El tema de la cooperación no es solo un dispositivo humano; también lo encontramos en los animales no humanos que viven en grupo, como nosotros, y que mediante ella obtienen buenos beneficios para el desarrollo de la vida, la búsqueda de alimentos y la protección entre sus miembros. En el contexto de la cooperación encontramos varios elementos que la integran: uno de ellos es el altruismo, además de la reciprocidad, la comunicación y el sentido del amor. Estos elementos también se comparten con otras especies, aunque algunas no incluyan el amor entre los mamíferos no humanos.

Esto, para mí, es complejo, porque he sentido amor entre mis gatos y perros conmigo e, incluso, hasta con una gallina que logre criar en mi patio. El amor es esa impresión que nos liga con el otro, en un fluir de signos que se inscribe en nuestro cuerpo, en el deseo o en una memoria; huellas de sentidos, fuerza metapsicológica que se adhiere a un presente y a los sueños del porvenir.

No existe autoridad mayor que la fuerza del amor para poder descifrar ese «aún» que está entre los complejos lingüísticos del inconsciente y en esos archivos psíquicos que nos hablan de esa autoridad irreprimible de lo que nos acerca al otro. En la cooperación como principio humano se necesitan los lazos irreparables del amor. El uno sin el otro no cabe en los archivos cifrados de la cooperación.

Freud actúa con prudencia cuando habla de los episodios amorosos que empujan a una crisis del vivir consigo mismo y de las fantasías que se relacionan con la intimidad y ese algo irreal que conforma los episodios amorosos entre los sujetos. Recordé el planteamiento del mencionado analista sobre la ideologización amorosa y la teorización sobre la pulsión de muerte. Decía que el amor se mueve entre la fluctuación de la pulsión de vida y de la muerte.

Los humanos, por lo regular, se mueven en esa pasión ardorosa y dual, eso que se llega a llamar, en el análisis casero de Lou Andreas-Salomé, los sueños de posesión del hombre. Lou nos dice que los hombres desean tener una cortesana, la cual psíquicamente se mira como una esclava de su sexo. Esa mujer libre e imaginada se ve mágicamente como una devoradora de hombres, la cual tendrá una intensa sexualidad que se expresa en lo onírico como las pesadillas que pueblan las noches de muchos hombres.

De ahí que no mirará el amor como algo dulce, donde se establece la cooperación. Más bien, Lou Andreas-Salomé plantea que la tragedia mueve las relaciones entre los humanos, pues existe una paradoja: hay un problema con el amor, ya que toda pasión amorosa entre las personas está marcada por una unión que se enlaza con un abandono, el cual es profundamente egoísta. Entonces, ¿es posible la cooperación o simplemente se inscribe en el sentido de una derrota?

Yo apelo al acto fallido como discurso logrado mediante la interrupción de un posible lenguaje vacío. Si la cooperación se ha convertido en un obstáculo para los seres humanos por el egoísmo mismo de la especie que la desea, pero la ignora, Freud decía que no hay mejor salida que encontrarse con los obstáculos, pues estos son los aliados del psicoanálisis, dado que la falta impulsa a ser interpelado como sujeto y no manipulado como objeto, como cuerpo cosificado.

Para entender el drama de si es posible la cooperación entre nosotros y romper la violencia, la envidia, la rabia y la vergüenza de la guerra entre los seres humanos, hay que volver a pensar en el drama de Eurídice y Orfeo. Ella simplemente le indica el camino, pero no a la luz, porque sabe que sus palabras no obrarán en Orfeo; más bien, le indica el camino a la inversa, pues considera que solo eso que es, a un tiempo, incansable, por igual este es  inabandonable, es el lugar de los orígenes.

En ese espacio podemos vernos y darnos cuenta de la etiología del drama humano, pues toda figura idealizada, ya sea un líder todopoderoso, como esos que circulan hoy día por los rincones del planeta, o un personaje de la común, atraviesa un conflicto en el «¿adónde vamos?». Este conflicto motiva diversas interferencias para resolver este asunto geográfico. Unos renunciarán a la competición y se marcharán; otros defenderán, con uñas y dientes, si los tienen, ese gozo imaginario de lo imposible.

La demanda de amor y cooperación entra en la misma bandada de pájaros, o lo hace por medio de la valoración de sí mismo, como reabastecimiento narcisista, o utiliza el canal del sometimiento en esa vieja figurilla del amo o el esclavo. Tenemos que rasgar el velo de la hipocresía y dirigir el camino hacia la pulsión de vida, rompiendo todos esos vínculos cruzados de odios y venganzas, porque de la mentira una se muere.

Atravesar la tierra desolada de esos teatros de crueldades es el medio donde se encuentra el fundamento de la manifestación simbólica, la cual consiste en desarticular la tradición a través de una genealogía y construirse un pasado y un futuro.

El drama humano no es condenarse a una rebelión individual y patológica. Es encarar el amor y la cooperación entre los humanos con fines pacíficos, aceptando las complicidades del deseo y los imaginarios en el marco de una elaboración cultural que reformule lo colectivo, los códigos de comunicación, las relaciones de reciprocidad y las nuevas construcciones que derroten al individualismo.

Reencontrarse en el camino será el canal que anticipe un cortejo en condiciones ecológicas y amorosas para construir puentes de cooperación entre todas las especies que existimos en este bello planeta Tierra.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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