En 1983, cuando Juan Marichal escuchó su nombre en Cooperstown, no solo entraba un lanzador al Salón de la Fama. Entraba un país entero… uno que todavía no tenía muy claro cómo había llegado hasta ahí.
No había academias como las de hoy. No había estructura. No había un sistema que empujara detrás. Había talento, sí. Disciplina también. Pero sobre todo, había una mezcla de intuición, sacrificio y algo que en Dominicana conocemos bien: fe.
Pasaron 32 años para volver a ver algo parecido. En 2015, Pedro Martínez tomó ese relevo. Y después vinieron Vladimir Guerrero (2018), David Ortiz (2022) y Adrián Beltré (2024).
Y ahí fue cuando algo empezó a sentirse distinto.
No como una sorpresa… sino como una continuidad.
No porque el talento apareciera de repente —ese siempre estuvo ahí—, sino porque finalmente empezamos a entender cómo acompañarlo.
En el cine, la historia fue parecida. Tal vez más silenciosa, pero igual de reveladora.
En los años 40, María Montez brillaba en el Hollywood en tecnicolor. Era una figura imponente, casi mítica. Pero también lejana. Su éxito no venía acompañado de una industria dominicana detrás. No había un camino trazado. Era una estrella… sola.
Luego vino Agliberto Meléndez.
Con una cámara, una historia y —literalmente— un pasaje de ida.
Recorrió festivales. Ganó reconocimiento. Llevó el nombre del país a escenarios donde casi nadie nos esperaba. Pero había un problema: cuando uno miraba hacia atrás, no había nada construido. No había industria. No había continuidad.
Sus logros importaban, sí. Pero también dejaban una sensación incómoda: estábamos avanzando… sin base.
Décadas después, Zoe Saldaña comenzó su camino.
Y lo hizo como muchos dominicanos han hecho las cosas: con talento primero, estructura después —y muchas veces, sin ella.
Sus primeros pasos, incluso en proyectos locales como La maldición del Padre Cardona, hablan de una artista que creció en un momento donde aquí todavía no existía una industria capaz de sostener ese tipo de sueño.
Y aun así, llegó.
Y en 2025, cuando Zoe Saldaña ganó un Óscar, el momento tuvo algo más que celebración. Tuvo peso. Tuvo contexto.
Fue inevitable pensar en Marichal.
Porque así como en 1983 él abrió una puerta que parecía imposible, ese Óscar se sintió como la confirmación de que el dominicano no solo puede llegar… también puede ganar.
Pero el camino entre esos puntos no fue limpio.
Hubo momentos donde parecía que todo iba a arrancar… y no.
En los años 70, bajo el impulso de Charles “Charlie” Bluhdorn, el país empezó a aparecer en el radar con producciones como El Padrino II (1974), Sorcerer (1977) y Pantaleón y las visitadoras (1975).
Por un momento, daba la sensación de que ya estábamos dentro.
Pero no lo estábamos.
El golpe llegó con Havana (1990).
Y ahí se hizo evidente lo que faltaba: orden, reglas, estructura.
Lo que pudo haber consolidado una relación con la industria internacional terminó haciendo lo contrario. Se perdió confianza. Y cuando se pierde confianza en ese nivel, las puertas simplemente se cierran y Hollywood con eso no come cuentos y es bien estricta, su lista negra, a la que permanecimos por mucho tiempo, es tradición en esa industria, es su manera de castigar lo que ellos sienten o consideran que está mal o fuera de las reglas.
En el béisbol, mientras tanto, se vivía otra versión del mismo problema.
La era de los esteroides.
Números impresionantes. Carreras históricas. Pero también dudas. Muchas.
Casos como los de Sammy Sosa y Manny Ramírez quedaron atrapados en ese espacio incómodo donde el talento ya no es suficiente para garantizar el legado.
La lección fue dura… pero necesaria.
El talento, por sí solo, no aguanta el peso del tiempo.
Y entonces —poco a poco, sin hacer mucho ruido— empezó a cambiar todo.
En los años 80, comenzaron a instalarse las academias de MLB en República Dominicana. Equipos como los Dodgers y los Blue Jays empezaron a firmar jóvenes desde los 16 años, a formarlos, a educarlos, a prepararlos no solo para jugar, sino para sostener una carrera.
Por primera vez, el talento tenía acompañamiento.
Tenía proceso.
Tenía futuro.
En el cine, ese cambio llegó con la Ley de Cine 108-10.
Y aunque suene técnico, lo que hizo fue algo bastante simple —y poderoso—: crear condiciones.
Más rodajes.
Más formación.
Más oportunidades.
Hoy, cuando una producción de Netflix o Disney+ llega a Samaná, Juan Dolio o Santo Domingo, no viene a improvisar. Viene a trabajar con gente preparada.
Con dominicanos que saben.
Pero también —y quizás más importante— en los que no vemos.
En los técnicos.
En los que montan luces, corrigen sonido, editan historias.
En los que sostienen cada producción desde atrás.
Se nota en los festivales.
En Cannes, Berlín, Venecia, Sundance.
En cineastas dominicanos que ya no van “a ver qué pasa”, sino a presentar lo que saben hacer.
Casos como el de Nelson Carlo de los Santos Arias, con Pepe, lo dejan claro: ya no estamos tocando la puerta… estamos entrando en la conversación.
Y esa presencia se extiende en dominicanos que están cada día forjando su futuro en otras tierras.
En nuestros representantes frente a la gran pantalla, en figuras y nombre que conocemos y seguimos como Dascha Polanco, Jharrel Jerome, Hemky Madera, Dania Ramírez, Algenis Pérez, Elvis Nolasco, Aimee Carrero, Juani Feliz, Jorge Lendeborg Jr., Manny Pérez.
Y lo mejor de todo es que también los tenemos en la parte técnica donde por solo mencionar algunos recordamos figuras como:
- Oz Rodríguez, ganador del Primetime Emmy (2019), con múltiples nominaciones
- Jessy Terrero, pionero en Hollywood con Soul Plane (2004)
- Ray Hungría, ganador del Emmy (2025) en Nueva York
- Junot Díaz, Premio Pulitzer (2008)
Todo eso empieza a conectar.
Y cambia la sensación.
Porque ahora no se trata de esperar a que aparezca alguien extraordinario.
Se trata de entender que hay muchos en camino.
Así como en 1983 Juan Marichal nos enseñó que se podía llegar a Cooperstown, y en 2025 Zoe Saldaña confirmó que también se puede ganar un Óscar, hoy hay una generación completa creciendo con esa referencia. Ya no como algo lejano, sino como algo posible. Porque por primera vez, no estamos apostando al milagro… estamos construyendo continuidad.
Ahora solo nos queda esperar que Zoe mantenga ese vínculo con la cinematografía dominicana y que, como hizo Juan Marichal con el béisbol, siga abriendo puertas para los que vienen detrás.
Compartir esta nota