La canción, como manifestación del arte, no siempre es solo una expresión de posibilidades elegantes del lenguaje, sino también la de verdades profundas que atraviesan la historia misma de la condición humana. Cuando la canción alcanza su plenitud deja de ser mero acompañamiento sonoro o desahogo emocional inmediato y se convierte en una forma de pensamiento encarnado, en una arquitectura invisible donde la palabra y la música se conjugan para decir lo que a veces la razón desnuda no logra articular. En ese punto, la canción se aproxima o es en sí misma literatura no por imitación, sino por naturaleza: porque también narra, también simboliza, también interroga; porque no se agota en el oído, porque está hecha para permanecer en la conciencia. En ella la emoción no es superficial, sino una vía de acceso a lo esencial. En este caso, la música la sostiene, la eleva, no se somete al ritmo: lo habita, lo fecunda.

Afirmar, de ciertas canciones, que se trata de manifestaciones literarias es reconocer que hay obras que, aunque cantadas, poseen la densidad simbólica, riqueza expresiva y vocación de trascendencia propia de la poesía. En ellas, el yo íntimo se abre hacia lo universal, y lo circunstancial se torna pregunta eterna. Y esto la hace memoria, pensamiento y destino compartido: deja de ser simple relato emocional e inmediato para convertirse en interrogación ontológica. Un caso singular en este sentido es “¿Adónde van?”, de Silvio Rodríguez. Esta no pregunta por un destino geográfico ni por un tránsito casual, pregunta por el destino último del movimiento humano, por esa deriva silenciosa que atraviesa la vida sin que muchas veces sepamos nombrarla. El “ir” que recorre no es físico: es existencial. Es el desplazamiento del Ser hacia lo desconocido, hacia un horizonte que nunca se deja alcanzar del todo. Ahí radica su dimensión metafísica: en que la pregunta no busca respuesta cerrada, sino que abre un abismo fértil. No se trata de saber adónde van, sino de confrontar el hecho de que vamos, de que estamos arrojados al tiempo, al devenir, a la finitud. La canción, en su versión íntegra, se vuelve entonces una forma de conciencia abismada hacia su propio misterio, como un espejo en el que la humanidad se reconoce en tránsito hacia el enigma de su naturaleza:

¿Adónde van las palabras que no se quedaron? / ¿Adónde van las miradas que un día partieron? / ¿Acaso flotan eternas, / como prisioneras de un ventarrón / o se acurrucan entre las rendijas buscando calor? / ¿Acaso ruedan sobre los cristales / cual gotas de lluvia que quieren pasar? / ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? / ¿Acaso se van? / ¿Y adónde van? /¿Adónde van?… ¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? / ¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? / ¿Por dónde están las angustias / que desde tus ojos saltaron por mí? / ¿Adónde fueron mis palabras sucias / de sangre de abril? / ¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos / que no puedo nunca dejar de alumbrar? / ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? / ¿Acaso se van? / ¿Y adónde van? / ¿Adónde van?… ¿Adónde va lo común, lo de todos los días, / el descalzarse en la puerta, / la mano amiga? / ¿Adónde va la sorpresa / casi cotidiana del atardecer? / ¿Adónde va el mantel de la mesa, / el café de ayer? / ¿Adónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar / ¿Acaso nunca vuelven a ser algo?… ¿Acaso se van? / ¿Y adónde van? / ¿Adónde van? / ¿Y adónde van? /¿Adónde van?

Como se ve, las palabras dejan de ser instrumento y se vuelve pregunta sobre el ser humano: no se trata ya de lo dicho, sino de lo que no logró encarnarse en presencia, de ese residuo invisible de la experiencia humana que no alcanza a fijarse en la realidad y, sin embargo, tampoco desaparece; así, las palabras no dichas y las miradas que partieron quedan suspendidas en una zona intermedia entre la existencia y la nada, como si pertenecieran a una metafísica de lo incompleto. Y esto sugiere que todo lo no realizado, lo que no se dijo, lo que no se sostuvo en el tiempo, adquiere una forma sutil, casi fantasmal: adhiriéndose a la transparencia de la vida como gotas de lluvia que desean atravesar el cristal, para entrelazarse con quien se empine hacia esa insistente interrogativa… Y así, en, ¿acaso se van?, / ¿acaso nunca vuelven a ser algo?, late una inquietud ontológica: si lo no vivido plenamente se pierde o si, por el contrario, persiste como una memoria latente, como una energía suspendida que no cesa de buscar su forma… Más que una pregunta literal, es una meditación sobre la fugacidad de lo clausurado por los sentidos, la incompletud y el destino de lo tangible, donde el silencio no es vacío, sino una forma secreta de permanecer.

Silvio Rodríguez.

En ese preguntar de Silvio, que es más antiguo que el lenguaje, nos arrastra hacia una zona donde las cosas dejan de ser objetos y comienzan a ser huellas de una desaparición continua. Escucharla es asistir al desmantelamiento de lo cotidiano: cada cosa, cada gesto, cada resto de vida se convierte en pregunta, y la pregunta, a su vez, en una forma de intemperie ontológica donde el mundo pierde sus bordes y se vuelve puro tránsito y herida en la memoria al preguntarse, casi con inocencia desolada: “¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?/ ¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?”. En esta parte, se hace obvio que no se trata de objetos perdidos sino de identidades que han mudado sin dejar rastro, como si el tiempo no fuese una línea sino una lenta evaporación de lo vivido. Los zapatos, que alguna vez sostuvieron el peso de un cuerpo, ahora son apenas una pregunta suspendida, las huellas de algo difuso; las hojas, que fueron estación, rumor en la boca del viento, alero para que se diga la sombra, han caído no al suelo, sino a una dimensión donde lo visible ya no alcanza. Aquí la poesía (en cuanto ya no solo es canción) se vuelve arqueología del instante: cada cosa ha sido y, por haber sido, ya no es, pero tampoco desaparece del todo; queda vibrando en ese lugar incierto donde lo perdido insiste en seguir siendo una impresión que nos apela desde su incertidumbre.

Y entonces la canción se vuelve más íntima, más peligrosa en sus latidos, cuando la mirada se desplaza hacia lo afectivo, hacia lo que no se puede tocar sin herirse: “¿Por dónde están las angustias / que desde tus ojos saltaron por mí?”, y en esos versos hay un desplazamiento del dolor que ya no pertenece a nadie, como si las emociones también emigraran, como si la tristeza tuviese su propio destino independiente de quien la sintió: su propio cielo. La angustia no deja de ser: se traslada. No se extingue: cambia de forma. Y así, la canción sugiere que somos apenas estaciones de paso para lo que sentimos, cuerpos donde algo ocurre antes de seguir su camino hacia otro discurrir que desconocemos.

Y más adelante, la pregunta se vuelve histórica, casi política en su trasfondo: “¿Adónde fueron mis palabras / sucias de sangre de abril?”, que no son solo palabras, sino restos de un tiempo convulso, de una memoria colectiva atravesada por la violencia. Aquí la canción deja de ser íntima para volverse coral, pero sin abandonar su tono susurrado: lo que ocurrió, lo que dolió, lo que se dijo en medio de la herida, ¿adónde va cuando el tiempo pasa? ¿Se redime? ¿Se olvida? ¿Se transforma en otra cosa irreconocible? Hay en esta interrogación una sospecha: que la historia no se cierra, que permanece pulsando en formas intangibles, como una corriente subterránea que no cesa, en una altísima frecuencia que no sabemos.

Y entonces el cuestionamiento se expande hacia lo aparentemente trivial, lo doméstico, lo que creemos a salvo del abismo: “¿Adónde va lo común, / lo de todos los días, / el descalzarse en la puerta, / la mano amiga?”, y uno comprende que lo cotidiano es lo más frágil, lo que más fácilmente se pierde sin que nos demos cuenta. La rutina, lejos de ser estabilidad, es un flujo constante de pequeñas desapariciones: cada saludo que no se repite, cada gesto que no vuelve, cada liviano lugar de la añoranza. Incluso “la sorpresa, casi cotidiana del atardecer”, esa belleza que creemos eterna, está también sometida a la pregunta: ¿permanece o se disuelve en otra forma de ser que no podemos reconocer?… Y así, la canción de Silvio Rodríguez no concluye: se queda resonando como una campana en el vacío que creemos lejano, como una pregunta que no se responde porque su función no es responder, sino mantenernos despiertos ante el misterio. 

Todo va hacia algún lugar que no sabemos nombrar, y tal vez la única forma de habitar ese desconocimiento sea seguir preguntando, seguir mirando cómo las cosas se van, los objetos, los afectos, los días, los amigos, y aceptar que en ese irse, en esa fuga constante, también se cifra una forma secreta de permanencia: la de la pregunta misma, que no desaparece, que insiste, que nos sostiene en el borde de lo que nunca terminamos de comprender… Y esto, de esto da cuenta en la interrogante: “¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos / que no puedo nunca dejar de alumbrar?”, porque aquí el yo se reconoce como testigo impotente de una fuga constante. Los cuerpos, que podrían ser recuerdos, afectos, presencias, no se quedan; están siempre yéndose, incluso mientras los nombramos. Alumbrar es aquí un acto inútil y, sin embargo, necesario: iluminar lo que se escapa, sabiendo que la luz no detiene la huida. La canción no propone consuelo; apenas acompaña la desaparición.

El hogar mismo, ese territorio que imaginamos como refugio, se vuelve incierto cuando la canción pregunta por “el mantel de la mesa, / el café de ayer”, como si incluso los objetos más íntimos estuviesen destinados a una deriva silenciosa. No hay aquí nostalgia en el sentido tradicional; hay algo más radical: una conciencia de la impermanencia que no se resuelve en melancolía, sino en asombro. Los “pequeños terribles encantos / que tiene el hogar” son terribles precisamente porque no permanecen, porque su belleza está hecha de las pequeñas eternidades de lo fugaz.

Entonces, la insistencia final, “¿Acaso vuelven a ser algo? / ¿acaso se van?”, no busca respuesta, sino que instala una duda permanente en el corazón de quien escucha. Y es ahí donde la canción alcanza su dimensión más honda: no como una serie de preguntas sobre el destino de las cosas, sino como una revelación de que todo está en tránsito (que nosotros también acontecemos en ese mismo curso del misterio), de que la existencia misma es un ir hacia ninguna parte definida, un fluir sin garantía de retorno ni de permanencia consciente. Preguntar “¿y adónde van?” es, en el fondo, preguntarse por el sentido de ser parte del viaje del universo, del cual, en su imparable danza, tampoco es posible saber hacia donde va.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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