Aunque su fama lo trasciende, entre palabras y obras su estrella se elevó cien veces más y permanece brillando en el firmamento. No por el ruido de la coyuntura ni por la estridencia del poder, sino por una coherencia poco común entre lo que se decía y lo que se hacía. En tiempos donde la palabra pública suele desgastarse por exceso, por cálculo o por silencio estratégico, Ramón Alburquerque entendió que hablar desde la autoridad no era un privilegio, sino una responsabilidad ética.

Hablar de Ramón Alburquerque es hablar de una forma de ejercer la palabra desde la autoridad sin desligarla nunca de la responsabilidad moral. Su trayectoria pública permite leer, con nitidez poco común, cómo el lenguaje puede convertirse en servicio, advertencia y cuidado cuando no se usa para proteger el poder, sino para interpelarlo.

Ramón Alburquerque Ramírez (1949–2026) fue ingeniero, político e intelectual dominicano. Ocupó altas funciones públicas —entre ellas la presidencia del Senado y ministerios de carácter técnico—, pero su legado no se explica solo por los cargos desempeñados, sino por la manera en que ejerció la palabra desde esos lugares. Se le recuerda como un hombre de principios firmes, un polemista lúcido que concibió la política como ejercicio de pedagogía cívica, ética pública y resistencia frente a la complacencia del poder. Leal a los ideales de José Francisco Peña Gómez, mantuvo siempre un respeto profundo por el ciudadano común.

Responsabilidad ética de la palabra

Alburquerque asumió la palabra pública con plena conciencia de su peso moral. Convencido de que la palabra no es inocente y siempre produce efectos, utilizó sus espacios de comunicación para educar, advertir y formar criterio ciudadano. Como ha sido ampliamente documentado en la prensa nacional y en sus múltiples intervenciones públicas, no se limitaba a criticar, sino que explicaba y contextualizaba por qué determinadas decisiones eran erradas y cómo podían corregirse.

Su estilo, directo y sin ornamentos, no buscaba agradar. Buscaba sacudir conciencias. En una cultura política acostumbrada al eufemismo, a la ambigüedad o al cálculo discursivo, su franqueza resultaba incómoda, pero necesaria. Para él, informar al pueblo no era un gesto opcional, sino una obligación ética del liderazgo. Advertía que la ignorancia alimenta la corrupción y que solo una ciudadanía consciente puede resistir la manipulación y el clientelismo.

En más de una ocasión coincidimos brevemente en los pasillos de una emisora nacional, él entrando a la cabina y yo saliendo. No hubo trato personal ni conversación extensa, pero bastaba escucharlo al aire para comprender que su palabra no estaba allí para ocupar espacio, sino para asumir responsabilidad pública.

Cuando percibía incongruencias morales en el ejercicio del poder, las señalaba sin rodeos, incluso cuando eso implicaba confrontar a los suyos. Su palabra funcionó muchas veces como conciencia incómoda, recordando que los compromisos asumidos no pueden diluirse una vez alcanzadas posiciones de poder.

El lenguaje desde la autoridad

Como servidor público, Ramón Alburquerque ejerció la autoridad con una palabra responsable y valiente. Durante su presidencia en el Senado defendió con firmeza la separación de poderes y la institucionalidad democrática. Para él, la función legislativa no podía reducirse a convalidar decisiones del Ejecutivo; debía equilibrar, cuestionar y representar al pueblo.

Su trayectoria ofrece escenas que condensan su carácter. En enero de 1999, en medio de un conflicto institucional, enfrentó directamente un cerco policial que impedía el acceso de legisladores a una entidad pública. Aquella acción se volvió símbolo no por la forma del gesto, sino por lo que expresaba: la convicción de que la autoridad no se ejerce desde la comodidad, sino desde la defensa activa de la democracia.

Lejos de la retórica grandilocuente, hablaba el lenguaje del pueblo incluso desde los espacios más formales del poder. Sabía que, en contextos de asimetría, la palabra pesa distinto. Por eso eligió emplearla para denunciar abusos, despertar conciencia y dar voz a quienes quedaban fuera de las decisiones cupulares. En el seno de su propio partido fue reconocido por no callar cuando la dirigencia se alejaba de sus compromisos y de la militancia que la sostenía.

Coherencia entre discurso y acción

Si algo definió a Ramón Alburquerque fue la coherencia. No concebía la palabra separada del ejemplo. Insistía en que no bastaba con proclamarse heredero de una tradición política; había que vivirla en los hechos. Esa coherencia se reflejó en una trayectoria libre de escándalos de corrupción y en una disposición constante al escrutinio público.

Nunca utilizó la política como medio de enriquecimiento personal. Pudo haber optado por posiciones más cómodas si hubiese cedido en sus críticas, pero eligió el camino más recto, aun cuando implicara aislamiento, incomodidad o pérdida de espacios. Con el paso del tiempo, se convirtió en una referencia moral dentro y fuera de su partido, alguien cuya palabra obligaba a revisar decisiones y, en no pocas ocasiones, a rectificar rumbos.

Su crítica no buscaba destruir, sino corregir. No hablaba desde el resentimiento, sino desde la convicción de que el poder debe servir y no servirse. Esa coherencia entre lo que decía y lo que hacía cimentó una credibilidad difícil de erosionar en la vida pública dominicana.

Una palabra que permanece

Ramón Alburquerque deja un legado singular en la vida pública nacional: el de un líder que entendió la palabra como sostén de la ética cívica. Su oratoria, a veces áspera y sin concesiones, nunca fue vacía retórica, sino expresión de convicciones profundas. Sus frases quedaron en la memoria colectiva no solo por su fuerza, sino porque estaban respaldadas por una vida de integridad.

En tiempos donde la autoridad suele medirse en privilegios, silencios estratégicos o cálculo comunicacional, su trayectoria recuerda que la verdadera autoridad se ejerce con una palabra responsable, valiente y coherente. Una palabra que no se acomoda al poder, sino que lo interpela. Una palabra que no humilla, pero tampoco se esconde.

Una palabra que, incluso después de su ausencia, seguirá sosteniendo la vida pública

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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