La relación que unió a Pedro Henríquez Ureña con su progenitora, Salomé Ureña, fue de amor, respeto, reconocimiento y admiración. Testimonio de ello es el hermosísimo poema Mi Pedro, que para muchos críticos no solo desprende ternura y capacidad de observación, sino que también fue una gran premonición.
Su temprana orfandad, a los 13 años, afectó a Pedro a tal punto que su hija Sonia refiere: “Él habla de fatiga, de cansancio nervioso, de mareos de siempre. Su vida fue una constante inseguridad, algo provisional, que se podría quebrar en cualquier momento. No sé desde cuándo arranca esa fatiga nerviosa. Leyendo y releyendo, pienso que debe ser desde la muerte de su madre, cuando tenía trece años. A partir de ese momento, su vida fue siempre de una gran exigencia, que el mismo se imponía, por otra parte…y años después, con tantos cambios de residencia, su estado nervioso se acentuó.[1]
Sin embargo, ante la ausencia de Salomé, su tía Ramona Evarista Ureña Díaz, a quien llamaba “Mon”, jugó un importante papel como figura materna para los hermanos Henríquez Ureña, muy especialmente para Pedro, por quien profesó particular inclinación.
Ramona nació en 1848, dos años antes que Salomé, y fue declarada por su padre, Nicolás Ureña de Mendoza, dos años más tarde, el 29 de octubre de 1850. Para esa fecha, según consigna el registro, él era profesor de primeras letras.

El registro de nacimiento reza de la siguiente manera:
“Hoy día veinte y nueve de octubre de mil ochocientos cincuenta. año 7.° de la Patria compareció por ante nos el Señor Nicolás Ureña, Maestro de primeras letras y expuso: que el día veinte y cinco […]del año mil ochocientos cuarenta y ocho, le nació una niña su hija legítima y de la Señora Gregoria Díaz, nombrada: Ramona Evarista siendo padrinos ¿Fermín Vastida? y Ana Díaz. De lo que formo el presente acto que firmo con fe de ello.
Ambas hermanas, Salomé y Ramona, eran poseedoras de temperamentos firmes y voluntariosos. Sobre esta última escribió Andrés L. Mateo: “Lo de Ramona Ureña es otra cosa. Siendo dueña de una fuerte personalidad, e incluso poseyendo una destacable formación intelectual; siempre pasa inadvertida cuando de la familia Henríquez Ureña se habla.”[2]
Sobre esta curiosidad intelectual refiere Sonia Henríquez: “Llega a Nueva York el 20 de septiembre de 1920, en compañía de su tía Ramona Ureña, única hermana de su madre, de 72 años, ávida lectora: “Se lee todas mis revistas, y los libros más nuevos que me traje de Europa”. Aunque no fue mujer destacada tenía una gran cultura, y los unía una particular relación, pues ella se había consagrado a su cuidado en los primeros años de su vida. Ambos asistieron juntos a teatros y conciertos[3].
Romana fue quien transmitió a Pedro las historias y los datos genealógicos de la familia materna y ambos se profesaban mutuos cuidados. Pedro la tuvo a su cargo por varios años, ya que Ramona no tuvo descendencia.
Estuvo conviviendo con Pedro en los Estados Unidos y México, y tuvo el destacado rol de madrina del casamiento del matrimonio Henríquez-Lombardo, hasta que ambos toman caminos distintos debido a diferencias con la esposa de Pedro Henríquez, Isabel Lombardo. Sobre el suceso, Pedro señala:
“Mi tía Ramona Ureña, la única hermana de mi madre, que vivía con nosotros, y tiene setenta y cinco años, se ha puesto tan disgustada porque yo me casara (¡absurdo deseo de monopolio de las tías viejas!) que se ha ido a vivir a otra parte, con una familia de Toluca con quien viven también los terribles Selvas, turbulentos y simpáticos, Salomón y sus hermanos.”[4]
Posteriormente Ramona Ureña se traslada a Cuba, para cuya estancia Pedro le escribe a Félix Lizaso: “Si es posible que usted reciba en La Habana a mi tía Ramona, que es anciana y necesita que la ayuden…de Santiago de Cuba la irán a buscar después.” [5]
Se desconocen las razones por la cuales Ramona no se dedicó de lleno a la educación, ni formó parte del Instituto de Señoritas que dirigía Salomé. A través del testimonio de Mercedes Laura Aguiar, sabemos que el ambiente de la casa de las mujeres Díaz de León era un ambiente predominantemente femenino y pedagógico,[6] pues en la casa donde crecieron las hermanas exista una escuelita de primeras letras que dirigía Ana Díaz, tía de Salomé, en la que fungían también como docentes Gregoria Díaz, madre de Ramona y Salomé, así como Valentina Díaz, sobrina de las hermanas Díaz:
“En la casa materna funcionaba una escuelita que Nana dirigía. Era Nana, Ana Díaz, la tía de Salomé.
Allí aprendimos a leer, a escribir, hasta donde era posible; a efectuar las operaciones fundamentales de la aritmética, el catecismo, la doctrina cristiana y las labores que nos enseñaba Manina, (como familiarmente llamábamos a doña Gregoria, la dulce madre de la poetisa-educadora.
Meme, cariñoso apodo que dábamos a Salomé, iba diariamente a nuestra sala de clases y Valentina Díaz prima que fraternalmente con ella convivía, auxiliaba a Nana en su labor de maestra de primeras letras.”[7]
Ramona Ureña Díaz falleció en Cuba en 1936 a la edad de 88 años.
[1]HENRÍQUEZ UREÑA DE HLITO, Sonia. Pedro Henríquez Ureña: apuntes para una biografía. México, D.F.: Siglo Veintiuno Editores, 1993. p.71.
[2] Disponible en: https://hoy.com.do/suplementos/areito/una-mirada-hacia-pedro-henriquez-urena_580918.html
[3] Henríquez Ureña ídem, p. 82.
[4] Henríquez Ureña ídem, p. 95.
[5] Henríquez Ureña ídem, p. 95.
[6] Mercedes Laura Aguiar refiere que el padre, Nicolás Ureña de Mendoza vivía en otra residencia ubicada en la calle Mercedes no. 37.
[7] AGUIAR, Mercedes Laura. Discursos y páginas literarias: recuerdo amoroso de sus discípulas en el día de su centenario. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1972, p.98.
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