El director Kane Parsons, un joven de apenas 20 años, conocido inicialmente por su trabajo en plataformas digitales, representa una nueva generación de cineastas que han transitado del contenido online a la producción cinematográfica con notable fluidez.
Su trayectoria, marcada por una temprana fascinación con los espacios liminales y el horror analógico, le ha permitido llegar al largometraje no como un improvisado, sino como un autor que ya ha ensayado, refinado y viralizado su lenguaje visual a través de los experimentos por el minimalismo narrativo de videojuegos o de las leyendas urbanas nacidas en internet llamadas creepypastas.
En este contexto emerge Backrooms, una obra que no solo capitaliza un fenómeno nacido en internet, sino que lo traduce al lenguaje cinematográfico con una ambición inusual.
El guion desarrollado por Roberto Patino y William Bromell parte de la premisa narrativa en la que una puerta extraña en el sótano de una exposición de muebles conduce a una dimensión paralela la cual funciona como un umbral simbólico entre lo cotidiano y lo siniestro. Este dispositivo, aparentemente simple, permite a la película explorar la banalidad del espacio doméstico convertido en trampa metafísica.
Cuando el empleado de la tienda descubre este extraño espacio se dispara inmediatamente el horror. De esta manera Clark (Chiwetel Ejiofor), y la psicóloga Mary (Renate Reinsve), constituyen el núcleo emocional y conceptual de la película. Clark no es simplemente el detonante del conflicto narrativo, sino la encarnación de la fractura entre realidad y percepción que la película explora.
Por su parte, Mary funciona como el ancla racional del relato, pero también como su vehículo de transformación. A través de su vínculo profesional con Clark, la película articula una progresiva desestabilización de su mirada científica frente a lo inexplicable, pues ella misma pasa de la presunción profesional a la experiencia física y personal.
Lo interesante del filme es su capacidad para expandir y reimaginar el cortometraje original de Parsons sin diluir su esencia introduciendo una estructura más elaborada, incorporando personajes, motivaciones y un arco dramático definido.
El impacto de Backrooms en el panorama del cine de horror actual radica en su capacidad para traducir un fenómeno digital en una experiencia cinematográfica coherente y perturbadora. Parsons podría perfilarse como una voz relevante dentro del cine de terror contemporáneo, capaz de articular un lenguaje propio a partir de su experiencia en el mundo digital.
Quizás no sea una obra perfecta por su decisión de eludir algunas cuestiones fundamentales del género como el privilegiar la atmósfera sobre la progresión narrativa tradicional, lo que implica largas secuencias donde aparentemente “no ocurre nada” en términos argumentales.
No obstante, habrá que esperar como se desarrolla este joven realizador en sus próximas entregas, pues en esta propone una experiencia abierta, donde el espectador debe completar los vacíos, lo que convierte la película en un ejercicio más de interpretación que de narración.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota