La modesta casa parece una encantadora vivienda residencial en las afueras de Santiago de Chile.
La hiedra trepa por la pared que rodea una pintoresca fachada que cuenta con un balcón adornado con flores en espiral.
Detrás de la puerta de hierro forjado hay un patio con palmeras y una vieja higuera retorcida en el jardín.
Parece el epítome de la serenidad, pero las paredes de este lugar guardan recuerdos profundamente inquietantes, ligados al pasado violento de Chile. El viejo árbol de su jardín es un símbolo de cómo algo muy corriente puede ayudar a convertir el horror y el dolor en esperanza y justicia.
De la esperanza al horror
Alejandra Holzapfel recuerda la esperanza y el optimismo que se apoderaron de Chile tras la elección del presidente Salvador Allende en 1970. "Todo el mundo estaba feliz, bailando, gritando", cuenta.
Para estudiantes como ella, la presidencia de Allende representaba la posibilidad de un país totalmente diferente. "Queríamos una sociedad más justa, no un país como el de hoy, donde solo los ricos viven bien y el resto queda olvidado", dice, "pensábamos que las políticas de Allende eran maravillosas".
Motivada por esos ideales, se unió a un movimiento estudiantil de izquierdas.
"Estaba convencida de que tenía que formar parte de esto. No podía quedarme en casa sin hacer nada", afirma.
Al igual que muchos jóvenes activistas, se lanzó a la vida política participando en marchas, pintando murales y viajando al campo para ayudar a los agricultores. Pero el 11 de septiembre de 1973, sus esperanzas de construir una sociedad más justa se vieron frustradas.
"A las ocho de la mañana salí de casa y vi que las calles estaban llenas de soldados", recuerda Holzapfel. Cuando llegó a la universidad, ya se extendían los rumores sobre el destino del presidente.
"Nos subimos al tejado de la universidad y presenciamos el bombardeo del palacio presidencial y lloramos". El golpe de Estado liderado por el general Augusto Pinochet marcó el fin de la democracia y el inicio de una dictadura represiva de la derecha que duró 17 años, hasta 1990.
Golpe de Estado y prisiones secretas
El ejército comenzó a detener a los partidarios del gobierno derrocado. Holzapfel cuenta que buscó refugio de los golpistas en un hospital. Allí, dos mujeres la ayudaron a hacerse pasar por una madre primeriza para evitar que la capturaran. Los soldados la dejaron marchar: "Oye, no te preocupes, no es por ti. Estamos buscando a extremistas".
Pero no lograría escabullirse por mucho tiempo.
Un año después, en diciembre de 1974, llegaron por ella. "Eran las cinco menos cuarto de la mañana. Había cinco hombres fuertemente armados", recuerda. Mientras registraban su casa, Holzapfel se adelantó para proteger a su madre. "Es ella", dijeron los hombres y la agarraron. "Me taparon los ojos con cinta adhesiva. A partir de ese momento, solo podía oír ruidos". Mientras se la llevaban, ella intentaba orientarse en la oscuridad.
Holzapfel fue trasladada a una red de centros de detención secretos, entre ellos uno llamado Villa Grimaldi.
Tras cinco días de tortura, la trasladaron a una casa situada en una tranquila calle residencial de Santiago, donde permanecería en condiciones inimaginables durante las tres semanas siguientes. La casa era gestionada por las autoridades militares chilenas que la llamaban con el inquietante nombre de "Venda Sexy" o "La venda sexy".
Las condiciones allí eran brutales. El apodo inusual y escalofriante se debía a que a los reclusos se les mantenía siempre con los ojos vendados y a que el abuso sexual era una forma habitual de tortura.
En la casa, Holzapfel no podía ver, pero sabía que estaba con otros estudiantes de la universidad.
"Había tres literas… tres o cuatro personas por cama, así que no nos tumbábamos, solo nos sentábamos", cuenta. "Aguantamos. En la segunda planta había dos salas de tortura. La inteligencia militar tenía su base en la sala con balcón. La violencia era sistemática. Llegaban a las ocho y media de la mañana y se marchaban sobre las cinco… Era una violencia terrible". Lo que más la marcó fue la deshumanización. "Todo era bestial, salvaje".
Recuerda que los guardias la llevaron de vuelta a su habitación con una minifalda de lunares blancos y negros. "La ropa estaba tirada por todas partes en la casa de tortura, y los guardias te daban cualquier cosa para que te pusieras".
Para Holzapfel, los interrogatorios llevados a cabo por los guardias no eran solo físicos, sino también psicológicos: algunos fingían ser amables para sonsacarle información.
Aun así, algo más echó raíces en aquella oscuridad: la camaradería.
"Esa solidaridad entre mujeres fue maravillosa… nos dio la fuerza y el valor para resistir. Siempre nos tratamos con amor y amabilidad", afirma Alejandra. Las reclusas se cuidaban unas a otras, forjando vínculos que perdurarían durante décadas.
También hubo breves pero preciosos momentos de respiro cuando le quitaban la venda de los ojos. Holzapfel podía vislumbrar la cotidianidad de la vida, que a sus ojos era extraordinaria. Recordaba una sencilla escalera o, cuando iba al diminuto cuarto de baño debajo de las escaleras y miraba por la pequeña ventana, podía ver una higuera fuera.
Tras tres semanas de tortura, Holzapfel fue trasladada a otros centros de detención y finalmente enviada a Tres Álamos, un centro penitenciario oficial de Santiago donde se le permitió relacionarse con otras reclusas. Allí se ayudaron mutuamente a asimilar sus experiencias y su rehabilitación pudo por fin comenzar. "Creo que fue el lugar más importante para mi recuperación a lo largo de mi vida", afirma.
Entre el exilio y la recuperación
Las mujeres del centro empezaron a hablar abiertamente de lo que les había ocurrido en la casa.
"Llegamos sintiendo vergüenza, por la violación de nuestro cuerpo, que había sido manoseado", cuenta Holzapfel. Poco a poco, al hablar con otras mujeres sobrevivientes, se dio cuenta de que ella no tenía la culpa del abuso.
"La vergüenza que sentía se transformó en ira hacia los agresores. Ya no me sentía avergonzada". Finalmente, Holzapfel fue puesta en libertad con la condición de que abandonara Chile. La enviaron al exilio en Alemania Oriental debido a las conexiones que tenía allí con su difunto padre. Para ella, esta transición fue desorientadora.
"Fue difícil porque me sentía muy sola", dice. El clima también fue un shock. "Cuando llegué a Alemania, todo estaba nevado, todo era frío".
Reconstruyó su vida lo mejor que pudo, casándose y teniendo hijos, aunque reflexiona: "No era un tipo de relación en la que pudiera decir que estaba locamente enamorada. Pensé que tenía que volver a la normalidad".
También habló públicamente sobre lo que estaba sucediendo en su país.
En 1987, regresó a Chile con sus hijos, a medida que la dictadura permitía gradualmente el regreso de los exiliados. Su vida era mucho más tranquila y se centró en sobrevivir. Intentó vender miel, pero tuvo un éxito muy limitado.
"La miel estaba volviendo loca a mi madre porque la casa estaba llena de abejas", cuenta, y añade que los clientes siempre le pedían algo diferente. "¿Tienes Coca-Cola? ¿helado?" Así fue como empecé con una pequeña tienda".
Poco a poco, sin embargo, su pasado empezó a resurgir. Un día, un antiguo compañero de prisión política entró en su tienda y se saludaron con un abrazo. "No fue algo que sucediera de la noche a la mañana. Otros sobrevivientes pasaban a verme o a darme un abrazo".
La resistencia
Poco a poco, Holzapfel se fue reencontrando cada vez más con antiguos reclusos y sus recuerdos compartidos darían lugar a algo más grande.
Años antes, a principios de los años 80, dos abogados defensores de derechos humanos que investigaban lugares de tortura y recopilaban testimonios de sobrevivientes, fueron invitados a cenar a la nueva casa alquilada por un amigo en Santiago.
Cuando llegaron a la casa, comentaron que tenía todas las características que los sobrevivientes habían descrito.
En 1990, le pidieron a Holzapfel que visitara la casa para confirmar si era realmente el lugar donde había soportado aquel infierno.
Reconoció ciertos detalles: la escalera, las habitaciones y una ventana redonda del baño que daba a aquella vieja higuera.
"Entramos y nos abrazamos. Reconocimos la casa".
Pero el reconocimiento tuvo un precio.
"Los recuerdos eran muy dolorosos", dice.
Las mujeres iniciaron una campaña de décadas para recuperar la casa y convertirla en un lugar conmemorativo. En 2023, finalmente lo consiguieron y la casa fue expropiada por el Gobierno chileno y entregada a las sobrevivientes para que la administraran.
Hoy, Holzapfel es la directora del mismo lugar donde una vez estuvo cautiva y fue brutalmente torturada, y que ahora es conocido por su dirección: Irán 3037.
"Ahora, poco a poco, me siento más tranquila, pero al principio fue difícil. Cuando veníamos, pasábamos todo el tiempo fuera antes de atrevernos a entrar y trabajar en una de las habitaciones", dice.
A las mujeres les costó tiempo volver a entrar en la casa, pero la transformación ha sido profunda. "Lo hemos conseguido; hemos vencido al odio".
La casa ya no es un lugar de silencio, sino de testimonio, educación y comunidad. La hija de Holzapfel también colabora como voluntaria.
"Mi hija es muy activa: una compañera, una luchadora". Y cuenta que incluso sus nietos están descubriendo su historia.
Para Holzapfel, el objetivo está claro. "Tenemos que contarle a la gente lo que pasó. Queremos apoyar la justicia y la paz, para que algo tan horrible no vuelva a suceder nunca más en este país".
Su objetivo no es solo recordar, sino "transformar ese lugar de horror en un lugar de luz", y de cosas cotidianas, como flores y árboles.
Basado en un episodio del programa de radio Outlook, del Servicio Mundial de la BBC, con información adicional del equipo de periodismo global de la BBC.
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