En múltiples escenarios académicos, medios de comunicación, institucionales y comunitarios donde participo como antropólogo, investigador o especialista en patrimonio cultural, hay una pregunta que siempre se repite: ¿qué hace un antropólogo? Por lo general con la respuesta que en muchas ocasiones debe ser bien pedagógica para que se entienda, se suma otra pregunta como esta, yo diría aún más pragmática: ¿de qué vive un antropólogo?
Estas interrogantes, lejos de ser simples curiosidades, evidencian una desconexión profunda entre el conocimiento antropológico y su reconocimiento dentro de las estructuras productivas, estatales, académicas, organizacionales contemporáneas, pero sobre todo en los medios de comunicación. En ellas se expresa una invisibilización histórica de la disciplina, reducida muchas veces a lo folklórico, a lo cultural en sentido restringido o a la etnografía como práctica aislada, sin comprender su alcance estratégico en la toma de decisiones, la gestión pública y la configuración del poder. Muchas veces me han preguntado si hay una línea de vestimenta para los profesionales de la antropología.
Esta experiencia reiterada, que se produce tanto en aulas universitarias como en espacios de incidencia institucional, me conduce a formular una reflexión que va más allá de la defensa disciplinar: se trata de repensar el lugar de la antropología en la arquitectura misma de la gobernanza contemporánea o en el país en sentido general, y de eso debemos encargarnos nosotros los antropólogos.
En un contexto marcado por la complejidad social, la diversidad cultural, la fragmentación de los tejidos comunitarios y la crisis de legitimidad de las instituciones, resulta imprescindible plantear una pregunta fundamental: ¿cómo se gobierna una sociedad que no se comprende? Sabiendo que gobernar, en el sentido más amplio, implica tomar decisiones que afectan la vida colectiva, pero esas decisiones no se producen en el vacío; están atravesadas por valores, creencias, prácticas y significados que configuran el comportamiento social.
Es precisamente en este punto donde la antropología se posiciona como una ciencia estratégica. No se trata únicamente de estudiar culturas, sino de comprender sistemas de sentido que operan en todos los niveles de la vida social, desde las comunidades locales hasta las grandes estructuras estatales y corporativas. Desde estas miradas es que trato de responder esas preguntas iniciales. En este marco, la gobernanza deja de ser un ejercicio técnico para convertirse en un proceso profundamente cultural, donde el conocimiento antropológico resulta indispensable.
Gobernanza y complejidad social: una lectura antropológica
En estos tiempos en el que está muy de moda la gobernanza, aunque generalmente siempre se queda en las grandes teorías y los esplendidos discursos de nuestros de nuestros lideres sobre todo políticos. Es importante mirar la antropología desde ella, ya que, el concepto de gobernanza ha emergido como una categoría central en el análisis contemporáneo del poder. Más allá de las formas tradicionales de gobierno, la gobernanza implica redes de interacción entre el Estado, el mercado y la sociedad civil, en las que múltiples actores participan en la toma de decisiones y en la gestión de lo público.
Este modelo reconoce la interdependencia, la negociación y la construcción colectiva como elementos fundamentales en la resolución de problemas sociales, así lo plantea R.A.W. Rhodes, ampliamente reconocido como uno de los principales investigadores que popularizó el término "gobernanza" en los años 90 para describir la nueva forma de gobernar a través de redes, sobre todo desde el ámbito académico y de políticas públicas contemporáneas. En el caso nuestro profundizamos en el tema desde los estudios de la antropología política con las miradas de Montesquieu, la filosofía social y la ecología social.
Sin embargo, este enfoque ha estado históricamente dominado por perspectivas técnicas, jurídicas o económicas que, si bien son necesarias, resultan insuficientes para comprender la complejidad de las dinámicas sociales. La gobernanza no puede reducirse a procedimientos administrativos ni a indicadores de eficiencia, como generalmente vemos en las políticas públicas de nuestros gobiernos; es, ante todo, un proceso social cargado de significados, donde las decisiones son interpretadas, apropiadas o resistidas por los actores involucrados.
Desde esta perspectiva, la antropología y la sociología aportan una dimensión fundamental: la capacidad de interpretar la cultura como un sistema de sentido que orienta la acción social. Siguiendo las contribuciones de autores clásicos para los antropólogos como Bronisław Malinowski y Franz Boas, así como desarrollos posteriores en la antropología interpretativa, se reconoce que las instituciones no son estructuras neutras, sino espacios donde se producen y reproducen significados. Gobernar implica, por tanto, comprender estos significados y actuar en consecuencia. Ojalá y se entienda este planteamiento, que he tratado de analizarlo lo menos técnico posible.
Antropología, ciudadanía cultural y gestión pública
Uno de los aportes más relevantes de la antropología a la gobernanza es la noción de ciudadanía cultural, muy de moda en el vocablo del campo patrimonial y las mismas industrias creativas. Este concepto amplía la idea tradicional de ciudadanía, incorporando no solo derechos civiles y políticos, sino también el reconocimiento de identidades, prácticas y expresiones culturales, cosmovisiones y otras formas de vida diversas. En este sentido, la ciudadanía cultural implica que las políticas públicas deben ser diseñadas desde una comprensión profunda de los contextos sociales en los que se implementan, pero ojo, no es solo en instituciones gubernamentales vinculadas a las políticas públicas culturales de un estado, donde deben existir antropólogos, es en todas las instituciones y esta es la idea de la reflexión y su fundamentación.
La gestión pública, desde un enfoque antropológico, se transforma en un ejercicio interpretativo, ya que, no se trata únicamente de aplicar normativas o ejecutar programas, sino de comprender cómo estos son percibidos y vividos por la población. La eficacia de una política pública no depende solo de su diseño técnico, sino de su capacidad para dialogar con las realidades culturales de los ciudadanos.
Por ejemplo, en el país existió hasta hace poco una institución gubernamental fundamental, la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica (DIAPE) de la Presidencia de la República Dominicana, suprimida mediante el decreto 542-21. En su lugar, el gobierno creó la Dirección de Estrategia y Comunicación Gubernamental (DIECOM). Pero esa institución creada no tiene nada que ver con la suprimida en cuanto a sus roles.
En contextos como el dominicano, caracterizado por una rica diversidad cultural y por profundas desigualdades sociales, esta perspectiva resulta particularmente relevante. La incorporación de antropólogos en la gestión pública permitiría diseñar políticas más inclusivas, pertinentes y sostenibles, capaces de responder a las necesidades reales de la población.
Antropología en las organizaciones: impacto, decisiones y resultados
Es importante terminar de entender que la relevancia de la antropología se extiende más allá del Estado, abarcando el conjunto de las organizaciones contemporáneas. En instituciones públicas, empresas privadas, organizaciones de la sociedad civil, centros académicos y espacios de pensamiento, las decisiones se toman en contextos atravesados por dinámicas culturales complejas.
El antropólogo/a, como profesional de las ciencias sociales, aporta una mirada técnica y metodológica que permite comprender estas dinámicas desde dentro. A través de herramientas como la etnografía, las entrevistas en profundidad y el análisis simbólico, es capaz de identificar patrones de comportamiento, interpretar conflictos y proponer estrategias de intervención más efectivas.
En el ámbito empresarial, la antropología ha demostrado su valor en el análisis del consumo, el diseño de productos y la comprensión de mercados. En organizaciones civiles, su aporte es clave para garantizar la pertinencia cultural de los proyectos. En el ámbito académico, contribuye a la producción de conocimiento crítico y contextualizado.
Este amplio campo de acción responde a la naturaleza misma de la disciplina, que se caracteriza por su enfoque holístico y por la diversidad de sus ramas: antropología cultural, social, política, visual, lingüística, aplicada arqueológica, física, económica, religiosa, de la alimentación, urbana, digital, entre otras. Este conjunto de saberes configura un aparato analítico capaz de incidir en múltiples dimensiones de la vida social, generando impacto en la toma de decisiones y en los resultados institucionales.
Experiencias internacionales
La integración de antropólogos/as en distintos sectores es una realidad en múltiples países. En Estados Unidos, por ejemplo, la antropología aplicada ha sido incorporada en empresas tecnológicas para el diseño de experiencias de usuario y el análisis de comportamientos digitales, en el año 2024 viviendo en la ciudad de Nueva York conocí dos experiencias a través de amigos. En Europa, países como Reino Unido, Francia, Alemania, España y Portugal son miles los antropólogos/as que forman partes en áreas como la salud pública, la planificación urbana y las políticas migratorias, la educación, el sistema de transporte, el sector judicial y las instituciones económicas.
En nuestra región tenemos mucha experiencia con la importancia que dan los estados a los cientistas sociales, reitero más allá del ejercicio de las instituciones culturales o sociales, países como Brasil, Mexico, Colombia, Chile y Panamá, etc., evidencian la importancia de la antropología en la gestión del desarrollo, la mediación de conflictos y la formulación de políticas públicas. Estos casos demuestran que la disciplina no solo tiene relevancia teórica, sino también un impacto concreto en la práctica institucional.
La antropología en la República Dominicana: articulación y desafíos
En la República Dominicana, la antropología ha tenido un proceso de fortalecimiento muy lento desde el ámbito académico, científico, de incidencia, de reconocimiento técnico-laboral y gremial, que sigue resultando insuficiente frente a las exigencias de la región. El renacimiento en estos meses de la Sociedad Dominicana de Antropología (SODAN) representa un avance significativo y estamos muy optimistas, ya que la organización está llamada a ser el motor de articulación de los profesionales del área y trascender desde la reflexión interna para convertirse en una fuerza de incidencia real, y eso lo podemos lograr.
Mientras otras naciones del Caribe y América Latina han integrado la antropología como un eje transversal en la planificación urbana, la salud pública y el desarrollo económico, nuestra disciplina aún lucha por salir de una periferia académica injustificada, atrapada en un letargo que nos impide sentarnos en las mesas donde se definen los destinos del país como otros profesionales.
Esta realidad nos obliga a un despertar colectivo que despoje a la antropología de esa visión romántica o meramente contemplativa para ser reconocida, de una vez por todas, como una ciencia aplicada con la misma jerarquía técnica que se le otorga a la economía o a la medicina. Resulta insostenible que el Estado pretenda alcanzar la cohesión social o el rescate del patrimonio sin la intervención directa de especialistas en la complejidad humana; un plan de nación sin antropólogos es tan arriesgado como una reforma fiscal sin economistas o una crisis sanitaria sin médicos.
El avance nacional depende de que logremos validar nuestra disciplina como un recurso estratégico e indispensable, capaz de aportar los diagnósticos profundos que el país necesita para dejar de aplicar soluciones superficiales a problemas que son, en su esencia, estructurales y culturales.
El compromiso de la SODAN y de la comunidad académica debe orientarse a cerrar la brecha crítica entre el potencial de investigación y la inserción laboral efectiva en los sectores público y privado. Diversas publicaciones sobre la profesionalización en el continente subrayan que el desarrollo no es una simple cifra estadística, sino un proceso humano complejo que demanda expertos en territorio y cultura. Si no logramos que el rol del/la antropólogo/a sea comprendido por el tomador de decisiones y por la sociedad civil como una pieza clave en el engranaje del progreso, seguiremos observando desde la distancia cómo nuestros vecinos avanzan hacia una modernidad consciente, mientras nosotros nos conformamos con un crecimiento institucional que no se traduce en una verdadera transformación social.
Formación académica y urgencia de transformación
En la República Dominicana, la formación académica en antropología se encuentra en un punto de inflexión que exige honestidad y altura crítica. Mientras que en el resto de la región la disciplina se ha ido transformado en una herramienta técnica de vanguardia, a nivel local nuestra enseñanza parece haber quedado atrapada en visiones de décadas pasadas, más preocupada por sostener estructuras de poder internas y una politización excesiva en la única institución donde se imparte, que por responder a las expectativas de las nuevas generaciones. Por eso el resultado se evidencia en los egresos.
La academia está llamada a ser un espacio de apertura y renovación, no un bastión de resistencia al cambio que asfixia el entusiasmo de los jóvenes que desean insertarse en la carrera. No podemos permitir que la escuela de antropología mantenga un silencio técnico ante los problemas nacionales mientras otras facultades y escuelas de la misma universidad asumen su liderazgo; esa ausencia de voz solo contribuye a la invisibilidad de una ciencia que es vital para la gobernanza contemporánea.
La excelencia en la formación antropológica no puede seguir siendo el privilegio de unos pocos que, contra viento y marea y bajo inmensos sacrificios económicos, nos vemos obligados a buscar en el extranjero la especialización que nuestro país no garantiza. Para un joven dominicano de una familia de escasos recursos, enamorarse de esta carrera no debería representar una odisea financiera ni un salto al vacío, sino una trayectoria protegida y motivada por el Estado a través de una oferta académica competitiva y moderna. Es responsabilidad de la institución rectora democratizar el acceso al saber antropológico de alto nivel, integrando temas urgentes, renovando su programa y permitiendo que nuevas miradas profesionales refresquen las aulas para romper el letargo que hoy nos distancia de los estándares de la región.
El compromiso, por tanto, debe ser el de cerrar la brecha entre el aula y la toma de decisiones. Comprender la cultura para ejercer el poder no es una consigna abstracta, sino una necesidad estratégica: el Estado y la sociedad necesitan antropólogos capaces de diseñar políticas más humanas, inclusivas y efectivas. Si la academia no evoluciona para formar profesionales listos para este desafío, seguiremos sacrificando nuestra capacidad de análisis social en el altar de la burocracia académica.
Para finalizar con la mirada que iniciamos esta reflexión, la pregunta ya no es simplemente qué hace un antropólogo, sino cuánto terreno pierde la sociedad dominicana cuando ignora su propia complejidad y cuántas oportunidades de progreso se sacrifican cuando la academia se niega a abrirse al futuro. En esa respuesta se juega no solo el destino de una disciplina, sino la posibilidad de construir un país consciente, humano y verdaderamente transformador. Hasta la próxima semana.
Referencias
Boas, F. (1940). Race, Language and Culture. University of Chicago Press.
Escobar, A. (2012). Encountering Development: The Making and Unmaking of the Third World (2nd ed.). Princeton University Press.
Geertz, C. (1973). The Interpretation of Cultures. Basic Books.
Malinowski, B. (1922). Argonauts of the Western Pacific: An Account of Native Enterprise and Adventure in the Archipelagoes of Melanesian New Guinea. Routledge.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). (1997). Governance for Sustainable Human Development: A UNDP Policy Document. United Nations.
Zurbriggen, C. (2011). Gobernanza: una mirada desde América Latina. Perfiles Latinoamericanos, 19(38), 39-64.
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