Hace dos meses, una trabajadora doméstica haitiana me pidió un favor sencillo: ayudarla a comprar un vestido para una boda por internet. No tenía acceso a la aplicación, no sabía cómo hacerlo. Yo estaba por viajar y, sin mala intención pero con esa ligereza que acompaña lo urgente, dejé pasar la solicitud. Se me olvidó.
A mi regreso, faltaban apenas diez días para la boda. Volvió a insistir. Buscamos opciones, calculamos tiempos, asumimos el riesgo. Pedimos el vestido sin ninguna garantía de que llegaría a tiempo. Durante días, seguí el paquete con una mezcla de ansiedad y una cierta culpa tardía.
El jueves, nada. El viernes, retenido en aduanas. Llamé incluso a la empresa de mensajería para asegurarme de que lo entregarían antes del mediodía del sábado, antes de la ceremonia. Finalmente llegó. Se lo entregué. Ella saltaba de alegría, lo probó, era un 4XX, le quedaba más o menos bien, le gustó; yo respiraba aliviada, con la sensación de haber reparado un pequeño descuido.
Quince minutos después, el teléfono.
—Doña… no hay matrimonio. Se llevaron a la novia.
Llanto. Confusión. La iglesia decorada. Los invitados. El vestido recién llegado.
No supe qué decir. Apenas atiné a una frase absurda, práctica, casi fuera de lugar: "Bueno… así tienes tiempo de hacerle el arreglo al vestido".
Esa misma noche, cerca de las once, volvió a llamar. Esta vez con una alegría contenida:
—Habrá boda… pero mañana en la noche. ¡No se perderá la decoración de la iglesia!
—¿Y cómo?
—No la deportaron, Doña. Ahora vuelve desde Dajabón…
Y luego, como una conclusión que lo resume todo:
—Ay, Doña… el dinero lo puede todo.
En pocas horas, esta historia atravesó todos los registros: la ilusión, el olvido, la culpa, la urgencia, la alegría, el alivio, y el absurdo. Pero también dejó al descubierto algo más profundo: la fragilidad extrema de ciertas vidas frente a un sistema que opera sin matices.
No se trata aquí de negar el derecho del Estado a regular la migración. Se trata de preguntarse cómo se ejerce ese control. ¿Qué tipo de lógica permite que una mujer sea detenida y deportada el mismo día de su boda? ¿Qué mirada sobre el otro hace posible que la vida íntima, los vínculos, los proyectos más básicos —como casarse— queden suspendidos por una decisión administrativa ejecutada sin criterio de proporcionalidad?
Todo listo para la ceremonia: una iglesia decorada, una comunidad reunida, un evento esperado. Y, sin embargo, la ausencia central: la novia, convertida de un momento a otro en "caso migratorio".
En la República Dominicana de hoy, marcada por un endurecimiento de las políticas migratorias, estas situaciones dejan de ser excepcionales para convertirse en parte de una normalidad inquietante. Una normalidad donde el miedo circula, donde acudir a un hospital, moverse por la ciudad o, simplemente, celebrar un acontecimiento familiar puede implicar un riesgo.
Lo más perturbador no es solo el hecho en sí, sino la rapidez con la que todo se reacomoda. La solución no es cuestionar el sistema, sino adaptarse a él: reprogramar la boda, cruzar por Dajabón, movilizar recursos que no se tiene. Soltar 25,000 pesos a un corrupto que a este ritmo gana más que un ministro. Seguir adelante.
"El dinero lo puede todo", me dijo. Más que una constatación, era una forma de sobrevivir a lo incomprensible.
El vestido llegó a tiempo. La novia no. Y, sin embargo, hubo boda.
Esa es, quizás, una imagen de nuestro tiempo: una sociedad capaz de continuar, de reorganizarse, de encontrar soluciones prácticas… incluso cuando lo que debería ser cuestionado permanece intacto.
Porque una sociedad no se mide solo por sus leyes, sino por los límites que decide no cruzar.
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