Con apenas trescientas veintidós palabras Augusto Monterroso crea un mundo. Una pequeña enorme historia que nos recuerda el sentido del sonido mordaz.
Somos mortales, pero ¿quién en su sano juicio quiere morir? Aceptamos la derrota, el odio, hasta la deslealtad; sin embargo, el último final, nunca. Nos aferramos –vanamente- a una utopía: ser eternos. Y por tocar ese horizonte hacemos casi siempre lo que sea.
No es raro que en plena juventud afloren cientos de dudas, y hasta cierta dosis de ateísmo. Sin embargo, el reloj nos va enseñando que la ciencia y la tecnología no pueden explicar y resolverlo todo, que hay realidades que escapan del control humano, entonces la a de ateo se empieza de repente a borrar.
Hay una palabra que extrañamente no aparece en las trescientas veintidós que componen El eclipse. El vocablo –sin espacio a la duda- ocupa el lugar número uno en la lengua de cualquier genuino cristiano. Y todos sabemos cuál es.
Fray Bartolomé Arrazola antepone su conocimiento de astronomía –su información no divina- y lo utiliza con la intención de engañar.
Pero El eclipse sin decirlo nos dice que la sapiencia de la civilización maya en ciertos aspectos no tenía nada que envidiarle a la cultura griega. Y también nos revela que cuando no ponemos a Dios –Yahveh, Jehová, Alá o como quieran llamarle- en primer lugar, el éxito fallece.
¿Qué les parece si miramos este eclipse que en lugar de oscuridad está lleno de luz?
El eclipse
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
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