“Seguimos contando cuentos para mantenernos despiertos y alejar a las fieras”, afirma en entrevista con EFE en São Paulo el escritor chileno Andrés Montero, con motivo de la presentación en portugués de su novela 'El año en que hablamos con el mar' (2024).

Montero (36 años, Santiago de Chile) considera que las historias responden a una necesidad primaria de supervivencia, como cuando los humanos de la Edad de Piedra encendían fogatas para protegerse de los animales.

“No contaban historias mientras caminaban” o cazaban, sino que lo hacían durante la noche, “reunidos” alrededor de las brasas, con el propósito de “mantenerse despiertos para evitar que el fuego” que ahuyentaba a los depredadores "se apagara".

Hoy, el rol de las historias en la sociedad moderna es el mismo, “solo que ahora las fieras son otras y no dientes de sable”, detalló.

Andrés Montero es escritor, pero sobre todo es narrador oral; y considera que “mantener el fuego” encendido es el “verdadero sentido” de su trabajo.

Para él, las historias son una “herramienta de resistencia” que posee la gente común frente a los "dueños del poder".

Isla Mocha, el hogar de su novela y de 'Moby Dick'

La novela 'El año en que hablamos con el mar' explora la dualidad humana a través de la historia de los mellizos Julián y Jerónimo Garcés.

Mientras uno representa al viajero que zarpó hacia el exterior, otro encarna a aquel que decidió quedarse en su tierra; dos polos opuestos inspirados en las propias contradicciones del autor.

Consolidar la novela fue un proceso con incontables baches creativos, en los que se debatía sobre cómo contar una historia que envolvía a los residentes de la isla Mocha, ubicada al sur de Chile, a los que no conocía más allá de las historias que le contó su abuela, quien nació allí.

En este islote, poco explotado por el turismo debido a su difícil acceso, “sale fuego del agua” a causa del material orgánico comprimido que yace debajo del lecho marino, un fenómeno que los locales definen como “encender el mar”.

Pero, además, en el siglo XIX, en las aguas de esta isla “mágica” habría nadado Mocha Dick, una ballena albina que inspiró la famosa novela 'Moby Dick'.

Según Montero, “un joven Herman Melville” viajaba en uno de esos barcos balleneros atacados por el cachalote y “se inspiró en ella” para crear su obra.

Con el tiempo, entendió que para escribir tenía que "abandonarse al misterio" y logró destrabar el libro al hallar su voz definitiva: un narrador colectivo conformado por los propios habitantes del pueblo.

El autor cuenta que este recurso surgió en parte a raíz de la Convención Constitucional de Chile de 2020, que repetía la fórmula "nosotras y nosotros, el pueblo".

Para los habitantes de la isla, la vida de los hermanos Garcés se transforma en la materia prima de un constante cotilleo.

El deber ético de la memoria

Entre otros misterios que envuelven al archipiélago, el pueblo mapuche, que residía en la isla antes de la colonización, creía que las almas de los difuntos cruzaban el mar desde el continente para descansar en Mocha.

Por ello, Montero decidió que los isleños de la novela tengan su propio "cementerio de almas", un espacio solemne para rendir culto al recuerdo cuando no existen cuerpos sepultados.

Confiesa que la idea nació de dos postales reales: un memorial en Brasil dedicado a las víctimas del accidente aéreo de Chapecoense, y las tumbas vacías que los habitantes de la isla de Chiloé levantan para los pescadores que “el mar no devolvió”.

Al constatar que en estos recintos vacíos se percibía el mismo "tiempo pausado" que en un camposanto tradicional, comprendió el peso real de la memoria colectiva.

Mediante esta poética de la ausencia, el autor conecta la ficción con la herida abierta de los desaparecidos de las dictaduras de Argentina, Brasil y Chile.

Para el escritor chileno, ser parte del ejercicio de memoria colectiva es un deber ético de toda la sociedad, porque recordar en conjunto es lo único que mantiene vivas las historias de quienes ya no están. (Ailén Desirée Montes/EFE)