No soy crítico de cine, ni pretendo serlo. 

Escribo desde otro lugar: el de quien se deja atravesar por lo que ve. 

Y esta vez, la experiencia comenzó incluso antes de que se apagara la luz. 

Fue en New York City, en medio de unos días de vacaciones que me han regalado mis hijos. Ellos, con ese gesto silencioso que a veces tienen los afectos verdaderos, me invitaron a un preestreno mundial de la película Michael. 

Había en el ambiente algo más que expectativa. 

No era una sala cualquiera. Tampoco un público cualquiera. 

Era como si todos hubiéramos llegado con una memoria compartida, aunque no nos conociéramos. 

Antes de empezar, la sala tenía su propio lenguaje: el roce de las butacas, el murmullo contenido, alguna risa breve que se apagaba pronto, como si respetara un pacto invisible. Nadie hablaba en voz alta, pero todos parecían decir lo mismo: vamos a encontrarnos con alguien que no está… y sin embargo está. 

Cuando las luces descendieron, el silencio cambió de naturaleza. 

No era ausencia de sonido. 

Era presencia. 

La pantalla encendió. 

Y al principio, como siempre, vimos una película. 

Hasta que dejó de ser solo eso. 

No ocurrió con una escena grandilocuente. 

No hubo un momento diseñado para impresionar. 

Fue un gesto. 

Una pausa. 

Una manera de habitar el cuerpo. 

Ahí ocurrió. 

Ahí no estábamos viendo a un actor. 

Ahí apareció Michael Jackson. 

No como reconstrucción perfecta, sino como resonancia. 

Como si algo esencial, un ritmo interior, una forma de sentir el tiempo y el silencio hubiera atravesado la interpretación de Jaafar Jackson y llegado intacto hasta nosotros. 

Nadie aplaudió. 

Nadie exclamó. 

Pero algo cambió en la respiración colectiva. 

Y ahí comprendí que lo que estaba viendo no podía reducirse a una narración de hechos. 

Michael: cuando la sangre recuerda lo que el arte no puede enseñar 

Más allá de la representación 

Hay películas que se ven. 

Y hay películas que permanecen. 

Michael, dirigida por Antoine Fuqua, no intenta simplemente contar la vida de un artista que transformó la música y la cultura contemporáneas. 

Intenta acercarse a algo más difícil: una presencia. 

Y aquí es donde conviene ser precisos. 

El cine, por más poderoso que sea, no puede capturar completamente a un ser humano, mucho menos a uno como Michael Jackson. Puede acercarse, sugerir, emocionar. Pero nunca abarcarlo del todo. 

Y, sin embargo, en ese límite reside su verdad. 

Esta película no revive a Michael. 

Pero en ciertos momentos, logra algo más honesto: nos hace sentir su ausencia como si fuera presencia. 

La crítica y sus límites 

Se ha dicho que la película es complaciente. 

Que suaviza. 

Que no incomoda lo suficiente. 

Y es posible que, desde los parámetros tradicionales, esa lectura tenga argumentos. 

Pero hay una pregunta que vale la pena hacerse: ¿todo cine debe ser evaluado con las mismas herramientas? 

Porque cuando una obra no busca diseccionar, sino evocar, el problema no siempre está en la película… sino en el tipo de mirada que se le aplica. 

Este no es un retrato clínico. 

Ni un juicio histórico. 

Es una experiencia emocional. 

Y exigirle que funcione como otra cosa es, en cierto modo, no verla. 

El fenómeno Jaafar: más allá de la técnica 

Jaafar Jackson no construye su interpretación desde la imitación. 

Hay algo en su cuerpo que parece anterior al aprendizaje. 

No es solo técnica. 

No es solo estudio. 

Pero tampoco es simplemente “la sangre”, entendida de forma literal. 

Lo que vemos es más complejo: una convivencia, una cercanía, una exposición prolongada a una sensibilidad que termina por habitar el cuerpo. 

Hay gestos que no se enseñan en una academia. 

No porque sean mágicos, sino porque pertenecen a otra forma de transmisión: la experiencia compartida. 

Y eso produce un efecto extraño en el espectador. 

No todo es perfecto. 

Pero lo que aparece… es auténtico. 

La grieta humana 

MTV estrenó los videoclips del disco más vendido, "Thriller", de Michael Jackson, quien aparece en esta fotografía con el maestro Quincy Jones.

La película recorre momentos conocidos: el niño prodigio, el artista revolucionario, el hombre asediado. 

Pero su mayor acierto no está en lo que muestra, sino en lo que deja entrever: 

la dificultad de habitarse a sí mismo. 

Aquí no se intenta explicar a Michael Jackson. 

Se intenta rozar su fragilidad. 

Y eso, en una figura convertida en mito, es quizás el gesto más valiente. 

Memoria encarnada e identidad 

Hay una idea que atraviesa la película, incluso sin declararse: que la cultura no siempre se transmite por enseñanza formal. 

A veces se transmite por cercanía. 

Por convivencia. 

Por repetición invisible. 

Lo que vemos en Jaafar Jackson no es solo una interpretación lograda. 

Es la manifestación de una memoria encarnada. 

Y esa idea va más allá del cine. 

Porque así como un individuo puede portar la huella de otro, también los pueblos cargan en sus cuerpos, en sus gestos, en sus ritmos, en sus silencios la memoria de lo que han sido. 

La identidad no es solo un relato aprendido. 

Es una experiencia vivida que persiste. 

El arte como forma de ausencia 

Tal vez el error sea esperar una obra definitiva. 

Una verdad cerrada. 

Un retrato completo. 

Esta película no ofrece eso. 

Ofrece algo más inquietante: la sensación de que hay vidas que no pueden ser reconstruidas, solo evocadas. 

Y en ese intento imperfecto, irregular, profundamente humano encuentra su valor. 

Porque al final, lo que permanece no es la precisión, ni la aprobación crítica, ni la fidelidad absoluta. 

Lo que queda es otra cosa. 

Una sensación. 

Una presencia que no termina de irse. 

El arte no reconstruye a alguien. 

Apenas roza lo que fue. 

Y a veces -solo a veces- eso basta. 

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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