Un primer indicio fue el encuentro —¿o se trató más bien de una convocatoria inusual?— del nuncio apostólico en el Pentágono. La tentativa de minimizar su importancia por ambas partes resulta poco convincente a la luz de las posteriores repetidas declaraciones del presidente Trump sobre el papa León XIV.
Estas se insertan como un nuevo episodio de una larga historia —casi mil años— de tensión entre poder político y autoridad religiosa.
Ese hilo atraviesa momentos muy distintos. En 1077, el emperador Enrique IV acudió a Canossa como penitente ante el papa Gregorio VII, marcando una temporal supremacía del poder espiritual en la controversia de las investiduras. Esta sería parcialmente corregida medio siglo después en Worms y revertida dos siglos más tarde con la cautividad de Aviñón, cuando el papado quedó bajo la influencia de la monarquía francesa. Y siguieron episodios, a veces teatrales escaramuzas, como las coronaciones de Napoleón como emperador en Notre Dame y como rey de Italia en la Catedral de Milán.
Ese mundo ha desaparecido. Hoy el contexto es radicalmente distinto. No son creíbles las amenazas de cisma ni se vislumbra una repetición de las fracturas del siglo XIV. Sin embargo, la cuestión de fondo —la relación entre legitimidad espiritual y poder político— no ha desaparecido; se ha transformado.
Durante siglos, el derecho de veto de algunos monarcas católicos condicionó la elección papal, limitando de facto el principio teológico de la asistencia del Espíritu Santo en un momento crucial para la Iglesia, y doblegándolo a intereses terrenales. Cuando, en 1903, el emperador austrohúngaro vetó, por medio del arzobispo de Cracovia, la elección del cardenal Rampolla, fue por razones geopolíticas. Sin embargo, la abolición de ese privilegio al año siguiente marcó un paso importante hacia la separación de esferas entre política y religión.
En sentido opuesto, en Estados Unidos, la llamada "cuestión católica" emergió con John F. Kennedy, quien debió afirmar que no sería "el presidente católico de Estados Unidos", sino "un presidente que es católico". Era una declaración clave para garantizar la autonomía de la política respecto a la religión en una democracia moderna. Pero no constituyó elemento decisivo en la elección de Biden, ni, presumiblemente, jugaría un papel en una eventual candidatura de Vance.
El caso actual se enmarca más bien en la historia antigua, aunque con elementos nuevos.
Es determinante la concepción del poder político de Trump: es la consignada en los controvertidos estatutos del Board of Peace —soberano absoluto, aunque no hereditario—. Sin embargo, esa concepción tiene límites en la Constitución y en la interpretación de esos límites por los estados y la Corte Suprema.
Es en este marco político que hay que analizar el posible alcance de una apertura, al menos a nivel teórico, de una tensión con la Iglesia católica, institución religiosa universal.
Las recientes declaraciones introducen también un cambio de paradigma: el poder político pretende supremacía e independencia sosteniendo que la máxima decisión interna de la Iglesia, la elección de un papa, sea interpretada en función e inclusive como resultado de dinámicas políticas externas.
Aquí emerge un punto delicado. Reducir la elección de un pontífice a un juego de influencias o a una coincidencia con la coyuntura política —en este caso, la segunda presidencia de Trump— no constituye necesariamente una blasfemia en sentido técnico, ni faltan ejemplos históricos que podrían mencionarse, pero sí puede percibirse como una banalización de lo sagrado. Y es precisamente en ese desplazamiento donde una cuestión teológica se puede convertir en un problema político de quien se atreve a sostenerlo.
Las declaraciones de Trump han sido objeto de críticas. Sin embargo, más allá del tono o del gusto de ciertas afirmaciones o imágenes, el análisis político del impacto en los Estados Unidos y en las relaciones internacionales de los Estados Unidos obliga a plantearse algunas preguntas: ¿por qué ahora? ¿Qué efectos puede tener? ¿Contribuye a consolidar la base electoral republicana? ¿O introduce elementos de fricción?
Un dato clave es que el voto católico ha sido un factor significativo, aunque pueda aparecer marginal respecto al evangélico, para el éxito electoral de Trump. El voto católico no es homogéneo. Entre los católicos latinoamericanos, la política migratoria puede erosionar parcialmente este apoyo. Un núcleo más sólido lo constituyen los católicos blancos —de origen irlandés, italiano o polaco—, generalmente practicantes y con posiciones conservadoras en temas como el aborto y menos sensibles que los latinoamericanos a temas de política migratoria.
Los católicos representan aproximadamente una cuarta parte del electorado y están distribuidos de manera decisiva en estados clave. No se requiere un cambio masivo: basta un "enfriamiento" del apoyo —menos entusiasmo, menor participación— para producir efectos electorales significativos. Diferencias de uno o dos puntos porcentuales pueden determinar la pérdida de escaños decisivos en el Senado o en la Cámara, con efectos mayores si el objeto del voto no es la elección sino la definición de los distritos electorales. Es emblemático el reciente referéndum en Virginia, donde una brecha del 3 por ciento podría modificar la asignación del 35 % de su representación en la Cámara.
Una tensión entre un presidente estadounidense y el pontífice puede, por tanto, tener repercusiones importantes. Además, a ello se suma una dimensión internacional, aunque menos visible. La Doctrina Monroe definió durante dos siglos la idea de un espacio americano bajo influencia estadounidense. Sin embargo, este espacio —América Latina y el Caribe— es mayoritariamente católico.
En este contexto, el papa no es solo un líder religioso, sino también una figura simbólica de gran peso. Y un conflicto, aunque indirecto como puede ser una disonancia entre el liderazgo político y el universo cultural católico, involucraría cientos de millones de personas en el continente y millones en los Estados Unidos.
Desde esta perspectiva, el ataque al papa presenta una singularidad respecto a su "utilidad" política: no moviliza nuevos votantes, pero puede introducir incomodidad en sectores ya favorables.
Las reacciones dentro del mundo católico estadounidense han sido, de hecho, matizadas. Las autoridades eclesiásticas han expresado preocupación con prudencia, evitando el enfrentamiento directo, pero no hay duda de que apoyan a Roma. Por su parte, los sectores más cercanos a Trump han oscilado entre la minimización y un malestar apenas explícito, y las intervenciones del vicepresidente solo aparentemente han enfriado el desacuerdo. Más que a los católicos, parecen dirigidas a su futura base electoral, recordando la posición de Kennedy.
Es en este espacio intermedio donde se juega la dinámica más delicada, ya que la fidelidad política no coincide necesariamente con la adhesión simbólica. Y esta posible disonancia —más que una oposición abierta— introduce incertidumbre en cualquier intento de valorar el efecto de la polémica.
Si en Canossa el poder político se sometió al espiritual, y en Aviñón ocurrió lo contrario, hoy la relación entre ambos se filtra a través de la opinión pública y el electorado. Ya no hay excomuniones ni vetos imperiales, sino percepciones, identidades y márgenes de voto.
Y es en esos márgenes donde se decide la partida. En una época de elecciones ajustadas y liderazgo global, subestimar la sensibilidad religiosa puede tener consecuencias concretas. No porque altere el cuadro general, sino porque incide precisamente en un punto particularmente vulnerable.
Muchos indicios apuntan a que la primera prueba real de la estabilidad del apoyo registrado en 2024 serán las elecciones de medio término. Algunas votaciones locales y supletivas ya ofrecen señales en esa dirección.
Las tensiones políticas internas, junto con señales internacionales —como el creciente distanciamiento de aliados europeos—, tenderán a reflejarse en el resultado de noviembre.
En última instancia, la larga historia de las relaciones entre poder y religión ya no se decide en los palacios, sino en las urnas —y, cada vez más, en un espacio público globalizado.
El futuro juzgará la utilidad política de la polémica entre Trump y el papa. Pero, a la luz del pasado y de una lectura desapasionada del presente, no parece un episodio de buen augurio para noviembre. Y difícilmente iniciativas como "America reads the Bible" bastarán para neutralizar sus efectos.
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