En los días en que la discusión dominicana recurre a Thomas Sowell, conviene mirar el espejo isleño. Dos países, una isla y una pregunta siempre incómoda: ¿por qué dos sociedades que comparten territorio han seguido trayectorias tan distintas?
La respuesta no cabe en una consigna. Tampoco en el racismo, la geografía o la historia por separado. Hay que mirar las instituciones, los incentivos, la educación, los hábitos y las decisiones acumuladas durante generaciones.
Sowell, economista estadounidense, invita a desconfiar de las soluciones que ignoran sus consecuencias. Las sociedades no prosperan por decreto. Importa la distancia entre lo que proclaman y lo que sus instituciones hacen posible. Importan, asimismo, las reglas que premian el esfuerzo, limitan el abuso, protegen la propiedad y permiten y facilitan transmitir conocimientos.
En otras palabras, hay que evitar las explicaciones reduccionistas, pues explicar no es justificar y reconocer diferencias no equivale a establecer jerarquías humanas.
Esa cautela es el punto de partida, no el término de la reflexión.
Así, pues, la historia haitiana es inseparable de la esclavitud, de una independencia bajo condiciones brutales, de la deuda impuesta por Francia, de intervenciones extranjeras y de inestabilidad crónica. Nada de eso se puede borrar. Pero tampoco basta para explicar eternamente la crisis. Los gobernantes haitianos, la debilidad institucional y los incentivos, intrigas e intereses perversos también cuentan.
La cultura importa, pero no como esencia racial ni condena hereditaria. Es significativa en tanto que hábitos, expectativas, normas y patrones de comportamiento transmitidos, modificados y, a veces, corregidos tardíamente. La pregunta no es qué pueblo vale más, sino qué condiciones permiten que el trabajo, la educación y la confianza se conviertan no solo en crecimiento, sino en desarrollo, bienestar y ese imponderable que llamamos felicidad.
En ese espejo, la República Dominicana tampoco debe mirarse con complacencia. Su crecimiento es real y objetivos sus avances ante Haití. Pero no por ello está exenta de sus propias deudas: informalidad, desigualdad, servicios públicos deficientes, impunidad y Estado de derecho frágil.
Haber avanzado más no es haber llegado y, aún menos, haberlo hecho bien.
Es en esa esquina donde asoma el filo de Sowell: el contacto entre sociedades no produce siempre el mismo resultado. Cuando una sociedad transmite conocimientos y organización, puede elevar a la otra. Cuando una inmigración masiva no se integra en las reglas e instituciones de la receptora, puede erosionar lo que hizo posible su prosperidad.
No se trata de un axioma histórico y tampoco de una ley mecánica. Es una hipótesis sobre el capital humano, la asimilación y la fortaleza institucional. Aplicada a la isla de Santo Domingo, obliga a separar dos variables que el debate confunde la más de las veces: el aporte económico de los trabajadores haitianos —neto positivo hoy, según economistas reconocidos— y la capacidad del Estado dominicano para gestionar los flujos de inmigrantes sin romper la legalidad, los servicios públicos y su sostenibilidad fiscal.
La cuestión no es si dos pueblos pueden convivir. El asunto es bajo qué reglas, con qué incentivos y con qué capacidad.
Por ende, una sociedad puede beneficiarse de la inmigración, pero no puede renunciar a gobernarla.
La frontera no es solo una línea geográfica. Es donde se encuentran y se separan dos capacidades estatales distintas y diversas. La mano de obra haitiana sostiene sectores claves de nuestra economía. Su presencia también exige regulación, documentación y ley. Ignorar una cosa es tan irresponsable como ignorar la otra.
La solidaridad es indispensable y, por ser verdadera, no exige ingenuidad. La soberanía no autoriza el menosprecio y la crueldad. Se puede defender la frontera, aplicar la ley y exigir corresponsabilidad internacional sin por ello convertir al inmigrante en enemigo ni confundir a un pueblo con los fracasos de su variante estatal.
Pero esa corresponsabilidad no puede ser retórica. La crisis haitiana no puede recaer solo sobre la República Dominicana, como tampoco el ordenamiento migratorio puede sentarse a esperar que otros la resuelvan. Cooperación significa compromisos verificables, no discursos.
El mismo espejo revela dos verdades al mismo tiempo. Haití necesita reconstruir su capacidad de gobernarse. La República Dominicana necesita preservar sus avances y administrar la inmigración conforme a la ley, a su capacidad y a sus obligaciones humanitarias.
Ninguna tarea se resuelve con culpables universales ni con absoluciones históricas.
El renombrado Sowell lo resume con una frase que nos duele a todos: las buenas intenciones no sustituyen los resultados.
La historia explica el camino. Las instituciones y las decisiones justifican su continuidad. Ignorar una de esas dos dimensiones ofusca la visión, empobrece el diagnóstico y enturbia el sentimiento.
La prueba de una nación no es cuánto proclama sus valores, sino qué instituciones construye para hacerlos compatibles con la realidad. La frontera es una línea en el mapa, pero la diferencia entre dos pueblos es una historia.
Y aquí vuelven, intactas, las preguntas con las que cerré un texto sobre la crisis francesa en Europa, el pasado 20 de octubre, en Acento.com:
Francia nos devolvió el espejo. Haití nos lo regresa desde más cerca y con mayor urgencia. De modo que ya no hay excusa para no mirarnos.
¿Seguiremos apostándolo todo al PIB?
¿Perpetuaremos la pedigüeñería de peras al olmo en materia de servicios públicos como salud, educación y seguridad? O, ¿continuaremos sobando la desigualdad entre los unos y los otros mientras se nos cae el orden que tanto ha costado erguir?
El espejo no miente. Miente quien no quiere verse en él o se ve y queda inmóvil.
El futuro no dependerá de lo que la historia hizo con nosotros, sino del rumbo que demos a una historia que, desde tiempos de la colonia, nos acerca y nos aleja más cada vez.
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