“In my younger and more vulnerable years my father gave me some advice that I’ve been turning over in my mind ever since.”

“En mis años más jóvenes y más vulnerables, mi padre me dio un consejo al que he vuelto una y otra vez desde entonces.”

Una voz recuerda, y en ese gesto se instala una distancia que no se cierra; no hay urgencia ni acontecimiento inmediato, lo que aparece es una conciencia que vuelve sobre lo vivido con una insistencia que no termina de resolverse, de modo que el inicio de The Great Gatsby no introduce una acción, sino una forma de mirar hacia atrás, y en esa mirada ya se insinúa una tensión que no se declara, pero que atraviesa todo lo que será narrado.

Ese consejo del padre, que podría leerse como una referencia moral, adquiere desde la primera línea un peso que excede su formulación; no orienta el relato, lo condiciona, lo carga de una cautela que no termina de proteger al narrador, sino que lo expone, de manera que la voz de Nick Carraway no se afirma como una instancia de claridad, sino como alguien que mide, que revisa, que vuelve sobre lo que ha visto sin lograr fijarlo del todo. La narración no avanza desde la certeza, se sostiene en una forma de duda que no necesita declararse para hacerse presente.

En ese desplazamiento se condensa una inflexión dentro del ciclo; si en James Joyce el lenguaje se quiebra, en Virginia Woolf el tiempo se abre, en William Faulkner la percepción se fragmenta y en Marcel Proust la memoria se dilata, en Fitzgerald ese movimiento se recoge en una voz que narra desde una experiencia ya atravesada por la pérdida, donde la fractura deja de exhibirse como ruptura formal y pasa a interiorizarse como forma de conciencia.

Esa interiorización no puede desligarse del momento histórico en que la novela fue escrita; la década de 1920 en los Estados Unidos, suspendida todavía antes del colapso económico, se movía entre la euforia y la fisura: la prosperidad parecía ilimitada mientras la prohibición reorganizaba la vida social en circuitos clandestinos, el jazz y el blues redefinían el pulso de las ciudades del norte, y al mismo tiempo persistía en el sur una violencia racial que no necesitaba ocultarse, visible en linchamientos y en una estructura social que no había resuelto sus fracturas. En ese cruce de brillo y violencia, de expansión y desajuste, la promesa de plenitud convivía con una sensación más honda de vacío, y Fitzgerald no necesita enunciar esa tensión; la deja operar en la forma misma del relato, en la manera en que la voz se aproxima a los hechos y en su incapacidad para sostenerlos como una totalidad coherente.

F. Scott Fitzgerald: “El gran Gatsby” o la herida que narra

Por eso el inicio no busca imponerse ni impresionar, se instala con una calma que resulta engañosa; lo que parece una reflexión inicial es la antesala de una mirada que sabe, aunque no lo diga, que lo que va a narrar ya está marcado por su imposibilidad de ser comprendido del todo, de modo que el pasado no se ofrece como un territorio ordenado, sino como algo que insiste, que regresa, que se resiste a quedar fijado en una forma estable.

Leer ese comienzo implica aceptar otra relación con la historia; no se sigue un relato que se despliega hacia adelante, se acompaña una reconstrucción que avanza con la conciencia de su propia insuficiencia, donde la experiencia no aparece como algo que puede poseerse, sino como algo que se revisita, que se reinterpreta, que se modifica en el acto mismo de ser narrado, de manera que la narración no organiza lo vivido, lo rodea, lo bordea sin terminar de capturarlo.

En esa tensión se cifra su alcance; la obra de F. Scott Fitzgerald no solo retrata una época, introduce una forma de narrar donde la voz ya no puede sostener la ilusión de dominio sobre lo que cuenta, y esa distancia, que atraviesa todo el texto, será retomada por buena parte de la literatura posterior, que encontrará en esa imposibilidad de fijar la experiencia una de sus condiciones centrales.

Ahí se concentra su permanencia; cada época puede reconocerse en esa forma de volver sobre lo vivido sin lograr cerrarlo, en esa conciencia de que toda narración llega tarde respecto a aquello que intenta decir, de modo que la herida no se resuelve en el relato, permanece abierta en la voz que insiste, que regresa, que intenta darle forma a lo que ya no puede recuperarse sin alterarse, y en ese intento, siempre incompleto, se sostiene la fuerza de su inicio.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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