Dos noticias publicadas casi simultáneamente en Diario Libre la semana pasada me llamaron la atención por el extraordinario contraste que ofrecen sobre el lugar que ocupa la cultura en nuestro país.
La primera, ampliamente reseñada, anuncia la inauguración del Centro Cultural Rainieri en Punta Cana, una iniciativa de Frank Rainieri y Haydée Kuret de Rainieri destinada a promover nuestra historia, arte y tradiciones entre residentes y turistas. Un magnífico espacio de 9,000 metros cuadrados, con salas de exposiciones, auditorio y actividades educativas, inaugurado con la presencia del presidente de la República y numerosas personalidades.
Una iniciativa que merece ser celebrada. No todos los días se inaugura un espacio de semejante envergadura dedicado a la cultura, y menos aún en un polo turístico donde millones de visitantes conocen nuestras playas sin necesariamente descubrir nuestra historia y nuestra identidad.
La segunda noticia, mucho más discreta, aparece en la sección De buena tinta, bajo un título tan irónico como inquietante: «De los libros a los ataúdes».
Nos informa que desde 2009 han cerrado unas sesenta bibliotecas públicas en República Dominicana y que algunas alcaldías han pretendido transformar estos espacios en funerarias. En Azua, los jóvenes se movilizaron para impedir que su biblioteca municipal corriera esa suerte.
¡Qué paradoja! Mientras en Punta Cana se inaugura un centro para preservar y difundir la cultura, en otros municipios hay que defender los espacios donde se guardan los libros para evitar que terminen convertidos en salas de velatorio.
Nadie discute la necesidad de funeraria digna. Pero ¿Acaso no existen otros locales disponibles que las bibliotecas?
Me pregunto si detrás del cierre de estas bibliotecas existe algún análisis sobre las necesidades culturales de la población. ¿Si se ha estudiado las razones de una eventual baja asistencia en las bibliotecas y las posibilidades de modernizarlas? ¿Quizás prevalece la idea que, en tiempos de internet y teléfonos inteligentes, las bibliotecas son instituciones del pasado?
Sería una conclusión lamentable. Una biblioteca moderna es un espacio vivo donde los niños descubren el placer de la lectura, los estudiantes encuentran recursos para aprender, los adultos pueden ampliar sus conocimientos y las familias participan en actividades culturales. Puede ofrecer acceso a internet, talleres, encuentros, narraciones de cuentos y múltiples oportunidades de aprendizaje.
Sobre todo, es un espacio público al que se puede acceder independientemente de los recursos económicos
Pienso en los niños de nuestros barrios y municipios. ¿Cuántos tienen una biblioteca cerca de sus casas? ¿Cuántos pueden entrar libremente, escoger un libro, llevarlo a casa y devolverlo para descubrir otro? ¿Cuántos han tenido la oportunidad de conocer ese placer?
En un país donde tanto nos preocupan las deficiencias de la educación y las dificultades de comprensión lectora, resulta difícil entender que se permita desaparecer espacios que podrían contribuir a enfrentarlas.
La cultura no puede reducirse a grandes inauguraciones, festivales y celebraciones. También se construye silenciosamente, cada día, en una biblioteca de barrio, en un taller de lectura, en una actividad infantil, en el encuentro de un joven con un libro que quizás le cambie la vida.
¿Dónde está la cultura en las prioridades de nuestros ayuntamientos? ¿Qué lugar ocupa en los presupuestos de nuestros ayuntamientos? ¿Qué políticas existen para acercarla a las comunidades?
La Ley 502-08 establece responsabilidades en materia de bibliotecas públicas. Pero las leyes, por sí solas, no abren puertas ni llenan estanterías. Se necesitan voluntad, recursos, personal capacitado y, sobre todo, la convicción de que el acceso a la cultura es un derecho y no un lujo.
La iniciativa de la familia Rainieri demuestra lo que puede lograrse cuando existe una visión cultural acompañada de recursos y perseverancia. Ojalá inspire otras iniciativas. Pero la generosidad privada, por valiosa que sea, no puede sustituir la responsabilidad de los poderes públicos de garantizar el acceso a la cultura en todo el territorio nacional.
No necesitamos escoger entre grandes centros culturales y pequeñas bibliotecas municipales. Necesitamos ambos.
¿Quién entierra los libros? ¿Quién decide que una biblioteca ya no es necesaria? Los libros no necesitan funerarias. Necesitan lectores.
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