Metáforas agrícolas
La obra Hostos el Sembrador narra la vida de Hostos a través de una serie de metáforas agrícolas: sembrador, semilla, surco, siembra y cosecha.
Ese imaginario vegetal y terroso no era extraño a Juan Bosch. Él procedía de un mundo rural, su lar natal, La Vega, y la República Dominicana de entonces, cuya geografía y población era rural, en su enorme mayoría.
Pero, además —más bien producto de ese ambiente—, como escritor, cuando Bosch produjo esa obra (1939), sus ojos de cuentista, autor de cuentos ambientados en el campo, aún estaban llenos del mundo campesino de sus textos fundamentales escritos antes del exilio: "La mujer", "Dos pesos de agua", "La pájara", "El algarrobo", "El cuchillo", "Camino Real".
Esas obras de ficción están repletas de tierra, campesinos, cultivos, aldeas, agricultores, sembrados, semillas, surcos, siembras y cosechas. Y, por tanto, a Bosch no le fue difícil trasladar las imágenes de sus cuentos a Hostos y su mundo.
Por esas imágenes de tierra, cultivo y fertilidad agrícola viaja la biografía de Hostos, la cual gira en torno a la liberación e independencia de las Antillas, en particular su patria Puerto Rico, y la idea de una federación antillana, una vez liberadas del yugo de España las tres colonias insulares: Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.
Así, en Hostos el Sembrador, la aventura de Hostos, con sus ilusiones, desengaños y altibajos del entusiasmo, se mide por los logros y los fracasos en ese trayecto de la semilla a la cosecha.
En la primera parte, "La semilla", escribe Bosch acerca de Hostos:
"El viajero siente la necesidad de explicarle a aquel hombre que a eso va él a Nueva York, a tomar parte en la expedición; pero teme, de pronto, ser indiscreto. Muchos dolores, muchos fracasos, muchas decepciones le ha costado ser ingenuo, confiar en los demás. Querría hablarle también de la unidad de las Antillas; demostrarle que lo que acaba de decir es cierto. Que Cuba necesita de Puerto Rico; y Puerto Rico, de Cuba; y ambas, de Santo Domingo; y Santo Domingo, de sus hermanas; que todas sus islas juntas pueden y deben formar…"
¡Cuánta emoción en los ojos! Saltan los comentarios; y en los tonos de las voces se adivinan frases optimistas. Tiene 30 años y arde de ilusión para enrolarse en el proyecto de liberación de Puerto Rico, encabezado por Betances.
La segunda parte, "El surco y la siembra", es la metáfora de la madurez, del realismo. Hostos descubre la división entre los independentistas. La situación es compleja, el proyecto de liberar a su patria no sale adelante. Le disgusta dedicarse a escribir cuando aún está pendiente la urgente tarea que no logra concretar:
"Eugenio, sin embargo, no se hallaba contento. Mientras escribía le asaltaba la idea de que su obra era infecunda, que lo digno y lo viril era luchar en Cuba. Le alcanzaban los disgustillos de los emigrados; y algunos sentían celo de la preponderancia que iba él ganando. ¡Ah, los hombres, tan incomprensibles, tan estrechos! De tarde, disgustado, se acercaba a los muelles y dejaba vagar la gris mirada por la confusa lejanía del mar. Tras él estaba Cuba, ¡Cuba! Allí los grandes, los héroes, los hombres que se enfrentaban a la muerte por hacer una patria. Aquellos serían distintos, porque no puede vivir lleno de pequeñeces el hombre que ha de morir de momento, acaso un minuto después. —Mejor estaría allá —se decía en voz baja, mientras los ojos se esforzaban en ganar más distancia por entre la bruma de invierno que iba confundiendo poco a poco mar y cielo."
Hostos debe buscar otros objetivos: más personales sin abandonar el ideal de ver libre a su patria; el surco y la siembra tomarían otro cauce. Reorientarse hacia los proyectos de su moral social y de la Escuela Normal en Santo Domingo y en América del Sur, metas que durante años llevaba en sus alforjas.
La tercera metáfora, "La triste cosecha", última parte de Hostos el Sembrador, está dominada por el pesimismo, la frustración y la incertidumbre. Con 59 años, Hostos se acerca a la vejez y siente que no ha logrado las metas principales tras años de prédicas, infructuosos afanes y desvelos: la libertad de Puerto Rico y la federación antillana.
Todo lo contrario, ahora tiene a la vista un peligro mayor que trata de evitar o por lo menos aminorar: la apropiación de Puerto Rico por EE. UU.
"Mediaba julio de 1898. Veintidós años atrás hacía el mismo camino el hombre que ahora entrecierra los ojos, buscando, en la atmósfera gris que emerge del mar, un signo de la cercana tierra. En aquellos días angustiosos llegaba a Nueva York por tercera vez. ¿Habrá cambiado mucho la ciudad? ¿Será el mismo pueblo laborioso, respetuoso de la libertad ajena, de los principios que establecieron sus fundadores, el que ahora hormiguea en la urbe gigantesca? Sus acorazados bloquean los puertos cubanos y puertorriqueños; pero han de estar allí en son de hermanos liberadores. No puede ser de otra manera. Si esta nación poderosa burlara el espíritu de la democracia que ella misma estableció por vez primera, el rudo golpe acabaría por hundirla."
Aun con esas señales, Hostos cree que Estados Unidos puede venir en ayuda de los libertadores de Cuba y Puerto Rico:
"El viajero repasa sus conclusiones: en cuanto pise tierra, ponerse al habla con la Delegación cubana, para concertar los medios de llevar a cabo lo previsto en el artículo inicial de los Estatutos del Partido Revolucionario; conseguir, mediante convenio, que el Gobierno americano ponga en manos del pueblo puertorriqueño los recursos militares que le hacen falta para derrocar el poder español; facilitar, por la cooperación de los habitantes de la isla, la acción militar libertadora de las fuerzas americanas; crear un organismo político que represente Puerto Rico y que pueda asegurar los derechos del pueblo al respeto y reconocimiento de su soberanía."
Triste desengaño, triste cosecha: la gran nación de la libertad se hizo con Puerto Rico y con parte de Cuba.
El evangelizador
Sin embargo, Hostos no desmayó en sus ideales hasta su muerte en 1903. Su antillanismo se hizo proverbial. Es recordado como el antillanista por antonomasia.
Su misión de evangelizador siguió adelante. Fundó un apostolado en toda América, en particular en Santo Domingo, en torno a ese proyecto mayor.
Entretanto, otros proyectos y afanes como el educativo, el de la fundación de una moral social o el de escritor, metas cumplidas o en tránsito, pero conexas al proyecto de tipo libertario y político, irán completando el perfil y el legado de Hostos como el hombre que con más realizaciones llenó el Caribe hispánico insular en el siglo XIX.
Un evangelizador es un pensador ardiente y esforzado por la transformación procurada a través de la prédica, la acción de su pensamiento y su ejemplo. Ese es el primer rasgo con el que Bosch identifica a Hostos con metáforas agrícolas en Hostos el Sembrador.
Evangelizador, Hostos es como un agricultor, un sembrador, un cultivador. Pero su siembra, que se afianza y expande con laboriosidad y tesón, es de ideales y esperanzas. Él y sus discípulos continuaron proclamando y predicando los proyectos originales.
Su semilla es un embrión fértil que va germinando en la formación de su carácter y sus acciones desde su tierna juventud. Esa fertilidad interna que brota de sus entrañas es la fuerza que hizo de Hostos un hacedor de conciencia, un evangelizador.
En el perfil de pensador, Pedro Henríquez Ureña atribuye a Hostos un temperamento evangelizador. En su conferencia "La utopía de América", pronunciada en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, en 1925, Hostos figura entre los "hombres magistrales, creadores y salvadores de pueblos":
"Por eso hombres magistrales como Sarmiento, como Alberdi, como Bello, como Hostos, son verdaderos creadores o salvadores de pueblos, a veces más que los libertadores de la independencia. Hombres así, obligados a crear hasta sus instrumentos de trabajo, en lugares donde a veces la actividad económica estaba reducida al mínimum de la vida patriarcal, son los verdaderos representativos de nuestro espíritu. Tenemos la costumbre de exigir, hasta al escritor de gabinete, la aptitud magistral: porque la tuvo, fue representativo José Enrique Rodó. Y así se explica que la juventud de hoy, exigente como toda juventud, se ensañe contra aquellos hombres de inteligencia poco amigos de terciar en los problemas que a ella le interesan y en cuya solución pide la ayuda de los maestros. Si el espíritu ha triunfado, en nuestra América, sobre la barbarie interior, no cabe temer que lo rinda la barbarie de afuera. No nos deslumbre el poder ajeno: el poder es siempre efímero. Ensanchemos el campo espiritual: demos el alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno de los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía."
En el ensayo "Patria de la justicia", de Pedro Henríquez Ureña, Hostos figura entre los civilizadores de América:
"No faltaban intentos civilizadores, tales como en el Ecuador las campañas de Juan Montalvo en periódico y libro, en Santo Domingo la prédica y la fundación de escuelas, con Hostos y Salomé Ureña…"
Camila Henríquez Ureña valoraba el cultivo del ensayo por Hostos, como propio de los "directores de pensamiento" en América: "Todos nuestros grandes directores de pensamiento: Montalvo, Hostos, Justo Sierra, González Prada, Varona, Martí, han cultivado el ensayo."
Max Henríquez Ureña alababa al "sabio maestro" por su tripartita doctrina de moral: "Influido en la vieja doctrina que establecía una división tripartita de la moral, el sabio maestro Eugenio María de Hostos escribió una moral natural, una moral individual y una moral social."
Max también valoraba a Hostos como el visionario en las ideas pedagógicas: "Hostos tuvo la gloria de anticiparse a su tiempo en muchas de las ideas pedagógicas que hoy imperan."
Camila no solo destaca al pensador de novedosos principios pedagógicos hasta entonces desconocidos, sino también al armador de las ideas, al aplicador de los principios que concebía: "Hostos concibió y puso en acción ideas pedagógicas y aplicó principios que entonces no se utilizaban, todavía en la práctica y que solo más tarde se han ido implantando en el mundo".
A esos principios se refiere Max en carta a Camila (París, octubre de 1921): "Conozco el sistema porque lo he vivido. Fue el mismo adoptado por mamá al fundar el Instituto de Señoritas, poco tiempo después de establecerse Hostos en Santo Domingo. Ahora bien: ese sistema, que consiste en la aplicación sencilla de los principios intuitivos y de los procedimientos objetivos a la enseñanza, no se encuentra condensado en ninguna obra de Hostos".
Defensa y exaltación del legado de Hostos
Max no cesó, en múltiples ocasiones, de manifestar su adhesión a la obra educativa de Hostos, de cuya orientación pedagógica fue un ardiente defensor. Las palabras que externó en 1931, en el "Informe del Superintendente General sobre la enseñanza de la Sociología", dirigido a Rafael L. Trujillo, presidente de la República, en defensa de la inclusión de la sociología a nivel universitario como materia en los estudios de derecho, fueron el mejor testimonio de ese apego, suyo y de Pedro, en los momentos en que las enseñanzas del maestro puertorriqueño habían sido objeto de tendenciosos cuestionamientos:
"Falsa atribución a Hostos. Se ha invocado en este asunto el nombre de Hostos. La actitud de los estudiantes a ese respecto merece mis mayores simpatías: han creído, aunque erradamente, que en algún sentido se intenta vulnerar la tradición hostosiana, y con plausible ardor se muestran dispuestos a servirle de salvaguardia. Es consolador ese gesto porque desde hace años la organización pedagógica de Hostos, coherente y armónica dentro de un plan nacional, ha sido sistemáticamente reducida a polvo, sin que se levantara dentro del país más que alguna tímida objeción a las reformas que la desnaturalizaron. Cábeme la honra de haber señalado oportunamente, junto con mi hermano Pedro, los males a que de tal suerte exponíamos la enseñanza nacional, pero de nada valió nuestro empeño. Ahora bien: Hostos incluyó la Sociología general (…) dentro del plan de estudios de la enseñanza normalista, porque era donde estaba a su alcance introducir esa ciencia (…); después, no implicaba que a su juicio esa materia no fuera propia de un curso universitario. Nadie puede atribuirle semejante confusión de conceptos."
Los aspectos fundamentales de la pedagogía de Hostos son resaltados y exaltados por Camila Henríquez Ureña en su ensayo "Ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos": "Hostos concibió y puso en acción ideas pedagógicas y aplicó principios que entonces eran desconocidos en la práctica. Fundió con la tendencia científica la observación psicológica, apoyando la enseñanza en el estudio del desarrollo mental de los educandos, desterrando la enseñanza memorista y exigiendo la participación de los alumnos en el aprendizaje".
Los tres hermanos ponderan la contribución de Hostos como el transformador de la educación dominicana. Max expone esa idea de la manera más clara: "Quiero señalar un hecho que por sí solo demuestra el adelanto intelectual de aquel país: la instrucción pública obró con vigoroso impulso en el último cuarto del siglo XIX, siguiendo las inspiraciones de un sabio maestro: Eugenio María de Hostos… sus ideas pedagógicas tan avanzadas en aquel entonces que pocos eran los países que las habían adoptado en el mundo. Hostos organizó la escuela normal de Santo Domingo y reformó la enseñanza…"
Camila evoca la relación de su madre con Hostos en esa gran misión: "…Salomé Ureña colaboró con el ilustre educador Eugenio María de Hostos en la organización de la enseñanza en Santo Domingo."
Max también evoca esa colaboración entre los dos grandes educadores en la gran empresa educativa: "Eugenio María de Hostos …cooperó con Salomé Ureña de Henríquez en la reforma educativa en República Dominicana".
Conociendo ese perfil evangelizador de Hostos, Bosch ideó y seleccionó para su obra las fecundas metáforas agrícolas del título y los subtítulos de Hostos el Sembrador, buscando comunicar el mensaje de la permanente fertilidad en la acción y el pensamiento de Hostos.
Con ellas nos dice que, aunque él no logró su principal ideal, la liberación de su patria, no por eso fracasó. Cumplió a cabalidad su misión evangelizadora.
El mismo Bosch es la prueba de ese logro. Un logro que experimentó y vivió cuando conoció al autor, su obra y su ejemplo.
En la vida de Bosch, Hostos actuó como evangelizador: lo transformó en la profundidad de su ser y su actuación social.
Hostos también representa para Bosch la figura del exitoso agricultor. Del sembrador que lo cultivó. Sembró semillas que cayeron en surcos fecundos en sí y fecundados por sus manos de agricultor, cosechando la siembra de la realización personal y social que necesitaba: la semilla del deber y de su compromiso con el ideal y la causa del pueblo.
En ese sentido, siguiendo el apostolado de Hostos, Bosch también fue un sembrador y un evangelizador.
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