
P. Morley, Retrato de Yves Klein, 1961
El 23 de enero de 1957 en la Galería Iris Clert en París ocurrió algo inusitado. Después de repartir las invitaciones azules y lanzar al cielo 1001 globos también azules se inauguró la exposición Proposte Monocrome, Epoca Blu del hasta entonces poco conocido artista francés Yves Klein (1928-1962). Ante los ojos del desconcertado público se presentaron superficies monocromas sin composición, sin figuras, sin narrativa reconocible, solo el azul intenso. Su autor no buscaba un efecto decorativo, tampoco quería provocar. Frente a este azul infinito no había nada que interpretar, el color, en sí mismo, era la obra. El impacto inicial se debía sobre todo a la extrañeza de semejante propuesta creativa, los críticos y los espectadores quedaron perplejos, no sabían cómo reaccionar. Pocas ideas fueron tan radicales y, al mismo tiempo, tan aparentemente simples en la historia del arte del siglo XX. En una época marcada por el auge del consumismo y la expansión de la cultura visual, Klein propuso una alternativa radical: un arte que no representa lo material, sino que apunta a lo invisible.
Pero la novedad no era solamente formal. Yves Klein logró resolver uno de los más grandes problemas técnicos de la pintura. El azul de ultramar, el pigmento más apreciado del arte europeo de los siglos XIV-XVIII, se obtenía de lapislázuli, un mineral que se extraía de las montañas de Afganistán. Su rareza y el costo de importación lo convirtieron en un producto más caro que el oro. Sin embargo, su tonalidad vibrante se opacaba cuando los cuadros se cubrían con fijadores para proteger su superficie. Klein quiso encontrar la manera de fijar el pigmento sin que esto afectara su intensidad. Junto con Edouard Adam, propietario de una tienda de pinturas, utilizaron una resina sintética transparente que no alteraba la tonalidad. En 1960 registró oficialmente la fórmula bajo el nombre del International Klein Blue (IKB), que sobrepasó la cualidad de un tono específico de azul y se convirtió en una declaración estética, una búsqueda espiritual y una redefinición de lo que puede ser una obra de arte.

Y. Klein, IKB 191, 1962
Klein estaba convencido de que el azul era el color más cercano a lo inmaterial, según sus propias palabras, es «lo más abstracto de lo visible». Es el color de lo infinito, está en el cielo, en el mar, en lo inalcanzable, por eso afirmaba que sus monocromos eran «zonas de sensibilidad», eran un medio para pensar en lo invisible, para suspender al espectador en un estado previo al lenguaje, donde la percepción se desliga de las referencias habituales. No se trataba de una preferencia cromática convencional sino de una convicción casi mística.
Desde la adolescencia tuvo la fascinación por el azul. Un día, estando en la playa con dos amigos, decidieron dividir el mundo entre ellos. Uno eligió la tierra, otro, las palabras. Klein, tumbado bocarriba sobre la arena, después de mirar durante un rato el cielo tomó la decisión. «El cielo azul es mi primera obra de arte», dijo y movió la mano como si estuviera firmando su primera y más grande creación.
Desde finales de la década de 1950 Klein comenzó a desarrollar una relación profundamente personal con el azul. El IKB invadió su universo, aparecía en lienzos, esculturas, en salas vacías, invariablemente intenso, saturado, profundo, absorbiendo la mirada del espectador y confrontándolo con una sensación física de lo infinito. Experimentó mucho más con la manera de aplicación del color. Desde colocar la pintura sobre la superficie y dejar que el color encuentre su propia forma hasta experimentar con esponjas y rodillos; desde sacar el lienzo cubierto de pintura por el techo de su carro mientras lo conducía a más de 100 kilómetros por hora para «grabar» las huellas de la lluvia, el viento, el calor y el frío hasta recurrir a los cuerpos femeninos, «pinceles humanos» como los llamaba, para crear las antropometrías. Bajo su supervisión las modelos se untaban el torso y las piernas con IKB para luego imprimir las siluetas sobre el lienzo. La creación final resultaba dual: presentaba al mismo tiempo, materia y espíritu, cuerpo y vacío, existencia y ausencia.

Y. Klein, Antropometría, c. 1960
Entre las aproximadamente doscientas antropometrías creadas en el transcurso de dos años el performance más notorio tuvo lugar en marzo de 1960, durante la inauguración de su exposición Antropometrías de la Época Azul. Klein, vestido con un traje formal, dirigía la acción de modelos desnudas cubiertas de la pintura IKB, mientras una pequeña orquesta tocaba su Sinfonía monótona, que consistía en el sonido de una sola nota sostenido durante veinte minutos seguidos por otros veinte minutos de silencio.

Antropometrías de la Época Azul
Las ideas minimalistas lo llevaron aún más lejos. Sus Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial eran espacios vacíos vendidos a cambio de oro. Insinuaba que la pureza del vacío solo se puede intercambiar por igual con el más puro de los materiales: el oro. El acto adquiría una coherencia conceptual: no se trataba de una simple venta, sino de un intercambio simbólico entre el valor material y la esencia inmaterial del arte. Al finalizar la venta, el comprador debía quemar su recibo en una ceremonia pública, mientras Klein arrojaba el oro al río Sena.
En 1960, un año antes del primer vuelo humano al espacio exterior, Yves Klein saltó al vacío. Se trataba de una foto en la que el artista se arrojaba desde el techo de una casa en una calle estrecha en las afueras de París. En realidad se trató de un fotomontaje realizado por los fotógrafos Harry Shunk y János Kender. La foto fue publicada en el periódico Dimanche con el titular «¡Un hombre en el espacio! ¡El pintor del espacio se tira al vacío!» y acompañada por el texto del propio Klein: «Soy el pintor del espacio. No soy un pintor abstracto sino, al contrario, un artista figurativo, y realista. Seamos honestos… para pintar el espacio he de ponerme en situación. He de estar en el espacio».

H. Shunk, J. Kender, Salto al vacío, 1960
La obra entera de Yves Klein puede leerse como este instante detenido, un pacto entre el control y el abismo. Sufrió tres infartos, uno tras otro, dos en mayo y el tercero, letal, el 6 de junio de 1962. Tenía apenas 34 años. Este desenlace prematuro y repentino ha reforzado la interpretación casi mítica de su vida que, como su propio salto, parece suspendida en un instante. Yves Klein fue un artista que buscó lo eterno a través de lo efímero, que convirtió el vacío en un espacio pleno y la caída en una ascensión.
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