Desde mi labor de investigador y estudioso constante de las manifestaciones simbólicas que dan forma a nuestra identidad, tenía pendiente desde el año pasado compartir con los lectores de esta columna una reflexión profunda sobre la categoría del "Diablo".
He entendido que la actual efervescencia de la época carnavalesca en nuestra isla ofrece el escenario propicio para abordar este fenómeno, no desde la ligereza, sino desde una mirada académica que busca desentrañar las múltiples capas de significado que esta figura ha acumulado en el tiempo. Soy plenamente consciente de que el simple título de este abordaje puede herir sensibilidades en aquellos sectores que abrazan visiones fundamentalistas o dogmas radicales; sin embargo, este análisis se sitúa en las antípodas de la doctrina teológica convencional.
Mi interés reside en observar la figura como una categoría de estudio etnohistórica y antropológica, explorando cómo lo que nació para el control y el castigo terminó convirtiéndose en un motor de resistencia cultural y júbilo popular en nuestra región caribeña.
Asumo el riesgo de este planteamiento aun sabiendo que no faltará cualquier "Juan de los Palotes" que, desde el prejuicio o la ignorancia de los enfoques sociales, me mande para el mismísimo Diablo o invoque reprensiones divinas contra estas líneas o reprenda el autor en el nombre de Jesús. No obstante, la riqueza de nuestra cosmovisión, esa que mezcla el miedo sagrado con la sátira del vejigazo merece ser analizada más allá del bien y del mal.
En las páginas que siguen, propongo un recorrido desde la mirada de varios autores, que transita desde la construcción terminológica europea hasta su transformación en el carnaval dominicano, reconociendo que el Diablo, más que una entidad metafísica, es una máscara colectiva que nos permite dialogar con nuestras propias sombras, nuestras memorias familiares y las estructuras de poder que han moldeado el pensamiento antillano. Conectar con esta figura es, en última instancia, entender cómo el miedo se transmuta en identidad y cómo el castigo se vuelve danza en la piel de nuestra historia.
Construcción terminológica y teológica
La figura del Diablo no es un bloque monolítico en la historia de la humanidad, sino una construcción semántica y cultural que ha mutado para dar respuesta a la existencia del mal y el caos. Desde una mirada etnohistórica, el término "Diablo" proviene del griego diabolos, que significa "el que divide" o "el calumniador", mientras que "Satanás" tiene raíces hebreas (Shatán) que refieren a un "adversario" o "acusador" en un contexto judicial.
En los albores del pensamiento judeocristiano, el Diablo no poseía la carga iconográfica que conocemos hoy; era, en esencia, una función del tribunal divino. Sin embargo, con el paso de los siglos y la influencia del dualismo persa (el zoroastrismo), la figura se polarizó, convirtiéndose en el antagonista absoluto de la divinidad.
Esta transición marcó el inicio de una sistematización del miedo, donde los demonios pasaron de ser espíritus intermediarios o "daimones" griegos seres neutrales que podían influir en el destino a entidades puramente malévolas destinadas a la perdición del alma humana. Como señala Jeffrey Burton Russell (1986), la personificación del mal fue una necesidad teológica para exculpar a la deidad de las desgracias del mundo, creando un sistema de control moral basado en la dicotomía luz-oscuridad.
Iconografía y repunte del Diablo desde el arte
La imagen del Diablo que habita en nuestro imaginario colectivo con cuernos, cola, patas de cabra y color rojo, refieren los estudiosos que es un palimpsesto visual. Durante la Edad Media, por ejemplo, la Iglesia católica tomó elementos de deidades paganas para demonizarlas, siendo el dios Pan de la mitología griega el principal referente para la anatomía del demonio.
El arte renacentista y barroco elevó esta figura a una categoría estética superior; pintores como El Bosco o Durero dotaron al Diablo de una complejidad visual que oscilaba entre lo grotesco y lo sublime. Este repunte artístico no fue casual, sino que respondió a una pedagogía visual donde el analfabetismo de las masas era combatido con la llamada "Biblia de los pobres", que eran las imágenes en los frescos y catedrales.
Es ahí entonces donde la figura del Diablo se convirtió en el protagonista de las danzas macabras y de las representaciones del Juicio Final, donde su función era recordar la brevedad de la vida y el castigo eterno. Según la historiadora de arte Rosa Alcoy (2004), la iconografía del Diablo funcionaba como un espejo inverso de la santidad, una advertencia visual que mantenía la cohesión social a través del terror sagrado.
La evangelización del miedo y San Miguel como defensor
El papel de la Iglesia católica en la consolidación del Diablo en América fue fundamental a través de lo que la antropología denomina la "evangelización del miedo". En este escenario, la figura de San Miguel Arcángel emerge como el contrapunto necesario: el general de las huestes celestiales y el justiciero divino.
La narrativa del enfrentamiento entre Miguel y Lucifer (el "portador de luz" caído por soberbia) no es solo un relato mítico, sino una herramienta de poder político y espiritual. Ya que el arcángel San Miguel representa el orden, la jerarquía y la obediencia, mientras que el Diablo encarna la rebelión y el caos.
En la psique colectiva, esta lucha justifica la existencia de instituciones represivas y la necesidad de un defensor constante. La figura de San Miguel es tan fuerte, que se le denomina el jefe de los ejércitos de los países de la región y su día de celebración se realizan en su honor misas y desfiles especiales con categorías de estado. Sobre el abordaje de la figura de San Miguel desde el sincretismo encarnado en Belié Belcán desde el catolicismo popular o el propio vudú dominicano ese es otro tema que hemos analizado.
La espada de San Miguel, siempre apuntando al cuello del demonio vencido, es el símbolo de la victoria de la ortodoxia sobre la heterodoxia, refiere Jean Delumeau (2002), que además argumenta, que este miedo instilado fue el motor de la cristiandad occidental, permitiendo que la iglesia se presentara como el único refugio seguro ante las acechanzas del maligno.
La cosmovisión indígena y la pregunta por lo africano
Al llegar los europeos a estas tierras que llamaron América, llega también la figura del Diablo que sufrió una transformación radical al chocar con las cosmovisiones indígenas y africanas. Es vital comprender que, en muchas de estas culturas, el concepto de un "mal absoluto" no existía.
Quienes estudiamos las cosmovisiones de nuestros pobladores originarios, sabemos que, para ellos, las deidades poseían una naturaleza ambivalente: podían ser creadoras y destructoras al mismo tiempo, como el caso de Tezcatlipoca en el mundo nahua o el caso de Guabancex, la diosa de los huracanes, vientos y la furia de la naturaleza, causante de la destrucción, a menudo acompañada por Guataubá (truenos), con su función principal de anunciar la llegada de las tormentas y huracanes mediante truenos, relámpagos y nubes, ordenando a otros cemíes colaborar con la destrucción y Coatrisquie (inundaciones), estas ultimas deidades pocas estudiadas.
Cuando los castellanos identificaron a los dioses locales con el Diablo, que no lo eran, forzaron una traducción cultural que dio origen a un sincretismo complejo. Por otro lado, surge la pregunta: ¿Existe el Diablo en la cultura africana? La respuesta etnohistórica es no, al menos no bajo la concepción europea.
En las religiones yoruba o fon, por ejemplo, existen figuras como Eshu o Legba, que son deidades de la encrucijada, el movimiento y el azar. Son "tramposos" divinos (tricksters), pero no malvados. Sin embargo, bajo la presión de la esclavitud, estos orishas fueron "demonizados" por los amos blancos, obligando a los africanos a ocultar sus creencias tras la iconografía cristiana, transformando al Diablo en una figura de resistencia y poder oculto.
Carnaval dominicano, Diablo Cojuelo y su caída a la tierra
En la isla de Santo Domingo, el Diablo se despoja de su carga puramente terrorífica para entrar en el terreno de lo que nosotros planteamos la semiótica del carnaval. El Diablo Cojuelo es, quizás, la figura más emblemática de esta metamorfosis. La tradición cuenta que fue un demonio tan travieso que, al ser lanzado del cielo por sus fechorías, cayó con tal fuerza que se lastimó una pierna, quedando "cojo" o "cojuelo".
Esta humanización del demonio un ser imperfecto, burlón y ruidoso es una sátira de la rigidez eclesiástica. En el carnaval dominicano, el Diablo Cojuelo no busca la perdición de las almas, sino la subversión del orden social a través del "vejigazo". Sus espejos, colores y sus cascabeles transforman el miedo en júbilo bailando en las calles de noche y de día.
Según Fradique Lizardo (1988), el carnaval es el espacio donde el pueblo "vence" al Diablo apropiándose de su imagen, convirtiendo al verdugo en un bufón que corre por las calles, uniendo la herencia española con la rítmica y la rebeldía de la herencia africana.
El Diablo en la piel y una memoria familiar de desobediencia
Desde nuestra propia práctica y experiencia personal, la figura del Diablo se manifiesta de formas mucho más domésticas y tangibles. Recordamos vívidamente la historia de un primo por parte de mi padre, cuya desobediencia hacia su madre se convirtió casi en leyenda familiar. Decían que una noche, tras un acto de rebeldía y malcriadeza, el Diablo le salió al encuentro, lo asustó y lo aruñó en la cara. Desde nuestra cosmovisión cultural, este evento no es una simple superstición; es una herramienta de control social y pedagógico, esa historia es muy repetida en el país.
El "susto" o la aparición del Diablo a los niños "malcriados" por ejemplo, funciona como un mecanismo de mantenimiento de la jerarquía familiar y el respeto sagrado a la figura materna y paterna. Mientras que en el contexto rural y popular dominicano, el Diablo es un agente moralizador que castiga la falta de respeto a los mayores. Esta narrativa integra el miedo metafísico con la disciplina doméstica, donde el cuerpo del desobediente se convierte en el lienzo donde el Mal escribe su advertencia para los demás, reforzando el orden comunitario a través del trauma y el relato oral.
El declive del Diablo en la era de la increencia
En la actualidad, asistimos a un declive de la figura del Diablo como ente de terror físico. Las nuevas generaciones, inmersas en la racionalidad tecnológica, la inmediatez digital, la secularización sin dejar de mencionar los Therian o teriantropo, ya no temen al Diablo que "sale y aruña en la oscuridad" o que se lleva a los niños/as desobedientes en un saco. Ese cuento se acabó en estos tiempos, y claro, es parte de la transformación de la cultura por la necesidad del individuo.
Ahora el mal se ha despojado de su máscara cornuda o grotesca para habitar en estructuras sistémicas más complejas: corrupción, violencia social o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Sin embargo, antropológicamente, el Diablo sigue vivo como un símbolo de la otredad.
Aunque los jóvenes de hoy no crean en el "Malo" de los cuentos de camino en la oscuridad de la noche, su presencia en el arte, el cine y, sobre todo, en el carnaval dominicano, demuestra que seguimos necesitando esa figura para dialogar con nuestras propias sombras.
El Diablo ha pasado de ser un monstruo bajo la cama a ser una metáfora de la condición humana, una cicatriz cultural que nos recuerda que, mientras exista el deseo de orden, la sombra del rebelde seguirá proyectando su danza en la historia de los pueblos. Hast la próxima semana.
Referencias
Alcoy, R. (2004). El Diablo y sus imágenes en la baja Edad Media. Editorial Universidad de Barcelona.
Delumeau, J. (2002). El miedo en Occidente: Siglos XIV-XVIII. Taurus.
Lizardo, F. (1979). La cultura africana en Santo Domingo. Editora Taller.
Ortiz, F. (1993). Los negros esclavos. Editorial de Ciencias Sociales.
Russell, J. B. (1986). Lucifer: El diablo en la Edad Media. Ediciones Lerna.
Taussig, M. (2010). El Diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica. Siglo XXI Editores.
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