Siempre he sostenido que la vulnerabilidad social no es solo una condición económica: es un factor determinante en la construcción del mundo emocional. En la República Dominicana muchos niños, niñas y adolescentes (NNA) viven una infancia marcada por la pobreza, la inseguridad, el hacinamiento, la violencia intrafamiliar y barrial y la malnutrición, factores que configuran desde muy temprano su manera de sentir, de vincularse y de percibirse a sí mismos.
La evidencia más reciente revela una realidad inquietante: el país no sabe cuántos NNA padecen actualmente algún trastorno de salud mental. No hay estadísticas claras ni un sistema unificado de registro que permita dimensionar el problema o diseñar políticas públicas eficaces para esta poblacion específica. Esta ausencia de datos invisibiliza el sufrimiento y retrasa la acción.
Este vacío institucional se suma a una cultura del maltrato infantil que persiste dentro de muchos hogares dominicanos. Se manifiesta, a veces, a través de golpes; pero también adopta la forma del abandono, de la ausencia cotidiana.
En casi cada familia en situación de vulnerabilidad hay alguien que vive fuera, alimentando el sueño -a menudo ilusorio- de que allá todo será mejor. Esta esperanza migratoria, tanto en familias dominicanas como extranjeras, reorganiza prioridades y vacía de presencia afectiva hogares que ya luchan por sobrevivir.
La carencia de espacios de recreo, la falta de derechos efectivos para la niñez y la ausencia de políticas públicas con un enfoque real hacia sus necesidades profundizan aún más esta violencia cotidiana.
Mientras muchos adultos socializan en el colmado o intentan administrar recursos escasos, miles de NNA pasan sus días encerrados en piezas sombrías y calurosas, en callejones insalubres, o tirados en la calle, expuestos a todo tipo de riesgos.
Esta convivencia permanente con el estrés, el miedo y la incertidumbre se traduce en señales claras de afectación emocional: ansiedad, déficit de atención, conductas disruptivas, estrés postraumático.
A este cuadro se suman los abusos sexuales y las violencias ejercidas contra niños, niñas y adolescentes. Estas experiencias marcan psicológicamente de por vida a quienes las sufren directamente y dejan, por su mal manejo, huellas profundas en toda la familia.
El silencio impuesto por la vergüenza, el miedo o la dependencia económica no repara el daño: lo transmite.
Cuando estos abusos no son reconocidos ni acompañados, el trauma se desplaza de una generación a otra. En nuestro país, esta transmisión intergeneracional del trauma apenas comienza a nombrarse y casi no se estudia.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes vive con algún trastorno mental. Todo indica que en la República Dominicana los trastornos emocionales y conductuales de niños, niñas y adolescentes de entornos desfavorecidos son muy frecuentes, aunque ampliamente subregistrados.
En este contexto, el reciente anuncio del Gobierno de declarar prioritaria la salud mental y de aumentar significativamente las camas hospitalarias constituye una señal positiva. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿este plan toma realmente en cuenta a la niñez? ¿Integra estrategias específicas de prevención, detección temprana y acompañamiento del trauma infantil? ¿Aborda las causas estructurales que producen el daño emocional o se limita a una respuesta hospitalaria?
El diagnóstico de vulnerabilidad social y emocional no puede separarse de una mirada crítica al sistema de protección estatal. No hay estadísticas oficiales consistentes, no hay suficientes especialistas formados en salud mental infantil, no existen protocolos claros de atención y el presupuesto destinado específicamente a la niñez es, en la práctica, muy limitado.
Frente a esta realidad, el debate público suele refugiarse en explicaciones cómodas: la decadencia de los valores, la crisis de la familia dominicana, los “antivalores” o la música urbana. Sin embargo no son las expresiones culturales las que producen el daño, sino contextos de vida marcados por la precariedad, la violencia, el abandono institucional y la negación sistemática de derechos.
Por eso, hablar de salud mental infantil no es un tema aislado ni secundario. Es reconocer que la pobreza, la violencia y la desprotección están dejando huellas profundas en generaciones enteras. Cuando niños y adolescentes crecen sin recreo, sin derechos garantizados, sin afecto ni protección -con adultos ausentes o desbordados por sus propias carencias-, la infancia deja de ser una etapa de crecimiento y se convierte en un campo de sobrevivencia emocional.
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