La semana pasada fue santa de acuerdo con la tradición católica y la verdad es que, por primera vez en muchos años, me llevó al reconocimiento de cómo la manera en que suelo vivirla es parte de una huella, un sello, que dejaron papá, mamá y el contexto cultural y religioso en que me educaron.

Cuando recuerdo la manera en que pasábamos esta semana en casa en los años 70 y 80 suelen surgir sentimientos encontrados. De pequeñas, por supuesto que disfrutábamos esta semana completa de vacaciones en familia, sin colegio, jugando y comiendo habichuelas con dulce, las mejores de la bolita del mundo, que hacía mi madre. Pero al ir creciendo y hacernos adolescentes y jóvenes, mis hermanas y yo, las cosas no eran tan agradables, ya que estaba prohibido salir a playas y campos en esta semana, lo cual vivíamos como una imposición y, siendo jóvenes, la respuesta natural y esperable era rebelarnos contra estas reglas tan estrictas que nos confinaban por una larguísima semana en casa.

Mis hermanas la tenían más difícil que yo, pues desde los 15 años me integré a grupos de jóvenes de la iglesia católica, convirtiéndose esta semana en la más intensa del año. Además del grupo, yo era parte del coro, lo que implicaba ensayos, preparación y encuentros entre jóvenes que, la verdad, disfrutábamos mucho, representando un factor de protección en mi juventud. La Semana Santa era esperada por la celebración de la Pascua Juvenil, el triduo pascual que iniciaba el jueves con la celebración de la misa festiva del lavatorio de los pies, luego viernes y sábado corridos en actividades, dinámicas, cantos y trabajos grupales que llenaban estos días de amor y entusiasmo. Esta también es una gran impronta en mi vida que se expresa como sensibilidad y compasión por el ser humano y su circunstancia, cualquiera que sea. La misa de Resurrección del sábado era una fiesta que disfrutábamos en hermosa hermandad, hasta la misa del domingo a las 6 de la tarde, que también teníamos que cantar para las personas que perdieron la de la noche anterior. Todo un recorrido intenso que nos dejaba agotadas, pero que por muchos años le dio significado a mi juventud.

Hoy, y desde hace muchos, muchos años, mis semanas santas son tranquilas y en casa; mi espíritu no desea otra cosa que estar en paz y en conexión conmigo. De manera natural y sin pensarlo, reboto invitaciones que, por supuesto, a nivel racional las razones que salen son: «el gentío en todas partes, los accidentes, la bulla y el desorden», que suele dejar cifras de muertes, accidentes e intoxicaciones por alcohol que solo suben y bajan cada año.

Hoy ya no está la prohibición de los adultos ni la intensidad del grupo de jóvenes; ya las actividades no son necesariamente las pautadas por la tradición religiosa, sino por mi alma, que solo busca reconocerse en la intimidad, en la calma, en la paz para no distraerse de sí misma y llegar a la profundidad que ameritan estos años de madurez y sosiego.

Hoy los planes son: correr cada mañana en mi amado parque Mirador del Sur, que me acogió desde los 18 años; leer; dormir; practicar yoga, meditación, oración, silencio; disfrutar la serenidad de mi calle sin tapones o pasear por la ciudad tranquila sin un motorista que se atraviese o que insista con su bocina para que me quite de su camino; cuidar mi jardín; escribir; comer rico de mis propias manos, hornear galletas de semillas o congelar un postre de chocolate negro y dátiles; tomar un café caliente en mi galería o un chocolate de agua con una porción de pastel de zanahorias hecho con amor por una de mis hermanas del grupo de jóvenes que sigue en mi vida, como muchas otras; ir al cine, ver alguna serie o película; hacer baño caliente-frío; saber de mis hijas o reunirnos en familia con el pequeño sobrino nieto para disfrutarlo en tranquilidad.

En fin, un retiro voluntario que me resetea y me conecta con la trascendencia creando, disfrutando y celebrando vida y paz. Y así, el domingo de Gloria salí renovada y resucitada en amor y esperanza de esta reciente Semana Santa.

Solange Inmaculada Alvarado Espaillat

Psicóloga y Terapeuta Familiar

Psicóloga y Terapeuta Familiar en su consultorio privado desde 1999. Directora del Centro de Atención a Sobrevivientes de Violencia de la Procuraduría Fiscal del Distrito Nacional. Autora de dos libros para la Procuraduria Fiscal del Distrito Nacional y una publicación personal: “Violencia contra la Mujer, Modelo de Intervención Integral” “Heroínas en Lienzos, Palabras y Sueños” "Guía Práctica para la Familia Actual, de mi consulta y mis vivencias"

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