Todo el mundo habla de las redes sociales y la salud mental. Sobre la ansiedad, la depresión, la soledad y la imagen corporal. Pero casi nadie habla de lo que las redes sociales podrían estar haciendo a la fecundidad.

No a través de las distracciones, las aplicaciones para hacer citas, ni siquiera mediante la queja habitual de que la gente pasa demasiado tiempo con sus teléfonos y no tiene tiempo ni deseo para la intimidad.

Quizás haya algo más profundo.

¿Y si las redes sociales hubieran creado un campo gravitatorio de ideas, aspiraciones y guiones vitales que existen en permanente tensión con la realidad biológica y social? ¿Y si hubieran construido todo un mundo paralelo que se siente más real que la vida misma, un mundo del que los niños están, básicamente, estructuralmente ausentes?

¿Está la gente tomando decisiones reproductivas dentro de ese mundo sin darse cuenta?

La arquitectura de la irrealidad

Consideremos qué hacen realmente las redes sociales.

Conectan a las personas y construyen un flujo continuo de vidas seleccionadas, versiones optimizadas de uno mismo y narrativas aspiracionales que nadie vive en realidad, pero con las que todo el mundo se compara.

La persona que ves viajando por Lisboa con un capuchino perfecto no muestra la deuda de su tarjeta de crédito ni el dolor de sus pies. La mujer que celebra su nuevo título no muestra signos de insomnio. La pareja que publica desde Bali no muestra la discusión que tuvo lugar diez minutos antes de la foto.

Nada de esto es nuevo. Y aunque la gente sepa que no todo puede ser cierto, sí que lo es dentro del universo del reino de las redes sociales. Pero rara vez se extrae la implicación que esto tiene para la fecundidad.

Porque esta arquitectura puede generar envidia e inseguridad. Pero también produce algo más poderoso: un tipo específico de vacío psicológico; la sensación permanente de que tu vida aún no está lista. De que todavía no te has convertido en la versión de ti mismo que merece tomar decisiones irreversibles.

Y tener un hijo es la decisión más irreversible que una persona puede tomar.

La infinidad de opciones frente a la irrevocabilidad de un hijo

Las redes sociales, en efecto, muestran las vidas de otras personas como un indicio de todas las vidas que tú podrías estar viviendo.

Cada vez que deslizas la pantalla te enfrentas a caminos que aún no has tomado. Una carrera profesional en otro país. Un trabajo increíble. Una mudanza a una ciudad nueva. Una relación que parece mucho mejor que la tuya. Una versión de la libertad que nunca has experimentado.

Esto genera lo que podríamos llamar «opcionalidad existencial»: la sensación de que comprometerse con cualquier cosa, como vivir en un lugar determinado, o tener una carrera, una pareja o un hijo, implica cerrar puertas que, según te repiten constantemente las redes sociales, deberían permanecer abiertas.

Y así, la decisión de tener un hijo, que en generaciones anteriores estaba integrada en un conjunto de guiones vitales relativamente estrecho («creces, te casas, te reproduces»), compite ahora con un catálogo infinito de «yos» alternativos; todos ellos visibles, todos ellos cuidadosamente editados para parecer plenamente gratificantes, pero ninguno de los cuales incluye un cochecito de bebé.

El resultado es algo más que simplemente decidir no tener hijos; lo que ocurre es que esas personas nunca llegan al momento en que la decisión les parezca la correcta. La ventana de oportunidad se desplaza continuamente. El umbral de la «preparación» no deja de elevarse. Y la biología no espera a que esto suceda.

El océano de incertidumbres

Hay otro efecto de las redes sociales que nadie diseñó deliberadamente, pero que todos terminamos asimilando.

Generan un ruido de fondo constante: el ruido de la incertidumbre.

Y no se trata de esa incertidumbre productiva, la que te impulsa a planificar o a prepararte para lo que el futuro pueda depararte, sino de esa incertidumbre paralizante que hace que cualquier elección parezca provisional y cualquier compromiso, prematuro.

Porque, si bien las redes sociales te muestran vidas meticulosamente seleccionadas y editadas, al mismo tiempo te inundan de crisis: colapso climático, inestabilidad económica, polarización política, guerras, pandemias… La inteligencia artificial desplazando puestos de trabajo. Mercados inmobiliarios cuyos precios jamás serán asequibles.

Este flujo de información se presenta bajo distintos matices y con grados de urgencia variables. Y son problemas reales, sin duda. Sin embargo, las redes sociales no los presentan como problemas que deban resolverse; los presentan, más bien, como una condición ambiental de la existencia, una interferencia permanente que hace que el futuro resulte inhabitable.

Y en medio de este océano de incertidumbre, ¿se supone que alguien debe decidir traer una nueva vida al mundo? Eso no es indecisión. Esa es una respuesta racional ante un entorno cada vez más diseñado para hacer que la certeza parezca ingenua.

La brecha de género

Existe otra dimensión trascendental. Las redes sociales no afectan a hombres y mujeres de la misma manera. Los empujan en direcciones opuestas, y es en el espacio entre ellos donde la fecundidad se desmorona.

Para las mujeres, las redes sociales han amplificado un mensaje de autosuficiencia radical: independencia financiera, éxito profesional, autonomía corporal y el derecho a rechazar compromisos que las generaciones anteriores de mujeres no tuvieron más remedio que aceptar. Estos son logros legítimos y necesarios. Sin embargo, las redes sociales no los presentan como logros que se integran en una vida que también incluye pareja e hijos, sino como un guion de vida completo en sí mismo.

La maternidad, cuando aparece, puede percibirse como una interrupción, algo que debe defenderse, justificarse y optimizarse, en lugar de considerarse algo central. Y cuando se presenta como una experiencia gozosa, se centra únicamente en el éxito, no en las complejidades diarias de la crianza de un hijo.

El algoritmo de las redes sociales refuerza esta percepción. Una mujer que consume contenido sobre carrera profesional, viajes y desarrollo personal verá más de lo mismo. El algoritmo aprende que su yo ideal no incluye tener hijos y construye un mundo en torno a esa suposición. No porque sea hostil hacia los niños, sino porque los niños podrían no generar compromiso.

Para los hombres, las redes sociales están haciendo algo diferente y, posiblemente, más corrosivo.

Están construyendo todo un ecosistema de identidad masculina completamente desconectado de la relación de pareja. Por un lado, la manósfera ofrece una visión transaccional de las relaciones donde las mujeres son adversarias, el compromiso es una trampa y el interés propio es la única estrategia racional.

Por otro lado, se está produciendo un repliegue más silencioso: los hombres se refugian en los videojuegos, el consumo de contenido, las relaciones parasociales y una especie de pasividad cómoda que nunca genera el impulso relacional necesario para formar una familia.

Las redes sociales han dado a hombres y mujeres razones sofisticadas para no necesitarse mutuamente. Y la reproducción requiere, como mínimo, que dos personas decidan necesitarse para algo que perdure más allá de ambas.

El resultado es un deterioro de las condiciones relacionales que hacen posible la fecundidad.

Consideremos lo que está sucediendo en la práctica. En un número creciente de países, los jóvenes tienen menos citas, menos relaciones sexuales, forman parejas más tarde y confían menos entre sí. Las redes sociales han creado mundos paralelos y mutuamente reforzados de aspiraciones masculinas y femeninas que apenas se superponen.

A las mujeres se les dice que no se conformen. A los hombres se les dice que no se comprometan. Ambos mensajes contienen algo de verdad. Pero las redes sociales eliminan los matices y los amplifican hasta el extremo. A la mujer que desea pareja y una carrera no se le muestra cómo integrar ambas, sino por qué la pareja es opcional. Al hombre que desea formar una familia, pero se siente económicamente insuficiente no se le muestra cómo lograrlo; se le muestra por qué el esfuerzo no vale la pena o es prácticamente imposible de llevar a cabo.

Y entre estos dos mundos creados algorítmicamente, se abre un vacío relacional, no porque el deseo haya desaparecido, ya que la mayoría de las personas encuestadas aún desean pareja e hijos, sino por un vacío de comprensión mutua. Hombres y mujeres cada vez son más incapaces de interpretar las intenciones del otro o la otra, confiar en sus relatos y encontrar un guion compartido para construir una vida juntos.

Es en este vacío donde desaparece la fecundidad.

Porque la decisión de tener un hijo es una decisión relacional. Requiere que dos personas compartan suficientes puntos en común, suficiente confianza, suficiente visión, suficiente disposición a ser vulnerables, para asumir un compromiso irreversible juntos. Y las redes sociales están erosionando sistemáticamente cada uno de esos requisitos.

El vacío filosófico

Pero la fractura entre hombres y mujeres probablemente no sea la capa más profunda. Debajo yace algo más antiguo que las redes sociales también han desmantelado.

Esta es la parte que quizás sea más difícil de expresar.

Sabemos que las redes sociales han cambiado la forma en que la gente ve el mundo. Pero más importante aún es que pueden haber erosionado silenciosamente los fundamentos filosóficos que alguna vez dieron sentido a la reproducción.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, tener hijos no era una elección basada en la aspiración, sino en la supervivencia. Se tenían hijos porque muchos de ellos no sobrevivirían. La mortalidad infantil era tan generalizada que la reproducción era, ante todo, una apuesta contra la muerte, un intento de asegurar que al menos algunos de los hijos llegaran a la edad adulta. Tener hijos estaba inmerso en una narrativa más amplia: religiosa, comunitaria, familiar, nacional. Se tenían hijos porque la continuidad importaba, había que reemplazar a los muertos, la tierra era productiva, el apellido perduraba. Porque el futuro era algo en lo que se participaba, no algo que se consumía en el presente como contenido de redes sociales.

Las redes sociales han sustituido las narrativas anteriores por algo que aparenta tener significado, pero no lo tiene. Me gusta. Seguidores. Interacción. Marca personal. Autooptimización. Bienestar. Productividad. Viajes. Colección de experiencias.

Estas no son cosas malas. Pero ninguna de ellas es indispensable para que una persona se sienta realizada; de hecho, la mayoría de ellas resultan más sencillas sin tener hijos.

Y he aquí la evidencia empírica de que no se trata simplemente de un relato sobre el cambio de preferencias: en la mayoría de los países con baja tasa de fecundidad, las mujeres declaran sistemáticamente que desean tener más hijos de los que realmente tienen. La brecha entre la fecundidad deseada y la realizada no es insignificante; constituye uno de los hallazgos más sólidos de la demografía. Si el deseo, o al menos aquel que somos capaces de medir, no ha desaparecido, es porque algo está impidiendo que ese anhelo se materialice plenamente y se transforme en una decisión. Las redes sociales podrían ser el componente más poderoso, y menos analizado, de ese «algo».

¿Acaso las redes sociales han hecho casi imposible, de entrada, construir una narrativa personal coherente, dado que el algoritmo ha sido diseñado para fragmentar la atención, para redirigir constantemente el deseo y para garantizar que ningún proyecto vital, por sí solo, parezca jamás suficiente?

La hipótesis incómoda

Así pues, he aquí la provocación que plantea este episodio.

¿Y si la bajísima tasa de fecundidad no fuera, fundamentalmente, un problema de índole económica, política o de desigualdad de género —por más que todos estos factores sean relevantes—?

¿Y si se tratara, ante todo, de un problema de naturaleza epistemológica, es decir, de cómo adquirimos el conocimiento?

¿Y si las redes sociales hubieran creado un entorno de conocimiento e informativo tan saturado de narrativas contrapuestas, de aspiraciones artificiales y de una angustia ambiental difusa, que las condiciones psicológicas necesarias para la reproducción se hubieran visto, silenciosamente, aniquiladas?

¿Es la causa que las personas sean egoístas y no deseen tener hijos, o se debe más bien a que las redes sociales han hecho casi imposible sentirse lo suficientemente asentado, lo suficientemente seguro y lo suficientemente presente en la propia vida como para hacerle un hueco a otra vida más?

Las personas no pueden tomar decisiones sobre el futuro cuando el entorno informativo en el que habitan ha tornado ese futuro en algo incognoscible; y ello no se debe tanto a la incertidumbre intrínseca del porvenir, como al hecho de que las herramientas que utilizan para comprenderlo están diseñadas, precisamente, para mantenerlas desorientadas.

El sistema no necesita prohibir la procreación; le basta con mantener a las personas en un estado de suspensión permanente:

Entre el deseo y la disposición.

Entre la aspiración y la realidad.

Entre la vida que están viviendo y la vida que, según el algoritmo, deberían desear.

Y las personas que viven en la suspensión no se reproducen.

Qué significa todo esto

Si esta hipótesis encierra alguna verdad, entonces las respuestas políticas habituales a las que hemos recurrido, tales como los permisos parentales, los subsidios para el cuidado infantil o las ayudas a la vivienda resultan necesarias, sí, pero radicalmente insuficientes.

Porque no es posible resolver una crisis epistemológica mediante un crédito fiscal. No es posible reparar la capacidad de comprometerse con una vida haciendo que esa vida resulte ligeramente más económica.

Una intervención más profunda exigiría algo que casi ningún gobierno ni institución está dispuesto a admitir: que el entorno informativo en el que viven las personas es, en sí mismo, hostil a la reproducción. Que las plataformas que moldean la forma en que miles de millones de personas comprenden sus propias vidas están haciendo que estas, como consecuencia no intencionada, pero estructural, resulten incompatibles con la crianza de hijos.

Esto se debe a que las redes sociales han disuelto el sustrato psicológico sobre el que antaño se cimentaban las decisiones reproductivas, y han fracturado el entramado relacional del que estas dependen.

¿Será que mientras no estemos dispuestos a abordar esta cuestión, la tasa de fecundidad seguirá descendiendo, pues la propia realidad se ha vuelto cada vez más difícil de hallar?

Y, ciertamente, tampoco es posible restaurar la confianza relacional entre hombres y mujeres si nos limitamos a abordar los costos económicos de la crianza, ignorando al mismo tiempo el ecosistema informativo, ese ruido de fondo, esa fuerza gravitatoria de las redes sociales, que los está separando.

No obstante, es probable que tengamos buenas noticias: algunos gobiernos están empezando a intuir esta realidad, aunque todavía no logren articularla en términos estrictamente reproductivos. Australia se ha convertido en el primer país en prohibir el uso de redes sociales a los menores de 16 años. Francia, por su parte, ha restringido el acceso a los menores de 15 años que no cuenten con el consentimiento de sus padres. España, Noruega, Grecia y varios estados de los Estados Unidos avanzan ya hacia la adopción de legislaciones similares.

La justificación esgrimida es la salud mental: la prevención de la ansiedad, la depresión o las autolesiones. Sin embargo, si el argumento expuesto en este ensayo resulta válido, es posible que estas prohibiciones lleguen a lograr algo de mucha mayor trascendencia que la mera protección del bienestar adolescente. Podrían estar preservando las condiciones necesarias para que los futuros adultos logren desarrollar el sustrato psicológico indispensable para la reproducción: la capacidad de mantener una atención sostenida; de tolerar la incertidumbre sin caer en la parálisis; de construir un yo coherente que no dependa de la validación algorítmica; y de forjar lazos de confianza con otra persona sin la constante interferencia de un sinfín de alternativas cuidadosamente seleccionadas.

En otras palabras: prohibir el uso de redes sociales a los menores podría ser la política pronatalista más importante de cuantas existen, si bien ningún gobierno la ha calificado aún como tal.

José Miguel Guzmán

Demógrafo

José Miguel Guzmán se convirtió también en el primer dominicano en obtener un Diploma de Honor como jefe del Área de Población y Desarrollo de la División Técnica del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Previamente a su doctorado, se graduó en Estadística en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y posteriormente hizo una maestría en Demografía en el Centro Latinoamericano de Demografía (Celade), de Costa Rica. Mientras trabajaba en la Cepal, el demógrafo inició, coordinó y promovió la investigación sobre el envejecimiento y sus vínculos con las políticas en América Latina. Guzmán, quien tiene más 27 años de experiencia profesional a nivel internacional en las Naciones Unidas en las áreas de investigación, asistencia técnica y fortalecimiento de las capacidades nacionales en temas de población y desarrollo, obtuvo en 1982 un Doctorado en Demografía en la Universidad de Montreal.

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