El ser una ama de casa tiene su encanto, pero también es una trampa; se está expuesto a que lo sorprendan de la forma más natural del mundo. Es decir, con el pajón, porque uno se preocupa solamente de peinarse después del baño matutino, pero luego con el ajetreo los cabellos toman el lugar que les corresponde, pa’rriba.

Cuando las personas conocen a una ama de casa en un encuentro social, en que están "bien puestas", que no la vean en plena faena en la casa, porque pueden salir huyendo por la sorpresa.

En una oportunidad, hace muchísimos años, mi hermana Araceli fue a bailar con unas amigas; una de ellas se hizo un "levante", como se decía antes cuando se conocía a alguien que le llamaba la atención. Esta amiga estaba impecable, con el pelo muy bien arreglado, un traje precioso… Al otro día ese joven fue a visitarla porque se habían dado la dirección. Tocó la puerta y ella fue quien le abrió; él no la reconoció porque estaba en ropa de casa, limpiando, sin maquillaje y toda sudada. Le preguntó por la joven que buscaba y ella misma le contestó que había salido. Eso quedó en el anecdotario de las amigas.

Yo tenía algunas tías que eran aristocráticas; una de ellas estaba casada con un gerente del Banco Agrícola y estuvo viviendo en diferentes ciudades. En Puerto Plata se hizo muy amiga de una señora de apellido Paiewonsky, de la alta sociedad puertoplateña. Mi tía María Violeta, cuando hablaba de ella, se ponía como "palomita en zinc caliente".

A propósito de esta imagen, en La Vega había una farmacia llamada "San Pancracio"; su dueño se llamaba don Miguel, que, aunque tenía un hijo llamado Pancracio, no le gustaba que le llamaran así. Un día fue una amiga nuestra a la farmacia a comprar algo y le decía "don Pancracio pa’quí, don Pancracio pa’llí"; ella no sabía que estaba cometiendo una imprudencia. Don Miguel fue cogiendo "cuerda", como dicen, y explotó: le dijo que qué diría ella si le dijera que con esas canillas parecía una "palomita en zinc caliente".

Pero don Pancracio… El asunto fue tan lejos que no le despachó nada.

Mi tía-madrina, María Rincón, vivía en La Vega; ella tenía la cualidad de tener un gran sentido del humor y conocía muy bien las relaciones de mi tía María Violeta, que vivió en Puerto Plata y que por trabajo de mi tío Andrés estaba viviendo en La Vega.

En una ocasión le jugó una broma a mi otra tía aristocrática, mi tita Piedad, casada con un destacado ingeniero; esta vivía frente a Casandra Damirón, de quien era muy amiga. Una mañana, la llamó mi tía-madrina por teléfono y le dijo que era la señora Paiewonsky, que venía a visitarla con María Violeta. Tita Piedad no trabajaba, solo dirigía su casa; le gustaba coser, pero era la que "llevaba la bandera de la aristocracia". Esa sí que se puso como palomita en zinc caliente con el anuncio de esa honorable visita. Enseguida se bañó, se puso un buen vestido, hasta se maquilló. Cuando tocaron el timbre ella misma abrió la puerta y se encontró con mi tía-madrina María, la de La Vega; solo pudo decirle: "desgraciada…", porque cayó en la broma.

Con relación a ser ama de casa, también tengo mis vivencias. Parece que soy la cenicienta porque vivo fregando en la cocina. No sé por qué tengo que fregar tanto si vivo sola; en fin, cada amiga que viene a visitarme me encuentra en esa faena.

Mi sobrina Yokasta es una y aprovecho para mencionarla porque cada vez que escribo su nombre lo escribo con "c" y es con "k".

Este pasado lunes recibí una llamada de alguien que me iba a mandar unos libros que me había prometido; me dijo que le mandara la dirección para enviarlos con un mensajero. Lo primero es que tuve que apelar a mi sobrina Darina para que, con un tutorial, pudiera enviar la "ubicación" —oigo que dicen "loqueccion", así—. Tuvo que explicarme qué era eso. Al fin pude, pero temblé. ¿Y si ese señor se le ocurría venir a traerlos él mismo, ya que su trabajo queda cerca de mi casa? Aprovecho y le doy las gracias; hasta dedicados vinieron.

No era para menos, porque quienes me visitan me encuentran con mi "pajón", con mi delantal de jean, toda mojada y "asorá", porque al no avisarme de antemano la visita, me sorprenden y no me da tiempo para engalanarme como mi tita Piedad.

Creo que en vista de que últimamente he sido sorprendida en mi casa por tanta gente, optaré por levantarme con una bata hindú, maquillarme temprano, peinarme y ponerme laca para que los cabellos permanezcan en su sitio, y sentarme en la puerta para no ser sorprendida en ropa de casa.

Pero tampoco es un problema, porque quienes me conocen me quieren como soy y saben que no tengo para nada protocolo.

Sean todos bienvenidos a mi casa.

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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