Requisito

 

No creer a la ligera que la historia depende de individuos excepcionales, al margen de procesos históricos complejos, casi siempre impersonales.

 

Temática

 

Este curso intensivo versa sobre las relaciones últimas entre Estados Unidos de América y la República Popular China. Porque, cuando Donald Trump y Xi Jinping se encuentran, no se enfrentan solamente dos presidentes. Dialogan dos concepciones del tiempo, dos maneras de administrar el poder, dos relatos rivales sobre el futuro del mundo.

 

Trump piensa como negocia Wall Street: presión inmediata, espectáculo, titulares, impacto rápido.

 

Xi razona como actúan las civilizaciones antiguas: paciencia, desgaste y acumulación estratégica.

Pero conviene desconfiar de las metáforas fáciles.

 

Desde hace años, académicos y estrategas observan el ascenso del bólido chino y repiten hasta el cansancio que su predominio es tan inevitable como la caída final de Estados Unidos.

 

Sin embargo, la geopolítica comienza precisamente donde terminan las certezas. Se alimenta de la administración del miedo, del tiempo y de las percepciones, no de consignas morales.

 

La historia no recompensa automáticamente a los ricos ni a los pobres; tampoco a quienes parecen ascender ni a quienes aparentan declinar.

 

Conviene rumiarlo hasta el cansancio: cuanta más incertidumbre, más geopolítica.

 

A la luz de lo anterior, este curso introductorio persigue un objetivo sencillo: descifrar el significado de dos célebres afirmaciones, una de Heráclito y otra del expresidente estadounidense Ronald Reagan. Respectivamente,

 

“La guerra (πόλεμος) es el padre y el rey de todas las cosas. A unos ha hecho dioses y a otros hombres; a unos ha hecho esclavos y a otros libres.”

 

“Es cierto que el trabajo duro nunca ha matado a nadie. Pero pienso: ¿para qué arriesgarse?”

 

Contenido

 

Lección 1. Los imperios no se derrumban: primero se agotan

 

Este es uno de los fenómenos decisivos de nuestra época: China ya no escucha a Estados Unidos como la superpotencia indiscutible del siglo XX.

 

Lo escucha como el eco fatigado de un imperio cansado.

 

Lo que Pekín cree oír es el tañido de la campana que anuncia el ocaso imperial.

 

No es literatura. Es estrategia.

 

Los imperios rara vez colapsan primero en el campo militar. Antes se erosionan financieramente. Después psicológicamente. Finalmente, narrativamente.

 

Ahí es donde China cree identificar la vulnerabilidad estadounidense: polarización extrema, deuda monumental, desgaste institucional, guerras culturales permanentes y aliados cada vez menos convencidos de la consistencia estratégica de Washington.

 

Xi observa a Trump como los antiguos estrategas chinos observaban las inundaciones: no intentan detenerlas de inmediato; esperan que la corriente revele por sí sola sus fracturas.

 

Trump amenaza, negocia, retrocede, vuelve a presionar e improvisa.

 

Xi administra décadas.

 

Uno gobierna dentro del ciclo electoral.

 

El otro dentro del horizonte civilizatorio.

 

Trump necesita titulares.

 

Xi necesita tiempo.

 

Y quizá ahí resida la verdadera asimetría.

 

No en la estructura económica de Marx, capaz de explicar mucho y justificar demasiado.

 

Tampoco en la innovación tecnológica de Schumpeter, capaz de transformar el mundo sin llegar a comprenderlo.

 

Sino en la interacción simultánea de ambas dentro de ese todo aristotélico que siempre resulta más complejo, más resistente y duradero que las narraciones que pretenden explicarlo.

 

Lección 2. El quid del poder mundial está en el cuello del mundo

 

La rivalidad entre Estados Unidos y China ya no gira únicamente en torno al comercio o los aranceles.

 

La disputa real es más profunda: quién diseñará las reglas del siglo XXI.

 

Estados Unidos construyó el orden posterior a 1945: dominio marítimo, dólar, alianzas militares, instituciones globales y supremacía tecnológica.

 

China ya no aspira simplemente a integrarse en ese sistema.

 

Aspira a rediseñarlo desde Asia.

 

Y ahí aparece Taiwán.

 

No como una isla más, sino como uno de los puntos más sensibles del planeta.

 

Para Pekín representa soberanía histórica, legitimidad nacional y reunificación.

 

Para Washington representa credibilidad estratégica, equilibrio regional y supervivencia tecnológica.

 

Taiwán es mucho más que territorio.

 

Es el estrecho por donde pasa una parte decisiva del equilibrio mundial.

 

Por eso la tensión persiste, aunque existan acuerdos comerciales o cumbres diplomáticas.

 

Los aranceles son apenas la epidermis.

 

El conflicto verdadero discurre por debajo: inteligencia artificial, microchips, minerales estratégicos, rutas marítimas, infraestructura digital y control industrial.

 

Todo ello bajo la sombra permanente de la fuerza, ya sea nuclear o convencional, sofisticada o improvisada.

 

La vieja Guerra Fría nuclear está siendo sustituida por una competencia por la capacidad computacional.

 

Quien domine los semiconductores, la inteligencia artificial y las cadenas logísticas tendrá una ventaja decisiva sobre el próximo orden global.

 

Porque, en última instancia, el poder consiste en identificar y controlar los puntos vulnerables del adversario.

 

Lección 3. La Trampa de Tucídides funciona… hasta que deja de funcionar

 

Reducir esta rivalidad a la fórmula “China ascendente versus Estados Unidos decadente” sería una simplificación peligrosa.

 

China también enfrenta problemas profundos.

 

Su población envejece.

 

El desempleo juvenil aumenta.

 

El sector inmobiliario muestra grietas significativas.

 

Y la vigilancia obsesiva del Partido Comunista revela tanto fortaleza como inseguridad.

 

Las entidades estatales que vigilan demasiado suelen desconfiar incluso de sí mismos.

 

Además, China todavía carece de algo que Estados Unidos conserva: una extensa red de alianzas globales.

 

Washington cuenta con socios militares, financieros y tecnológicos repartidos entre Europa y Asia.

 

Pekín dispone de influencia económica, pero no de una red comparable de aliados dispuestos a asumir riesgos estratégicos por ella.

 

Y aquí reaparece Tucídides.

 

Muchos hablan de la famosa “trampa” como si la historia ya hubiese emitido su veredicto.

 

Pero la historia original fue menos predecible de lo que suele recordarse.

 

Esparta, la potencia supuestamente envejecida, derrotó a Atenas.

 

El ascenso no garantiza la victoria.

 

A veces la ansiedad destruye al aspirante.

 

A veces la confianza excesiva acelera la decadencia.

 

Y a veces las potencias se derrumban precisamente cuando creen que la historia les pertenece.

 

China podría sobreestimar la debilidad estadounidense.

 

Estados Unidos podría subestimar la paciencia china.

 

Ambos errores serían peligrosos.

 

Porque el verdadero riesgo de la Trampa de Tucídides no es la inevitabilidad de la guerra.

 

Es que cada actor termine interpretando las acciones defensivas del otro como amenazas existenciales.

 

Washington llama “disuasión” a sus alianzas asiáticas.

 

Pekín las llama “cerco estratégico”.

 

China habla de “reunificación histórica”.

 

Estados Unidos escucha “expansión coercitiva”.

 

Cada lado se considera defensivo y percibe al otro como revisionista.

 

Es entonces cuando las crisis menores pueden convertirse en catástrofes globales.

 

Lección 4. La gente no vota con los discursos

 

Hay algo que el pesimismo geopolítico suele olvidar.

 

Las potencias continúan compitiendo porque el resto del mundo sigue percibiendo valor en aquello que representan.

 

De ahí surge la paradoja final.

 

Mientras numerosos intelectuales anuncian el declive irreversible de Occidente y el ascenso imparable de Asia, millones de personas continúan soñando con emigrar hacia Estados Unidos y Europa.

 

No hacia China.

 

No hacia Rusia.

 

No hacia Irán.

 

No hacia Corea del Norte.

 

No hacia Nicaragua.

 

No hacia Cuba.

 

La gente puede admirar y admira el orden chino.

 

Puede temer y teme el poder ruso.

 

Puede incluso entonar y entona himnos románticos a revoluciones lejanas desde las universidades y las redes sociales occidentales.

 

Pero cuando llega la hora de arriesgar la vida por un futuro mejor, la inmensa mayoría dirige sus pasos hacia democracias imperfectas y no hacia regímenes autoritarios eficientes.

 

Los flujos migratorios dicen cosas que las ideologías prefieren ignorar.

 

La gente no solo decide con el estómago.

 

También decide con los pies.

 

Para muestra, basta un botón.

 

A pesar de sus crisis, sus contradicciones y sus evidentes signos de desgaste, Estados Unidos, Canadá y buena parte de Europa siguen ofreciendo algo que gran parte del mundo no ha logrado sustituir por completo: una expectativa creíble de oportunidad.

 

Eso no significa que Estados Unidos haya ganado definitivamente.

 

Ningún imperio gana para siempre.

 

Pero tampoco significa que China tenga reservado el futuro por derecho hereditario.

 

Desde Corea hasta Afganistán, pasando por Vietnam y Cuba, abundan quienes anuncian desde hace décadas el inminente derrumbe imperial estadounidense.

 

Y, sin embargo, Estados Unidos continúa cayendo sin terminar de caer.

 

Cae, se recupera y vuelve a caer.

 

Pero sigue ahí.

 

Quizá esa sea la principal lección de la geopolítica real.

 

Las potencias rara vez colapsan cuando los analistas lo pronostican.

 

La historia no funciona como Twitter.

 

Los imperios pueden agonizar durante siglos.

 

Roma sigue siendo la referencia obligada.

 

Las revoluciones pueden sobrevivir generaciones enteras, ya sea por la esperanza que inspiran o por el miedo que imponen.

 

Y los adversarios aparentemente agotados suelen conservar reservas invisibles de adaptación, legitimidad y poder.

 

Por eso Xi cree estar presenciando el regreso de la historia.

 

Por eso Trump cree estar negociando un acuerdo.

 

Tal vez ambos tengan parte de razón.

 

Pero hay algo difícil de discutir:

La historia suele castigar a quienes creen comprenderla demasiado pronto.

 

Para combatir tal ingenuidad, existen cursos acelerados como este Curso Introductorio de Geopolítica para Tontos e Ilusos que oferta la Universidad de la Vida.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

Ver más