Remontémonos a los años 50, cuando internet no era más que una idea lejana y todavía faltaban décadas para que las computadoras se volvieran parte de nuestras vidas.
Todo se escribía a mano o a máquina, y la futura tecla "Suprimir" todavía no era ni un sueño.
Cartas, registros, ensayos o documentos solían requerir impecabilidad; si se cometía un error, sin la posibilidad de corregirlo, simplemente había que volver a escribir la página entera.
En el mundo laboral, ejércitos de secretarias pasaban gran parte de su tiempo mecanografiando, y sus habilidades eran indispensables.
Las exigencias eran puntuales: debían saber escribir con los diez dedos, sin mirar el teclado, y a una velocidad mínima de 35 a 45 palabras por minuto para trabajos básicos de oficina, y más para puestos superiores.
A unas se les daba mejor que a otras, y Bette Nesmith Graham era una de esas otras.
"Mis dedos se volvían pesados sobre el delicado teclado, y antes de darme cuenta ya había cometido un error que dejaba una marca imposible de borrar", recordaría.
Pero se le ocurrió una forma ingeniosa de ocultar sus errores tipográficos.
Su invento encantó, pues no sólo ahorraba papel y tiempo sino también frustración.
Se convirtió en un artículo indispensable en todo el mundo para hacer "correcciones permanentes de errores mecanografiados y escritos, en el hogar, el colegio y la oficina", como decían sus anuncios.
Sin proponérselo, Bette creó un negocio multimillonario.
"Solo intentaba ser una mejor secretaria"
La historia de Bette comienza en 1924. Nació en Dallas, Estados Unidos, y creció amando el dibujo y la pintura, y pensando que sería artista como su madre.
A los 17 años se casó con el soldado Warren Nesmith y al año siguiente tuvo a su hijo, Michael.
Pero tras la Segunda Guerra Mundial, los sueños de Bette empezaron a desmoronarse.
Warren la abandonó, y ella se dio cuenta de que su talento artístico no era suficiente para mantenerla a ella y a su hijo.
Habiendo trabajado como secretaria antes de casarse, Bette consiguió trabajo en el Texas Bank, pero las nuevas máquinas de escribir electrónicas le resultaban complicadas.
Los errores tipográficos se acumulaban pero estaba tan ocupada que no tenía tiempo para volver a aprender a escribir con esa nueva tecnología.
Gracias a su formación artística, Bette sabía que los pintores encubrían sus errores pintando sobre ellos, y se preguntó si ella podría hacer lo mismo.
"Fui a casa, cogí un frasco, puse un poco de pigmento blanco en una solución, añadí otros ingredientes para que penetrara en el papel, llevé mi pincel de acuarela a la oficina y empecé a corregir mis errores de esa manera", contó en una charla en el Rotary Club de Texas en 1977.
"Desde luego, no planeaba inventar un producto para su distribución mundial. Tampoco estaba pensando en una forma de ganar un millón de dólares. Solo intentaba ser mejor secretaria".
La idea funcionó: su jefe no se percató del truco y, cuando les mostró el líquido mágico a sus amigas secretarias, ellas también lo quisieron.
Pero necesitaba mejorar el producto, así que comenzó a experimentar… con resultados desastrosos, como explicó en una entrevista con la North Texas State University.
"Empecé yendo a la biblioteca y buscando la fórmula de la pintura a base de agua al temple, que me pareció una fórmula ideal para pigmentos y soluciones".
Paso seguido, contactó con empresas químicas para solicitar muestras de productos, hasta que llegó la hora de experimentar.
"Preparé la fórmula en mi cocina basándome sólo en mis propios conocimientos… pero claro, no soy química y cometí muchos errores; de hecho en una ocasión se me incendió la cocina".
Finalmente, encontró una fórmula que se secaba rápido y era ignífuga.
Utilizando pequeños frascos de esmalte de uñas, Bette inició su negocio con el producto que llamó "Liquid Paper" (en español, papel líquido).
De mil a 25 millones
Empezó enviándole muestras a revistas de material de oficina y pronto se vio desbordada por la cantidad de respuestas.
"Trabajaba todo el día como secretaria y a veces me quedaba toda la noche contestando el correo", comentó.
Para 1962, Bette vendía alrededor de 1.000 frascos por semana.
Dejó su trabajo y contrató empleados: "Mi mano de obra era mi hijo de 15 años y sus amigos, que trabajaban después de la escuela; les pagaba un dólar la hora".
Trasladó la producción de su cocina a una casa rodante en el jardín trasero, y se casó con su segundo marido, Robert Graham, quien se involucró en el negocio.
"No teníamos representantes de ventas. Viajábamos en auto, nos adentrábamos en una ciudad, cogíamos la guía telefónica y llamábamos a distribuidores de materiales de oficina", detalló.
"En la mayoría de los pequeños negocios las secretarias eran quienes que tomaban las decisiones sobre los suministros de oficina". Y a las secretarias les encantaba Liquid Paper porque les ahorraba tiempo y costosos errores.
En 1965, la empresa contaba con nueve empleados y una línea de producción automatizada; cuatro años después, se mudaron a su primera planta, y dos años más tarde, se internacionalizaron con plantas en Canadá, Bélgica y otros países.
Para 1973, aquella madre soltera que casi destruye su cocina había creado un negocio global, vendiendo 25 millones de botellas al año.
"Corrige tu vida… corrige lo incorregible", decían las propagandas radiales en español.
Pero, mientras el negocio prosperaba, la vida personal de Bette se estaba volviendo a derrumbar.
En 1975, ella y Robert tuvieron un divorcio acrimonioso.
Él intentó expulsarla de la empresa y hasta trató de cambiar la fórmula de Liquid Paper, para quitarle a Bette el derecho a recibir regalías por las ventas futuras, pero ella logró mantener el control.
En 1979, Bette negoció la venta de su empresa a Gillette por una suma enorme para la época: US$47,5 millones (unos US$215 millones de hoy).
Gillette ya era dueña de Tipp-Ex, un producto muy parecido que un empresario alemán, Wolfgang Düring, había desarrollado casi al mismo tiempo independientemente y que había llegado a dominar gran parte del mercado europeo de correctores.
"¡Qué buena idea, mamá!"
"Sé por experiencia que si crees que tu trabajo no te ofrece ninguna oportunidad para innovar o ser creativa, te equivocas… es posible crecer profesionalmente justo donde estás", declaró Bette en su charla en Texas.
En su propia empresa, se aseguró de que hubieran guarderías, bibliotecas y zonas verdes.
Queriendo inspirar a los demás, Bette, quien era una devota Científica Cristiana, utilizó su riqueza para crear fundaciones que apoyan a mujeres en el mundo empresarial y artístico.
"Las mujeres sufren una discriminación terrible. La mayoría de los hombres son ignorantes, realmente no entienden. Así que las mujeres tienen que seguir adelante con su determinación y ser incansables".
A ella hubo un hombre que siempre la apoyó: su hijo Michael Nesmith, quien fue su primer empleado, empacando cajas en la cocina.
Inspirándose en su madre, desarrolló su creatividad a su manera como miembro de la popular banda televisiva y musical The Monkees en la década de 1960.
Aprovechó su fama para darle visibilidad a Liquid Paper.
En una grabación promocional apareció diciendo: "Mientras yo hacía música con The Monkees, una secretaria muy inteligente también estaba creando un éxito número uno: Liquid Paper. Esa secretaria era mi madre. ¡Qué buena idea, mamá!".
"Bette influyó claramente en su hijo Michael, quien llegó a destacar en la industria musical como miembro de la banda The Monkees y fue una figura clave en la producción de los primeros videoclips musicales", le dijo a la BBC Laurie E. Jasinski, de la Asociación Histórica del Estado de Texas.
Agregó que aunque la gente suele pensar en la década de 1950 como una época en la que las mujeres sólo desempeñaban roles tradicionales de ama de casa, muchas trabajaban arduamente tanto en sus respectivas carreras como en casa para el bienestar de sus familias. Y su espíritu emprendedor inspiró a la siguiente generación.
Bette falleció en 1980 a los 56 años, heredándole la mitad de su patrimonio a su hijo y el resto a organizaciones benéficas.
Expresó su deseo de dejar un legado diciendo: "Mi patrimonio se definirá por lo que pueda hacer por los demás. Quiero que mi dinero genere progreso para la gente".
Y, a pesar del auge de las computadoras y la autocorrección, los líquidos correctores aún se encuentran en papelerías… y se venden muchísimo: el mercado global de correctores líquidos y cintas correctoras todavía mueve más de mil millones de dólares al año.
* Este artículo está basado en el episodio "The secretary who made millions from her typos" de la serie Witness History de la BBC, producido con material de archivo de las Colecciones Especiales de la Universidad del Norte de Texas.
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