesnuda. Mientras el reducido espacio aclara con la llegada del día, el hombre se desplaza hacia la pieza separada por una manta, donde descansaba la hija que procrearon. Dalsy siente que desliza sus manos levemente por los cabellos de Berenice Georgina y un estremecimiento la desarma cuando lo escucha llorar, tal vez por la pena que supone el no volver a verlas. Se da cuenta que su pareja, con la que hubo de compartir la cama decenas de primaveras y lunas, está listo para irse.”

En efecto, el capítulo Ojos de sol asume, dentro de la estructura de la novela o la literatura universal, los elementos epocales, elocuentes y de recursos técnicos, empotrados como pilares de la intertextualidad, prolongación o desdoblamiento, entre diferentes géneros, caras, y estilos, vértices y aristas. De ahí la grandeza, exuberancia o magnitud geométrica, poliédrica, desplegada en la novelística contemporánea de Ana Almonte, a propósito de su obra Luces de Alfareros.

“Luces de Alfareros”, de “Ojos de sol” y otros objetos