Los dominicanos, y muchos ciudadanos de países hermanos, celebramos con infinita alegría la noticia divulgada en la prensa nacional que nos informa que el prestigioso periodista Aníbal de Castro, presidente del Grupo Diario Libre, ha sido seleccionado como ganador del Premio Nacional de Periodismo 2026. Este galardón es otorgado por el Ministerio de Educación de la República Dominicana (Minerd) y el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP).
No cabe duda de que el país ha recibido con orgullo este justo reconocimiento otorgado a Aníbal de Castro, uno de los periodistas más prestigiosos del país, cuyo trabajo de alta calidad y conducta ética constituyen uno de los mejores ejemplos de profesionalidad y ejercicio de ciudadanía responsable, colocándolo, al mismo tiempo, en el más alto sitial entre los profesionales del periodismo en la República Dominicana.
De Aníbal de Castro, si la intención de este trabajo fuera otra, pudiéramos hablar también de los buenos resultados que este hombre de bien ha obtenido en el campo de la diplomacia como servidor público; sin embargo, este es otro capítulo importante de su vida que los dominicanos apreciamos en su justa dimensión.
En nuestra memoria ha quedado registrada, como una fotografía, por más de medio siglo, la imagen de aquel joven y ejemplar periodista. Ambos éramos más jóvenes. Él estaba en la gran ciudad; yo, aún en mi provincia Barahona. Observé siempre que en su participación cuando hablaba en los medios de comunicación era una persona muy cuidadosa. Advertí en él, en sus declaraciones públicas, que guardaba la debida prudencia en todos sus enunciados. Me parecía que era una especie de cirujano que utilizaba cada palabra que salía de sus labios.
Ese es el Aníbal de Castro nuestro «Premio Nacional de Periodismo». Debo decir que sus textos son los mejores modelos para la práctica en la enseñanza de los cursos de redacción.
¡Cosas del destino! Aunque nunca Aníbal y yo habíamos compartido en un acto académico o social, hace poco más de un año él me recibió muy cortésmente en su despacho. Hablamos del mundo académico y de algunos amigos comunes. Ese encuentro constituye para mí uno de los mejores recuerdos de mi vida.
En mi artículo del pasado sábado, sin que supiéramos nada de su futuro reconocimiento, exhortamos a los lectores a que leyeran el trabajo de nuestro galardonado sobre la Semana Santa. Precisamente para que descubrieran la calidad de su pluma y la capacidad de su análisis.
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