Hay conferencias que uno disfruta y luego olvida. Otras dejan una pregunta que lo acompaña durante años.
Eso me ocurrió en noviembre de 2024, durante el Congreso Internacional de la Sociedad Civil, organizado por el Centro Nacional de Fomento y Promoción de las Asociaciones sin Fines de Lucro (CASFL), con el auspicio del Banco Mundial. Uno de los conferencistas, el doctor Lucas Welter, explicaba el papel del voluntariado en el desarrollo de las naciones cuando planteó una idea que desde entonces no he podido soltar: el voluntariado no solo beneficia a quienes reciben ayuda; también fortalece el capital social de un país.
Hasta ese momento yo había defendido el voluntariado principalmente por sus efectos directos: transforma vidas, desarrolla liderazgo, crea oportunidades para los jóvenes y fortalece organizaciones como AFS, a la que he dedicado gran parte de mi vida profesional. Aquella conferencia me obligó a mirar el fenómeno desde otro ángulo. ¿Y si su verdadero aporte no fuera únicamente resolver problemas puntuales, sino fortalecer la capacidad de una sociedad para confiar, cooperar y actuar unida?
En los últimos años hemos debatido, con razón, cómo duplicar el tamaño de nuestra economía. Quizás haya llegado también el momento de preguntarnos cómo fortalecer el patrimonio que hace posible que esa riqueza se traduzca en instituciones más confiables, comunidades más cohesionadas y una ciudadanía más comprometida. Se puede crecer en producto interno bruto y, al mismo tiempo, perder la capacidad de confiar y cooperar. Son procesos distintos, y solo medimos el primero.
Salí de aquella conferencia con más preguntas que respuestas. Durante los meses siguientes seguí leyendo sobre el tema, conversando con colegas y tratando de entender por qué sociedades con niveles similares de riqueza obtenían resultados tan distintos en confianza, estabilidad y participación ciudadana. Poco a poco comprendí que todas esas piezas apuntaban hacia un mismo concepto.
Los países con mayores niveles de confianza interpersonal, participación ciudadana y colaboración entre sectores tienden a ser también sociedades más estables, más resilientes y con instituciones más sólidas. No es casualidad que muchos de ellos encabecen también los indicadores de bienestar, competitividad y calidad democrática.
Detrás de todos esos factores existe un concepto que economistas, sociólogos y organismos internacionales llevan décadas estudiando: el capital social.
No se trata del capital de una empresa ni del capital humano de una nación. El capital social es el conjunto de relaciones de confianza, normas de cooperación y redes de colaboración que permiten que una sociedad funcione mejor. Es aquello que hace posible que personas que no se conocen decidan trabajar juntas para resolver un problema común.
Quizás resulte difícil verlo precisamente porque funciona como el aire: solo percibimos su importancia cuando empieza a faltar. Cuando los ciudadanos desconfían unos de otros, cuando las organizaciones trabajan aisladas, cuando el diálogo se sustituye por la confrontación permanente o cuando las instituciones pierden credibilidad, el capital social se deteriora. Y con él también se debilitan la democracia, el desarrollo económico y la convivencia.
Solo entonces comprendí que, sin haberlo planeado, llevaba meses escribiendo sobre el mismo tema desde distintos ángulos. Mis artículos sobre ciudadanía global, voluntariado, filantropía, confianza y sociedad civil no hablaban de asuntos distintos; hablaban del mismo desafío: cómo fortalecer el capital social de la República Dominicana.
De ahí surgió una pregunta distinta. Si medimos el crecimiento económico, la inflación, el desempleo, la pobreza, el desempeño educativo e incluso la percepción de corrupción, ¿por qué no medimos también el estado de nuestro capital social?
El más reciente Latinobarómetro (2024) ofrece una señal de lo que hoy podemos medir. La confianza de los dominicanos en los partidos políticos alcanza un 28 %, por encima del promedio regional de 17 % y entre las más altas de América Latina. Es un dato alentador, pero insuficiente. No sabemos si esa confianza institucional convive con niveles similares de confianza interpersonal, participación comunitaria, voluntariado o disposición a colaborar con desconocidos. Ese es precisamente el vacío que un índice nacional podría empezar a llenar.
Después de todo, aquello que un país decide medir termina influyendo en aquello que decide mejorar.
Propongo la creación de un Índice Nacional de Capital Social que permita conocer, año tras año, cómo evoluciona la confianza entre los dominicanos, la participación en organizaciones sociales, el voluntariado, las donaciones, la colaboración entre sectores y la confianza en las instituciones.
Un instrumento de este tipo podría incluir, por ejemplo, el porcentaje de dominicanos que participó en alguna organización comunitaria durante el último año, el nivel de confianza declarado hacia las instituciones, la proporción de personas dispuestas a colaborar con desconocidos en una causa común y la tasa de donación de tiempo o recursos a causas colectivas. Cuatro indicadores bastarían para empezar a hacer visible un activo que hoy permanece prácticamente invisible para nuestras estadísticas nacionales.
No habría que inventar el concepto. El capital social lleva décadas siendo estudiado por investigadores como Robert Putnam y Elinor Ostrom. Sus trabajos demostraron que la confianza, la cooperación y las redes comunitarias no son únicamente valores sociales; también explican la fortaleza de las instituciones y la capacidad de las comunidades para resolver problemas colectivos. Organismos como el Banco Mundial, la OCDE y el PNUD han desarrollado investigaciones adicionales sobre confianza, cohesión social y participación ciudadana. Lo novedoso sería que la República Dominicana construyera un instrumento propio, adaptado a su realidad y pensado para orientar políticas públicas.
Un esfuerzo de esta naturaleza podría ser liderado por la Oficina Nacional de Estadística, en alianza con universidades, centros de investigación, organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales con experiencia en la materia. No sería un ejercicio estadístico más. Sería una herramienta para orientar decisiones públicas, evaluar si estamos construyendo una sociedad más cohesionada o más fragmentada y conocer qué políticas fortalecen realmente la confianza entre los ciudadanos.
Así como hoy esperamos los informes sobre inflación, empleo o crecimiento económico, algún día podríamos esperar también un informe periódico sobre el estado del capital social de la República Dominicana.
Un índice como este permitiría identificar territorios donde la confianza institucional se deteriora, provincias con menor participación ciudadana o sectores donde la colaboración necesita fortalecerse. También ayudaría a evaluar el impacto de políticas públicas relacionadas con el voluntariado, la filantropía, la participación comunitaria o el fortalecimiento de las organizaciones sociales. En definitiva, dejaríamos de hablar de cohesión social como un concepto abstracto para empezar a gestionarla como un activo estratégico del desarrollo nacional.
Este enfoque también cambia la manera de entender los derechos humanos. Solemos asociarlos exclusivamente a leyes, tribunales o tratados internacionales. Sin embargo, una sociedad donde las personas confían unas en otras, participan, dialogan y colaboran ofrece un terreno mucho más fértil para que esos derechos puedan ejercerse plenamente. La dignidad humana depende de un marco jurídico sólido, pero también de la calidad de las relaciones que construimos como sociedad.
La República Dominicana vive un momento interesante. Hemos demostrado capacidad para dialogar sobre temas complejos y vemos crecer el voluntariado, la filantropía, la responsabilidad social empresarial y la participación ciudadana. Son señales alentadoras. Lo que todavía no sabemos es si avanzamos lo suficiente ni en qué dirección.
Quizás el mayor patrimonio de una nación no sea el que aparece en sus cuentas nacionales, sino el que existe entre sus ciudadanos. Ese patrimonio tiene un nombre: capital social.
Las sociedades no prosperan únicamente por lo que producen. Prosperan, sobre todo, por la confianza que son capaces de construir.
Quizás haya llegado el momento de empezar a medir esa confianza.
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