Hoy es el Día Internacional del Libro y le tocan a la fecha, algunas cuartillas. A esa herramienta que nos permite volar, sufrir, reír y odiar, hasta estacionarnos en lugares insospechados, conocer personajes tan similares a nosotros pese a la distancia, la educación y las raíces culturales.
A partir del chip de la razón en mi cerebro, al libro lo veo como un artefacto multitasking.
Sirve para guardar recibos del supermercado (mi madre lo usa para recordar teléfonos en las áreas de las dedicatorias).
Igual es ideal para resguardar con un par de ladrillos y tres tablas de madera robadas en la construcción cercana, a las polvorientas Enciclopedias Quillet, la novela Belina del excéntrico José Jasd o las cartas de amor escritas con lapiceros Bic, ya desteñidas u amarillentas pero sinceras y mal escritas.
Claro, en ese estante de libros diseñado con la particular solemnidad de pobres, no podía faltar Cien Años de Soledad de Editorial Sudamericana 1979, las Selecciones de Reader Digest, y entre tomo y tomo de las Quillet, la aventura de la suerte, la ruleta rusa, la esperanza inagotable: los últimos números de la Loto.
Ya no existen es bibliotecas artesanales o son escasas. Amazon e Ikea se encargaron de libreros funcionales, modelos para amar con nuevas complicaciones para colocar una hilera de libros. Ser o no ser con la mueblería de Ikea.
El libro deviene en un escalón para ascender hacia el prestigio intelectual en los círculos interiores de las logias literarias oficiales no solo en la República Dominicana sino a nivel global.
Es el tesoro sin descubrir que engalana las puestas en circulación en los escenarios de mesas largas y sillas para diez, decoradas con flores caras y cuyos participantes visten trajes Armani.
Atuendos y flores que combinan con el aire pesado y el discurso pontifical de presentadores y del propio autor de la obra.
Para algunos es el trampolín deseado para inflar sus egos o motivar aún más la desolación de lo ignaro, acabando por enterrar lo nuevo aprendido.

El libro debe ser un lugar para amar la vida y saber, comprender, más que saber, que la vida está también ahí dentro, en la página 100, subrayado en amarillo.
Los libros están para darnos cuenta que anterior a nosotros, otros escribieron páginas sin otro interés de reducir la desolación, la barbarie y el significado de la muerte. La facultad de discernir que no estamos solos en este valle de contradicciones e incertidumbres.
Que existieron otros que pasaron lo mismo y comprendieron el sentido -su sentido- de la vida.
Hay más desolación, eso sí. Ahora que lo digital transforma todo lo acumulado por miles de años en contenidos pulcramente alienados, escatológicos, vistosos e inodoros.
La sustancia es una mala palabra en estos tiempos. Ahora que la inteligencia Artificial escribe “novelas” para la grey sin luces ni corazones. Un mal titiritero con los hilos cruzados, eso sí, llenándose las arcas de dólares. La IA nunca podrá definir nuestras emociones y nuestros inconscientes.
Vamos a dejar a un lado las amarguras y las tonterías, los resabios de este abuelo feliz y no seamos como Sísifo, cargando la roca y la roca que no, que tú no puedes.
Pues sí, suelten el celular y lean libros físicos, huélanlo, acarícienlo, subrayen lo que entiendan o no, lo que le llama la atención . Ese es el propósito del libro desde que el mundo es mundo.
Celebremos este 23 de abril, el Día Internacional del Libro. Pena que ya no celebremos la Feria del Libro de Santo Domingo para estas fechas.
Nunca olvidaré mi visita a Barcelona en tiempos de Sant Jordi, rosas y libros, una verdadera, autentica y divertida fiesta cultural. Libros y juventud por todos lados. Libros y primavera. Sentados en Las Ramblas y el Paseo Marítimo leyendo a poetas de cuyo nombre no me acuerdo. Solo se quedó con nosotros el aire cálido de sus versos.
¡Salud, Feliz Día del Libro en República Dominicana!
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